El tren que pasa. Martín Tugas

Los caballeros entraron en masa, y no lo digo solo porque irrumpieran todos al mismo tiempo en el¬†mismo sitio, lo digo porque genuinamente se amalgamaban como las cosas mezcladas que no se¬†delimitan. Mi cafeter√≠a un d√≠a s√°bado parece una escenograf√≠a sin rodaje. Las calles se despueblan y¬†hacemos lo que se llama ‚Äúun saludo a la bandera‚ÄĚ. Fue un desaf√≠o atenderlos a todos al mismo¬†tiempo y transportar bebidas abrazando cada taza para controlar el derrame y mimetizar el pulso. Ir¬†y venir sesenta veces. En la barra, un barista se funde con la m√°quina a vapor a dieciocho cuadros¬†por segundo. Y es como el and√©n de un registro donde se agitan pa√Īuelos blancos y se arrojan¬†sombreros al cielo porque el tren llega. Pero el tren se va. Y arrasa la indumentaria y la utiler√≠a.

Las humitas son un invento precolombino de larga data. Porque son de ma√≠z y se complementan¬†muy bien con tomate, luego, con la az√ļcar refinada, comenzaron a comerse endulzadas. Ya no se ven¬†aimaras caminando con smoking en el altiplano, o no s√© qui√©n en el desierto, la selva o el llano.¬†Tampoco se ven masones con arepas, tamales o tortillas colgando al cuello. Esto no es un desvar√≠o,¬†las humitas son claves para entender que en la masoner√≠a son amantes de la vida. Nadie puede¬†pender de lo m√°s alto de un comp√°s desmesurado que se equilibra, porque no usan corbatas ni¬†sogas. Cada cual ama su cuello y lo adorna.

Las agrupaciones de ping√ľinos suelen armar colonias muy cerradas y unidas. Herm√©ticas. Ponen¬†sus huevos donde siempre. Interact√ļan con peces para alimentarse y con monstruos marinos para¬†ser alimento. Mi sal√≥n est√° lleno de masones engalanados y son todos hombres. Sus se√Īoras tal vez,¬†visten id√©nticas humitas y ajustados smokings. Pero ya no parecer√≠an ping√ľinas, m√°s bien conejas¬†exultantes. La descendencia en ese caso se har√≠a imposible y para perpetuarse tendr√≠an que buscar¬†alg√ļn remedio. Yo los veo en extinci√≥n, se ven muy antiguos. Pagan todo en efectivo, como si no¬†existieran m√°s tarjetas que las de presentaci√≥n impresas en linotipias.

Un se√Īor sonr√≠e con una sonrisa tan blanca, que puedo mirarle hasta la mand√≠bula y ver hoyos en¬†los sitios donde van la nariz y los ojos. Parece haber dejado cada uno de sus cabellos entre los¬†legajos de expedientes infinitos en un juzgado de garant√≠a o de polic√≠a local. O una repartici√≥n¬†ministerial en el submundo. Su cr√°neo tiene forma de asamblea y de escritorio. A√ļn tiene colegas¬†funcionarios, cobrando en escudos y sellando misivas con lacre. Las estampillas los dejaron sin¬†saliva y nunca m√°s dieron un beso.

Duermen en andamios porque construyen catedrales a la fuerza, pero lo suyo son las pir√°mides¬†visionarias. Yo lo miro todo con estrabismo. Me da escalofr√≠os el tama√Īo de la conspiraci√≥n que¬†est√°n planeando. Lo ven todo, frente a ellos camino como una radiograf√≠a. Yo les sirvo caf√©, pero¬†beben agua negra. Al un√≠sono revisan sus relojes de bolsillo y piden todos la cuenta al mismo¬†tiempo. Trabajosamente, transporto la antigua caja registradora de mesa en mesa.

Tantas tazas de capuccino vac√≠as en el horizonte, asemejan una costa poblada de vac√≠as conchas de¬†loco. No por nada, retirar la mesa y separar la vajilla de la basura antes del lavado se llama¬†desconche. Somos como unos chonos indiferentes al cultivo. Y adornamos nuestro cuello con las¬†conchas desnudas que son el residuo de unas lenguas supongo. Mientras los Lumi√®re clavan su¬†tr√≠pode en la esquina de Marcoleta con San Isidro para filmar: ‚ÄúLa retirada de los se√Īores de la¬†confiter√≠a‚ÄĚ. Yo pienso en lo que dice Godard: ‚Äúlas pel√≠culas son el tren, no la estaci√≥n‚ÄĚ. Miro por la¬†ventana sin distinguir si estoy quieto, pero al frente hay una silla, un asiento vac√≠o.

+ Mart√≠n Tugas. Santiago, 1983. Estudi√≥ en Valpara√≠so, ex Marino Mercante y librero, due√Īo del Caf√© San Isidro.