En tu tierra, con los tuyos. Jonnathan Opazo

a mi madre

Parece que tengo cáncer gástrico, me dijo el vecino hace una semana. Dolores estomacales. Mareos. Vómitos. Sus días transcurren lentos, entre la silla de playa que instala para tomar el sol en el pasaje y las máquinas tragamonedas de la botillería. Es delgado, moreno y camina lento, como si la rapidez fuese a acelerar el paso de la enfermedad. Lo veo pasar cuando me siento a leer en el antepatio e intercambiamos un “vecino” como señal de reconocimiento. Cáncer gástrico. Hace tres años el papá de una ex novia murió de un cáncer estomacal. Tres meses. Rapidez pavorosa. Yo lo vi todo como un espectador amarrado a la silla, muerto de miedo. “Vivir es el único prestigio que cubre la tierra” anota Gianuzzi en su poema Cumpleaños.

Llevo siete meses viviendo en una pequeña casa del sector suroriente de Talca. El invierno pasado lo matamos jugando cartas. Tomando vino. Entre la fiebre del alcohol alguien propuso traer un gato. Todos asentimos. Yo me arrepentí a los días. Mi hermano también. Yo me acostumbré al gato. Mi hermano no. Mis compañeras de casa, sí. Soportamos estoicamente el olor a caca y las pulgas. Un día el gato enfermó. Dejó de comer. Respiraba visiblemente agitado. Veterinario, medicamentos. Mejorías, recaídas. El gato nunca creció y decíamos que se debía a su refinamiento. El dandy de pasaje, le apodamos. El Oscar Wilde de la Manso. Quizá nunca creció por prematuro. Hoy, una de mis compañeros decidió llevarlo al veterinario. Volvió la respiración agitada. A las 11:22 AM, la compañía telefónica me envía el siguiente mensaje: “Eres un Cat Lover? Ingresa aquí” y deja un link. A las 4.10 PM mi compañera de casa me envía un SMS que dice “El gato está con paro cardiorespiratorio. Es grave”. A las 4.15 PM me envía otro que dice “Murió”. Ese momento me hace pensar en “Destrucción Total”, de William Carlos Williams que dice: “Era un día helado. / Enterramos a la gata, / después agarramos la caja y / le prendimos fuego / en el patio de atrás. / Esas pulgas que se escaparon / de la tierra y del fuego / murieron de frío”.

A un par de metros está el vecino sentado en su silla de playa. Su hija llega y lo saluda. Ya están los exámenes. No tiene nada grave, le dice. El tipo se ve tranquilo. No hay cáncer gástrico. El vecino gozará de la repetición de sus rutinas. El gato quedará frío y yerto. “¿Qué es, pues, lo que la muerte ha destruido a través de millares de años?”, escribe Schopenhauer, “No es el perro: ahí está, delante de vosotros, sin haber sufrido detrimento alguno. Sólo su sombra, su figura, es lo que la debilidad de nuestro conocimiento no puede percibir sino en el tiempo”. A falta de patio, metemos al gato en una bolsa de basura. Me ofrezco a llevarlo a un lugar seguro. Dentro de ese plástico no parece otra cosa que una sombra. Una sombra con cuerpo. Un cuerpo que escondemos en esa sombra por la misma debilidad por la que no somos capaces de percibir sino en el tiempo. Y como en el poema de W.C.W., las pulgas que escapen de la bolsa morirán de calor.

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Eso lo escribí en marzo del 2017.

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¿Han visto a un perro morir envenenado? ¿Han visto sus últimos espasmos, la mirada perdida, el olor putrefacto de las vísceras que vomitan por efecto de los químicos?

Ignoro qué clase de maltrato sicológico tendrá que haber sufrido alguien para no sentir un resquicio de pena ante semejante brutalidad. Un Rafael Gumucio, probablemente, en su rol de “miren-lo-controversial-que-puedo-ser-con-mis-opiniones-de-mierda”, se reiría. Porque gente de mierda hay en todos lados.

Pero pasa. Es una práctica común. Panes con vidrio. Huesos con veneno. Y el azar. Tu perro va y lo come. Se muere. Dos o tres espasmos. Esa mirada que de pronto parece volverse doblemente vacía, doblemente enigmática, te avisa: querido, se acabó. Un poco de espuma y listo. Luego viene un leve manto de tristeza. ¿Qué clase de pena es la que produce la muerte de una mascota?, me pregunto. ¿Qué nueva clase de vacío se instala en una casa cuando muere el perro que la cuida? No siempre es un duelo a gran escala. No hay plañideras. No es la gran tragedia. Pero es una pequeña y sutil tristeza. Some kind of blue.

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Me gusta este fragmento de Pascal Quignard: “La escena es asombrosa porque ningún hombre y ninguna mujer en la isla de Ítaca había reconocido a Ulises vestido de mendigo: es Argos, su viejo perro, quien repentinamente reconoce a aquel hombre. El primer ser sorprendido en el acto de pensar, en la historia europea, es un perro”. Y más adelante anota: “Argos alza los ojos, sacude su hocico, “piensa” a Ulises en el mendigo, mueve la cola, agacha las dos orejas, muere.
Piensa y muere. Al Alvarez, en su ensayo sobre el suicidio, coloca esta nota: “Glanville Williams cita una fuente erudita para mostrar que a veces los perros se suicidan, “de habitual ahogándose o rehusando comer, por una serie de razones; generalmente cuando se segrega al animal de la vida hogareña, pero también por pena, remordimiento y hasta por mero tedio. Cabe tomar el suicidio animal de este tipo como una manifestación de inteligencia”.

El animal piensa y muere.

Se envenena y muere.

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No es una tragedia a gran escala. Por supuesto que no. Pero tu perro, de pronto, se muere. Y nada. Un poco de escarcha sobre el pasto, blanca, pura. Así murió, hace algunos días, el viejo quiltro de la casa de mi madre. Una perra negra, delgadísima, inquieta. Y vi en la cara de mi madre una pequeña flor negra. Una capa sutil mojando los ojos. La pena contenida cuando se mueren las mascotas. De esa misma forma mataron, hace varios años, a otro perro que tuvimos en casa. Veneno. En sus últimas horas, el perro anduvo extraviado por los pasajes de la población, se tiró a un río, vomitó lo poco que tenía en el estómago.

Volvió a casa.

Y murió.

¿Verán los perros, en el umbral de su muerte, el mundo de otra forma? ¿tendrán un flashazo de inteligencia que los saque de esa atemporalidad en la que moran?

Perros que vuelven a casa para morir. Podría ser el argumento de una película tristísima, de pequeñas tragedias. Perros que luego son enterrados bajo un moro, entre la arena y los ladrillos de la última ampliación, en un potrero que algún día comprarán para instalar departamentos, con los suyos. Una cruz de palo, dos flores de ofrenda. El collar con su nombre.

Y los ojos de una madre, por un rato, húmedos de contenida tristeza. Luego el vacío.  Una sucesión de pequeñas tragedias. Otro perro. Otras muertes.

 

+ Jonnathan Opazo Hernández (San Javier, 1990), es autor del libro de poesía Junkopia (Bifurcaciones, 2016), con fotografías Rodrigo Figueroa. También ha publicado las plaquettes Baja fidelidad (Jámpster e-books, 2017) y Cangrejos (Inubicalistas, 2017).
+ Imagen: Francis Picabia