Breve relaci贸n sobre la deriva. Ricardo Vivallo

El paquete de arroz se hab铆a llenado de gusanos. Pens贸 que alucinaba, y alarmado mir贸 a su alrededor buscando alguna otra anomal铆a en el entorno, pero no advirti贸 nada extra帽o. Ah铆 estaban, s贸lidos, reales, los muros verdes de la cocina, sucios de grasa; m谩s all谩, el eterno polvo pegado a los rincones, los muebles blancos salpicados con manchas resecas de k茅tchup, el lavaplatos donde hace d铆as reposaba una olla. Tir贸 el paquete de arroz agusanado a la basura y abri贸 el refrigerador. Nada. Solo una breve r谩faga de fr铆o y un vac铆o acogedor, que lo hizo evocar la imagen de dos osos polares avanzando por una infinita planicie nevada.

Se puso el abrigo y sali贸 a la calle. Un sol an茅mico, blanco, iluminaba apenas las zonas m谩s altas del cielo, mientras abajo, una penumbra difusa le daba a la ciudad un vago aspecto subterr谩neo. Camin贸 sin prisas hasta el peque帽o restor谩n chino que sol铆a frecuentar en d铆as como 茅se. Al entrar, salud贸, agachando la cabeza, a la mujer de pie tras el mes贸n y se sent贸 mirando a la calle. Como siempre, el lugar estaba vac铆o y de la cocina sal铆a un intenso olor a aceite quemado. Cuando la mujer le pregunt贸 si quer铆a su pedido para llevar, 茅l dud贸 y decidi贸 que no, que se lo iba a comer ah铆. La espera se le hizo larga, insoportable. Se distrajo mirando un cuadro horrendo de la torre Eiffel pintada en rojo, que lo hizo imaginar un inmenso galp贸n repleto de chinos con overoles azules, salpicados de pintura, copiando con r谩pidas pinceladas mec谩nicas la imagen que ten铆a ahora frente a sus ojos. El cielo era de un celeste brillante y desde los pies de la torre ascend铆an dos hileras de 谩rboles temblorosos. 脡l hab铆a estado en Par铆s hace m谩s de diez a帽os, y el cuadro, a pesar de sus estramb贸ticas inexactitudes y su nula calidad art铆stica, lo hizo experimentar una insidiosa nostalgia. Se vio a s铆 mismo a los pies de la torre, maravillado y aturdido ante esa enorme antena, que parec铆a conectar el presente con el pasado remoto de sus fantas铆as literarias. La mujer se acerc贸 y, sin que 茅l se diera cuenta, dej贸 sobre la mesa el pocillo de arroz blanco y el abundante plato de carne mongoliana.

Conoc铆a de memoria esas calles y por eso se aburr铆a. Hab铆a hecho ese mismo recorrido cientos de veces, pero en d铆as as铆 era lo 煤nico que se pod铆a hacer. Deambular, dar vueltas, caminar para sentir, al menos, que se estaba yendo a alguna parte. Cruz贸 la Alameda y se meti贸 al Paseo Ahumada, que a esa ahora estaba semi vac铆o. Compr贸 un helado de vainilla y sent贸 en una banca. A lo lejos vio la silueta de un predicador que iba de un lado a otro dando largas zancadas, mientras alzaba con la mano derecha una biblia. La voz le llegaba apenas y se entretuvo improvisando un serm贸n absurdo en su cabeza, dejando que las frases se sucedieran unas a otras sin ninguna coherencia. Se termin贸 el helado y se limpi贸 la boca pegajosa con la servilleta. 芦驴Te leo la suerte?禄, escuch贸. Una gitana joven se hab铆a sentado a su derecha. La muchacha le tom贸 la mano y 茅l la retir贸 asustado, como si intentara evitar la mordida de una serpiente. 芦驴Qu茅 te pasa?禄, dijo la muchacha. 芦Dame esa mano, que te leo la suerte禄. Los ojos de la gitana eran azules. 脡l desv铆o la vista y vio que la muchacha llevaba puesto un poler贸n gris, estampado en el centro con un dibujo de Mickey Mouse. 芦No, gracias禄, le dijo. Ella intent贸 tomarle la mano nuevamente, pero 脡l se levant贸 y se alej贸 sin mirar atr谩s. 聽芦驴Te da miedo el futuro?禄, escuch贸 que le dec铆a, burlona, la gitana.

Sentado en una banca al fondo de la catedral, cerr贸 los ojos. Le sudaban las palmas de las manos.

