Animales en la ruta. Basti√°n Besnier

√öltimamente he tomado la costumbre de masturbarme al aire libre. No es que tenga alg√ļn tipo de fijaci√≥n dendro o zoof√≠lica (a pesar de lo que diga el perito psiqui√°trico) pero las erecciones citadinas ya no surgen el mismo efecto, mis eyaculaciones son como tristes mangueras sin presi√≥n. Otro cuento es en la selva. En la ribera del Simpson, en las aguas del lago Pellaifa. Este √ļltimo dej√≥ en m√≠ una imagen afrodisiaca; ver c√≥mo se dilu√≠a el semen, blanco y lento como la nube que se desgrana en el cielo; fue un impulso para repetirme varias veces. A esto le llam√© fecundaci√≥n lacustre y fue lo primero que escrib√≠ en una libreta naranja que luego estuvo repleta de analog√≠as y experiencias similares, como dibujos de peces aliment√°ndose de m√≠ o un pat√©tico retrato en la contraportada de la c√≥mplice de esta mal catalogada adicci√≥n: Amaranta.

Amaranta no era una flor; era una puma y a la vez una tormenta. En ese entonces yo no lo sabía, pero tiempo después sabría que era toda la naturaleza, y por capricho, la llamaba simplemente Mar. Ya desde el primer encuentro de nuestras dos miradas furtivas topándose en un instante casi imperceptible supe que estaba jodido. Jodido hasta las patas. Sabía que nos encontraríamos, haríamos el vals etílico y nuestros cuerpos no querrían más de tanto amar. Pero no fue así (o en realidad sí lo fue, pero no necesariamente en ese orden) sino más como un baile torpe y acompasado, cuál de los dos más volátil o espacial.

Empezamos con miedo, como el inexperto que venda una herida todav√≠a sin cicatrizar, pero con el tiempo fuimos obviando las aver√≠as del otro y los ronquidos nocturnos o las flatulencias involuntarias ya eran causa de las risas m√°s cotidianas. Hasta que se present√≥ la primera gran muralla: su virginidad. Ah√≠ supe que estaba jodido y sepultado. Pues que venga la tierra, me dije mientras escabull√≠a mi pene por entre su tibieza por primera vez, nuestros gemidos incomodaban a los vecinos y las s√°banas se manchaban con peque√Īas gotitas rojas. De pronto, tuve la extra√Īa certeza de que el sexo no volver√≠a a ser lo mismo.

Desde ah√≠ comenzamos una desenfrenada carrera sexual para compensar los a√Īos perdidos. En las ma√Īanas antes de desayunar, en las tardes despu√©s de la once o durante el almuerzo: el antepostre, como un nuevo plato entre el de fondo y la sobremesa. De a poco los gemidos fueron tomando fuerza hasta ya olvidarnos de las verg√ľenzas, y los prejuicios a un sexo bien aullado quedaban en el pasado. Un d√≠a cualquiera lleg√≥ la polic√≠a avisada por ruidos molestos y mientras ment√≠a al paco de turno, Mar me apretaba una nalga por detr√°s. Aun as√≠, no pudimos dejar de gru√Īir el placer y cuando cerramos la puerta a la autoridad, tuvimos sexo desesperado sobre el choapino de la entrada que nos cost√≥ una multa sobrevalorada que nunca cancelamos. Esa noche sent√≠ la hipocres√≠a de vender con sexo y repudiar su sonar y decidimos eliminar las cuatro paredes y tirar donde nos encontrara la calentura. El problema fue que ella y yo siempre fuimos ciudadanos del concreto y la excitaci√≥n florec√≠a en los lugares menos adecuados, tanto, que terminamos en cuatro patas frente a un grupo de indigentes que amenizaban la noche con un cart√≥n del peor vino. Asustados por el deslinde, decidimos alejarnos de la ciudad y adentrarnos en los bosques patagones, donde el cemento ya no fuese impedimento. As√≠ fue como el sexo con Mar se convirti√≥ en una org√≠a con los coig√ľes y el viento. Empezamos tirando con recelo, pero de a poco sent√≠ una similitud desconcertante entre la sensaci√≥n de sus cabellos sobre mi pecho y las caricias entre el culo y los test√≠culos del pasto al mecerse con la brisa. Ya no me importaba que nos viesen desnudos en los bosques, es m√°s, me excitaba la idea de un huemul observ√°ndonos o alg√ļn o alguna curiosa masturb√°ndose detr√°s de los calafates mientras nos sac√°bamos las ganas.

Recuerdo especialmente la vez que estuvimos en Cucao, en la espesura de la isla grande de Chilo√© en una casa muy profundo entre los bosques que hac√≠a las de refugio para caminantes y campistas. Ah√≠ no hab√≠a ba√Īo por lo que las necesidades se hac√≠an directo en la tierra y la ducha era una fr√≠a vertiente escondida entre los arrayanes. Ese d√≠a ca√≠a una suave y tibia cortina de lluvia mientras me ba√Īaba bajo la cascada cuando apareci√≥ Mar con un bulto de sus ropas entre las manos que dej√≥ en el piso y sin decir nada nos besamos a veces con rabia a veces tranquilos y nos convertimos en uno entre ara√Īazos y mordiscos. De pronto, √©ramos un cuadro, una pintura olvidada en un mundo perdido o el pasaje de un libro empolvado que se abre y se relee, como una antigua receta para dos que se hac√≠a para miles, miles de robles, miles de t√°banos y chucaos que presenciaban a dos humanos que quer√≠an ya no serlo. Recuerdo tambi√©n cuando hicimos dedo de vuelta y al frente nuestro hab√≠a un gran letrero verde con letras blancas que dec√≠a: prohibido el tr√°nsito de animales en la ruta y pens√© en el curioso primate que pretendemos ser, una egoc√©ntrica inclasificaci√≥n, como si de alguna forma el ser humano fuese ajeno a la taxonom√≠a y estamos nosotros y lo dem√°s. Lo mencion√© y re√≠mos. Al rato una camioneta nos llev√≥ de regreso a las ciudades.

Las vueltas del viaje nos separaron con Mar y ahora s√≥lo agradezco y espero que nuestros trayectos se crucen nuevamente, aunque sea s√≥lo por otro breve instante. Ella fue hacia el norte y yo tom√© hacia el sur. De viaje solitario, dej√© de compartir el √≠mpetu sexual y olvid√© que el sexo, aunque sea solo, es siempre de a muchos. Intent√© volver al porno, pero era pl√°stico, como escribi√≥ la Nati en sus hojas de fuego: las personas de pl√°stico, como una belleza-mentira, como una realidad en conserva y alta en az√ļcares. Con el tiempo la masturbaci√≥n se volvi√≥ prisionera y apurada, hasta el semen me sal√≠a sin ganas ni vigor. Hasta que un d√≠a, aburrido de la soledad y los intentos frustrados de pescar en los r√≠os, volv√≠ a hacer org√≠a con los alrededores y sent√≠ otra vez las caricias del pasto y nuevamente mis gemidos fueron otro canto de ave migratoria.

+ Bastián Besnier (Punta Arenas, 1991), licenciado en Bioquímica. Ha publicado cuentos en revistas digitales como Sensini, Radicales Libres y Al Sur de Todo.
+ Imagen: Cecily Brown