Fragmento de Variaciones. Fernando Pérez Villalón

 

+Una selección de los dos conjuntos de relatos que componen el libro Variaciones de Fernando Pérez, “Visiones virales” y “Alfabeto de ciudades”.

Visiones virales

I

Al principio a muchos la idea de quedarse en casa para disminuir el contagio les pareció intolerable. Se habló de claustrofobia, confinamiento, encierro y hasta de cárcel. El gobierno argumentó que la medida era imprescindible, y la impuso con firmeza y decisión. Esta resolución fue elogiada por la mayoría, convencida de que no quedaba otra alternativa. “Las circunstancias requieren medidas extraordinarias”, declaró el presidente en cadena nacional. De a poco la ciudadanía se fue acostumbrando. No era tan atroz, después de todo, quedarse en casa. “No hay nada como el hogar”, repetían algunos en redes sociales. Muchos compartían fotos de sus acogedores dormitorios, jardines y cocinas. 

Pasaron los meses y pocos salían. Las provisiones se entregaban a domicilio con la ayuda de drones, que también retiraban los desechos. Se automatizaron eficientemente los trabajos que antes habían requerido la presencia humana. Cada mañana, en vez de exponerse a las inclemencias del clima, los integrantes de la familia se sentaban cada uno frente a su pantalla y ejecutaban sus tareas, interrumpidas cada cierto rato por pausas activas en las que escogían entre yoga, pilates, ciclismo estático, artes marciales u otros ejercicios saludables para el cuerpo y la mente. Las relaciones entre las parejas que la cuarentena había sorprendido separadas se volvieron virtuales y no faltó quien declarara que era mucho más cómodo y razonable. “Las relaciones corporales están sobrevaloradas”, afirmó la ministra de Salud: “Somos, al fin y al cabo, seres espirituales”. 

A muchos la sola idea de poner un pie en el exterior les comenzó a parecer aterradora, inconcebible, obscena. La tasa de delincuencia disminuyó casi a cero, salvo por algunos crímenes domésticos que horrorizaron al país y seguramente varios otros más discretos, de los que nunca nadie supo nada. “Somos, por fin, una nación desarrollada”, proclamó triunfante el presidente en todas las pantallas del país. “Quédate en casa”, agregó, con una sonrisa forzada, desde el amplio y bien iluminado escritorio de la suya. 

No faltaron, por cierto, algunos disidentes, que invocaron añejos conceptos como la libertad de movimiento, la necesidad de encontrarse cara a cara con desconocidos y otras excentricidades, pero la opinión pública rechazó esos extremismos, que el gobierno reprimió con eficacia y prontitud. Los rebeldes que sobrevivieron escaparon a la cordillera. “No podemos permitir que unos pocos egoístas pongan en peligro la nación modelo que entre todos construimos”, declaró el presidente, acompañado ahora por su esposa e hijos. 

En las siguientes elecciones, virtuales por supuesto, arrasó el partido CASA, la Coalición Ampliada Sanitaria que reunía a todos los partidos de derecha. Aumentó la tasa de natalidad. Se otorgaban permisos especiales para visitar a parientes, amantes, amistades, solo una vez al mes, pero eran pocos los que los pedían. Los hijos en general preferían quedarse en casa de sus padres, el único espacio que habían conocido en toda su vida. Se fomentó el noviazgo y el matrimonio entre vecinos. En las calles, vacías hace años, crecieron hermosos jardines que los ciudadanos contemplaban orgullosos a través de sus ventanas y balcones.

 

II

Ella abrió la puerta. Se miraron en silencio. Diez años antes, al comienzo de la cuarentena, él era un hombre nervudo y de mirada intensa; ella, una joven bióloga brillante, de risa ruidosa y una gran cascada de rizos rojizos que llegaban hasta su cintura. Se habían amado algunas semanas antes de que comenzara la epidemia, y al encerrarse cada uno en su departamento juraron encontrarse una vez que todo pasara. En algunos meses como mucho, imaginaban. 

Él había engordado varios kilos, por la dieta de cerveza y chocolate que calmaba su ansiedad en esos largos años de aislamiento. La mirada se le había vuelto humilde, escurridiza, como un insecto que intenta escapar de la luz cuando levantan la piedra que le sirve de escondite. Ella seguía siendo tan hermosa como antes, aunque ahora su pelo corto enmarcaba un rostro más anguloso, con una boca austera, casi siempre cerrada excepto para proferir los mantras en las largas sesiones de yoga que la habían salvado de enloquecer en esos años de encierro solitario. 

Se miraron en silencio, midiendo la distancia entre los cuerpos que recordaban, enlazados alguna vez en un abrazo aparentemente indestructible; pero ante esta versión deslavada de sí mismos no sabían por dónde empezar, o si valía la pena intentarlo. Él hizo un gesto vago como para comenzar a decir algo, ella extendió la mano como para impedirlo, rozando como sin querer la suya. Él retrocedió intimidado. Ella retrocedió a su vez, para no avergonzarlo, en un gesto que podía ser una invitación a entrar a su departamento, pero que él interpretó como el inicio de la despedida. 

Ella intentó imaginarlo desnudo. No lo logró. Él se preguntó si ella habría notado el leve temblor de su mano derecha. Se miraron en silencio un poco más. Él se encogió de hombros, ella esbozó una sonrisa que no llegó a dibujarse. Le buscó los ojos pero él esquivó la mirada. Lo siguió con la vista mientras descendía la escalera con paso cansino. Suspiró, aliviada, y cerró la puerta.