En d铆as as铆, quiz谩s era mejor esconderse. El hondo silencio del lugar, apenas perturbado por el ruido externo, le transmit铆a una sensaci贸n anest茅sica, lo cobijaba. Record贸 el d铆a de su primera comuni贸n. Se vio a s铆 mismo a los diez a帽os, arrodillado y con las manos cruzadas, sintiendo con creciente disgusto c贸mo la hostia reci茅n recibida se le pegaba al paladar y le secaba la boca. Hab铆a intentado rezar, creer en todo eso, pero la emoci贸n inicial se diluy贸 r谩pido, y al salir de la iglesia, con la mitad de una vela derretida en la mano, se sinti贸 como saliendo de un t煤nel o del vientre de una ballena indeseable. Nunca m谩s volvi贸 a rezar. Sentado ahora con los ojos cerrados en una banca al fondo de la catedral, experimenta la sensaci贸n inversa. 聽

Atraves贸 en diagonal la Plaza de Armas. Los faroles estaban encendidos aunque a煤n no empezaba a oscurecer. Algo, tal vez las palmeras o las conversaciones en otro idioma, lo hicieron sentirse en otro lugar, un impreciso pa铆s mediterr谩neo o norafricano, aunque nunca hab铆a estado en un lugar as铆. El olor a humo de marihuana acentu贸 esa impresi贸n y sigui贸 caminando, sin esforzarse en desmentir las equ铆vocas impresiones de su mente. 芦Argelia禄, pens贸. 芦Hoy ha muerto mam谩禄. Desliz贸 una mano en el bolsillo de su abrigo, y con los dedos imit贸 la forma de un rev贸lver.

Evit贸 los bares y prefiri贸 seguir caminando. Su amigo Fugas viv铆a cerca, ah铆 en Monjitas, en la misma galer铆a del cine porno, pero tambi茅n prefiri贸 evitar las amistades. En d铆as as铆, era mejor estar solo. Presa de una severa indecisi贸n, decidi贸 que lo mejor era seguir de largo, no pensar, arrastrarse simplemente hasta que lo detuviera el cansancio. No ten铆a muchas m谩s opciones, tampoco, y a esa hora, el centro de la ciudad, despojado de su acostumbrado ajetreo, reforzaba en su vac铆o, el aura espectral que 茅l sent铆a vibrar en cada cosa.

Acodado en el puente mir贸 el escaso caudal del r铆o. Una brisa fecal le humedeci贸 la cara y con la manga de su abrigo se limpi贸 la boca. Pens贸 en Her谩clito. Pens贸 en John Berryman. Pens贸 en su amigo Cacho, que la noche de su cumplea帽os diecinueve se tir贸 a ese mismo r铆o y salv贸 de milagro. Abajo alguien encend铆a una fogata. Escuch贸 voces, risas. El puente, con el peso de los autos que lo atravesaban en ambos sentidos, tembl贸 brevemente bajo sus pies. Imagin贸 un terremoto. Imagin贸 que el puente se part铆a en dos y 茅l ca铆 al agua, pero el agua, por los vaivenes del sismo, revert铆a su curso y lo arrastraba en sentido contrario. 芦Como la cinta de un viejo VHS rebobinada de golpe禄, se dijo, sin entender muy bien qu茅 hab铆a querido decir.

Empezaba a amanecer cuando volvi贸 a cruzar el puente. No se detuvo a mirar. El r铆o, como todo lo dem谩s, le resultaba, ahora, indiferente. La dudosa coloraci贸n del cielo, con la luna diluy茅ndose al fondo 鈥攊gual que una aspirina en vaso de agua, pens贸鈥, la bruma atomizada entre los 谩rboles del parque, la avenida vac铆a atravesada por un solitario ciclista, todo iba quedando atr谩s, lo suced铆a, mientras 茅l, con la mano derecha en el bolsillo del abrigo, a煤n imitando la forma de un rev贸lver, se alejaba para siempre de este aciago reino de irrelevancia.

26-07-2018

+ Ricardo Vivallo聽(Santiago, 1984) escritor y artista visual, es fundador y editor de Libros Tadeys, sello independiente dedicado a la poes铆a y la narrativa contempor谩nea. En 2015 gan贸 la beca de creaci贸n del Fondo del Libro y fue finalista de los Juegos Literarios Gabriela Mistral; en 2016 obtuvo el primer lugar en el concurso de cuentos de revista聽Paula聽y en el XIII concurso Stella Corval谩n, g茅nero poes铆a. Public贸 el libro聽Cuaderno de Guayaquil聽con Saposcat.
+ Imagen: Woodrow White