Crónica de invierno. Katherine Hoch

Ya no tengo las llaves de esta casa, o si las tengo, est√°n perdidas en alg√ļn bolso o mochila. Si ya no tengo las llaves, deber√≠a tocar el timbre. C√≥mo tocar el timbre en esta casa. No pude llegar en bicicleta; el zapatero se asom√≥ para saludarme. El perro del vecino narco ladr√≥ cuando llegu√©; hab√≠a olvidado la distancia que existe entre el port√≥n y el final del pasillo antes de doblar a la derecha. Es el recorrido perfecto: parte con un umbral largu√≠simo que se extiende hasta un pr√≥ximo nivel de umbrales. Ya no importa la distancia entre esos umbrales. Si ya no tengo las llaves de esta casa, deber√≠a tocar el timbre; toco el timbre. Me abres desde arriba; mentira, abres la puerta de arriba, pero tienes que bajar para recibirme. No hay puerta el√©ctrica, nunca tuvimos esas tecnolog√≠as. Todo fue austeridad. Todo siempre fue, la distancia entre el port√≥n y el pasillo antes de doblar a la derecha.

Anoche tuve frio. Hay una ola helada que pasa por Santiago durante este mayo. Aclaro: mayo del 2019. Un Santiago de noches frías y tardes semi soleadas. Y como tuve frío, con la espalda al fuego tomé la mitad de un vino; entrar en calor e ir a visitar esa casa. Y a ti, que indudablemente, estarías allí.

Toqu√© el timbre, me abriste, entr√©. Me qued√© a dormir contigo. En las vueltas del insomnio, pod√≠a medir la distancia que separaba tu lado de la cama con el m√≠o. El trayecto del pasillo se convert√≠a en medidas de ni√Īos. Busqu√© sin√≥nimos de la palabra distancia en el celular. Alejamiento, desafecto, desamor, frialdad; dec√≠a la primera l√≠nea del diccionario. Una premonici√≥n, una lectura telep√°tica.

Los vecinos del primer piso en la ma√Īana escuchaban reguet√≥n. ¬ŅSiguen igual de ruidosos que siempre? No, respondiste. Esa respuesta no ten√≠a sentido; se pod√≠a escuchar la m√ļsica a todo volumen de los vecinos del primer piso. Eran inmigrantes; no s√© de d√≥nde, nunca les pregunt√© nada. Solo dije hola un par de veces durante esos dos a√Īos.

Despert√©; no me ofreciste desayuno. Tuve que dirigirme al refri y simular que yo segu√≠a viviendo all√≠ contigo. Desayun√© yogurt con pl√°tano. No me gust√≥ ni el pl√°tano, ni el yogurt. T√ļ instalabas una persiana en la cocina. Al fin nadie espiar√≠a la casa. Yo te ayud√© a sostener el alargador para que no te cayeras mientras taladrabas la pared. Fue mi acto de bondad. Lo √ļnico que pude hacer.

No quer√≠a escuchar el reguet√≥n de los vecinos del primer piso: casa E. Nosotros √©ramos la casa F. Me sent√© en el sill√≥n que mi hermano me regal√≥ y que ahora es tuyo. Puse m√ļsica fuerte. Fum√© y me ech√© para atr√°s. Tarare√© la canci√≥n y tuve una peque√Īa nostalgia de esas ma√Īanas de domingo cuando √≠bamos a la feria de Matta en bici y volv√≠amos con mochilas cargadas de verduras y frutas. Esas ma√Īanas nos dedic√°bamos a cocinar y esper√°bamos que el d√≠a pasara solo. Yo te amaba profundamente; t√ļ me amabas profundamente tambi√©n. Ahora que ya no vivo ac√°, a veces dudo. Luego recuerdo que vivimos distinto. Que nunca entenderemos nuestros ritmos vitales, que nadie tuvo la culpa. Que una tromba marina nunca ser√° igual de liviana que una estela de aire. Ya no tengo las llaves de esta casa; no s√© en qu√© caja o en qu√© mochila est√°n. Creo que lo mejor ser√≠a eso. Seguir simulando la p√©rdida.

+ Katherine Hoch (Santiago, 1991). Estudió Letras y Ciencias del Lenguaje. Ha participado del taller Poetizar y pensar de Nadia Prado (2017) y del taller Ensayo literario de Matias Rivas (2018). Actualmente es editora del colectivo Pantógrafas, que indaga sobre la figura femenina en el cine.

Imagen: Louise Bourgeois, Hair (Red Bell Jar), 2000