Texto y foto de Ricardo Vivallo

Pienso en una mujer. Pienso obsesivamente en una mujer desde hace días. Pero esto no es una carta de amor, tan solo intento exponer —para develarlo— el estado actual de mi cabeza. Viajo en un bus a la playa. Solo. Anoche dormí apenas cuatro horas, y la sed de la resaca, ahora, es como un ácido en la boca. Pienso en una mujer obsesivamente desde hace días y no sé qué hacer para impedirlo, para frenar de una vez el flujo incesante de sus apariciones. Medito, intento poner la mente en pausa, fumo, camino, corro, veo televisión, pero no hay gimnasia mental que ayude a detener esta anarquía interior, esta súbita e insidiosa sublevación del deseo.

Cuando llego a la playa, la visión del mar me reanima, pero basta una leve brisa salobre para despertar en mi interior las más mórbidas asociaciones. La imagen (o la sensación), por ejemplo, de un húmedo pulpo blanco que agita sus tentáculos en un espacio impreciso de mí, que es como la zona abisal del cuerpo. Para distraerme, leo el primer tomo de la biografía de Kafka escrita por Reiner Stach. En mi cuaderno anoto esta frase de una de las cartas de K a Felice Bauer: No puedo entrar en el futuro por mis propios pasos: precipitarme en el futuro, rodar en el futuro, tropezar y caer en el futuro, eso sí puedo hacerlo y lo mejor que soy capaz de hacer es quedarme tumbado.

De un instante a otro, la playa se nubla y empieza a correr un viento frío que agita las páginas del libro. Lo cierro, lo dejo caer en la arena y de inmediato olvido todo lo leído. Tumbado de espaldas miro el cielo sin nubes. Una solitaria gaviota cruza como por un túnel la niebla. Me caen pequeñas gotas en la cara. La imagen de la mujer no tarda en aparecer y es un holograma impreciso que sale de mi cabeza y se queda ahí unos segundos antes de disolverse en el aire. Los pensamientos se agitan en rápidos movimientos centrífugos. Inhalo, exhalo y los dejo ir, sin aferrarme a ninguno, pero cada idea, cada imagen, cada impresión despliega un férreo magnetismo; se impone, se resiste, da la pelea. Inhalo, exhalo, tomo conciencia de mi respiración, intento anclarme en el más puro presente, pero por más que lo intento es la otra parte de mí la que gana, esa parte ingobernable, siempre impaciente, siempre incómoda, insatisfecha.

La distracción, una vez más, se impone y me doblega. Me levanto, me siento, prendo un cigarro. Hojeo la biografía de Kafka. Cae una gota y borronea unas letras. Miro las fotos impresas en papel couché de las páginas centrales. Hay una que no conocía: Kafka y Felice posan juntos para la cámara. Abajo dice: Budapest, julio de 1917. Kafka viste traje y corbata. Se le ve relajado, resuelto. Parado detrás de Felice, que está sentada, deja reposar una mano (que es como una garra) en la amplia falda de ella. El rostro de Felice es tosco, vagamente varonil. Tiene los labios gruesos, la frente ancha, igual que la nariz, y una mandíbula prominente. Con mi teléfono tomo una foto de la foto y la subo a Instagram, sin saber muy bien para qué. No importa. Para decir igual que todos: mírenme, aquí estoy, me aburro, no me aguanto a mi mismo. Para que ella la vea y diga algo; como si solo fuese posible comunicarnos así, indirectamente, mediante ridículas insinuaciones, anzuelos que se tiran al aire a puñados.

Poco a poco la playa va quedando desierta. La luz se retira y el cielo hace aún más visible su intenso vacío. Pienso una vez más en la mujer, pero el holograma que sale ahora es apenas un boceto deforme, desdibujado, irreconocible.  Con la noche, todo —afuera y adentro— se vuelve intensamente vaporoso. Recojo mis cosas y empiezo a caminar. Un perro negro, mojado, se acerca, me rodea, me huele y se aleja trotando. De los roqueríos sale un denso olor a marihuana. Escucho voces, risas femeninas. Pateo lejos una lata vacía de Coca-Cola. Sísifo era soltero, escribió en alguna parte Kafka. Reviso una vez más el teléfono. Nada. Ninguna respuesta. Nunca. Ningún mensaje.

Ricardo Vivallo (Santiago, 1984) escritor y artista visual, es fundador y editor de Libros Tadeys, sello independiente dedicado a la poesía y la narrativa contemporánea. En 2015 ganó la beca de creación del Fondo del Libro y fue finalista de los Juegos Literarios Gabriela Mistral; en 2016 obtuvo el primer lugar en el concurso de cuentos de revista Paula y en el XIII concurso Stella Corvalán, género poesía. Publicó el libro Cuaderno de Guayaquil con Saposcat.

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