 

Alfabeto de ciudades

II

La lengua de B consiste en una sutil y variada gama de silencios. Quien llega a esa ciudad piensa primero que sus habitantes se rehúsan a dirigirle la palabra al extranjero, pero a los pocos días se da cuenta de que no emiten palabra al interactuar entre ellos tampoco, y de que eso no parece impedirles comunicarse. Se miran de muchas maneras, moviendo apenas las cejas, las comisuras de la boca, y dibujando en el aire delicadas figuras con los dedos. Mueven la cabeza hacia arriba, hacia abajo, la inclinan hacia un lado o hacia el otro, encogen los hombros, se tocan, se miran, dirigen la vista hacia cosas, personas, lugares; se palpan el rostro, se agachan o yerguen, dibujan en el suelo signos con los pies. 

Los estudiosos de la lengua de B discuten si consiste simplemente en un código gestual, que evita usar la voz (el sistema fonatorio parece habérseles atrofiado por la falta de uso hace cientos de años), pero que finalmente constituye un sistema traducible que podría, con paciencia, aprenderse; o si se trata en realidad de una cultura que ha aprendido a escuchar los silencios, como proponen algunos antropólogos que dicen haber entendido eso luego de permanecer allí por largos años. 

Quienes se quedan en B por un período extenso tienen problemas al salir de allí: cualquier otra ciudad les parece ruidosa, los irrita la verborrea de otras culturas, echan de menos esa civilización en la que el grito, el susurro, los gemidos y admoniciones han sido reemplazados por una elocuencia tácita, que prescinde de toda palabra y la reemplaza por diversos modos de callar.

 

VI

Quien llega a la ciudad de F por la mañana se regocija siempre al escuchar su lengua luminosa, de vocales nítidas y consonantes como cortadas a cuchillo, que golpean contra los oídos como el sol de la mañana contra las cosas del mundo. La de F le parece al viajero, que aún no la comprende, una lengua alegre, optimista, gozadora. El recién llegado se pasea por los abigarrados mercados de la ciudad disfrutando de la algarabía, se desplaza como un pez en el agua por el griterío de las plazas públicas, se sienta en los cafés atestados de gente que discute gesticulando. Pero a medida que pasan las horas, su impresión se modifica. La lengua de la ciudad no le parece ya tan hilarante, sino que algo más arrastrada, como los movimientos lentos de la gente que camina por las calles aletargada por el calor. Las vocales se desdibujan, las consonantes se vuelven algo más guturales, hasta el punto de que parece que los habitantes de la ciudad hablaran otra lengua: es lo que de hecho ocurre. 

En la ciudad de F se hablan cuatro o cinco idiomas (los especialistas no se ponen todavía de acuerdo), según la hora del día. Desde que sale el sol hasta que llega a su cénit, la lengua musical, encantadora, cálida que el viajero escuchó al llegar. Del mediodía hasta mitad de la tarde, una lengua algo más apagada, de menor volumen, llena de sonidos que se hunden en la garganta y con una pronunciación más descuidada, como si los labios estuvieran ya cansados de la claridad de la lengua matutina. Cuando el sol comienza su descenso, esa lengua imperceptiblemente se desliza hacia una zona que todos coinciden en describir como de penumbra. Ya sin la languidez de la lengua de medio día, fluye decidida pero lentamente entre los labios. Es una lengua sutil que no se habla casi en público. A esa hora el comercio está cerrado y las calles vacías. Los poetas componen sus versos en este idioma vespertino, propicio para las metáforas melifluas y de una eufonía más sinuosa que la lengua matutina, adecuada para los negocios, el comadreo y la politiquería. Al caer la noche, de a poco la lengua del ocaso se va oscureciendo, y va dando paso a la lengua nocturna, una lengua que hablan en susurros los amantes, los conspiradores y los sumos sacerdotes, que duermen durante el día y al amparo de la noche celebran sus ritos secretos. 

Pocos extranjeros han tenido el privilegio de oír esa lengua oscura, y de entre aquellos, la mayoría no ha regresado, sea porque desaparecieron para siempre tras haber intentado escrutar los sagrados misterios de la ciudad de F, sea porque se han enredado en las complejas intrigas políticas que proliferan al amparo de la noche de aquella ciudad, sea porque fueron admitidos como amantes de uno de sus hombres o mujeres, célebres por su pericia incomparable en las artes del placer sensual, hasta el punto que se dice que quien ha probado sus cuerpos no soñaría en dejarlos jamás, mientras viva.  

Los escasos testimonios no coinciden entre ellos: algunos describen la lengua nocturna como un rumor casi inaudible, hecho de mínimos gemidos y suspiros, otros como el zumbido irritado de un avispero, o como un idioma animal, hosco, agresivo. 

Si se les pregunta a los habitantes de F por sus numerosas lenguas, dirán que hablan una, y que dependiendo de la hora se pronuncia diferente, o se usa de otro modo, pero los lingüistas coinciden en que se trata de idiomas separados, que no pertenecen siquiera a la misma familia. Los antropólogos afirman, en cambio, que la concepción del tiempo de su civilización, dividido en nítidos compartimentos según la hora del día, los induce a servirse de aspectos distintos de su idioma, una entidad compleja y multiforme con zonas destinadas a los momentos diversos de la jornada.