Hasta que olvidemos a Madame Bovary. Silvia Veloso

Un spoiler no es buen comienzo, aunque no se entiende por qu√© nos irritan tanto si la vida tiene en la muerte un spoiler sin escapatoria. En Teorema, Pasolini lleva a Emilia a enterrarse viva en la zanja de una obra en construcci√≥n junto a una excavadora inm√≥vil. Triste pero obediente a la voluntad de la santa, la vieja que acompa√Īa a Emilia utiliza una palita para ayudarla a cubrirse de tierra. La escena es de una brutalidad y delicadeza dif√≠ciles de olvidar, especialmente por lo que no se ve pero podemos imaginar m√°s all√° de las im√°genes: el ruido de la pala de la excavadora que sin saberlo terminar√° el trabajo, el edificio desangelado de suburbio que sellar√° la sepultura an√≥nima de Emilia. En Teorema, Pasolini s√≥lo le concede a Emilia cierto estado de gracia tras su contacto con el Hu√©sped. S√≥lo en la empleada de la casa de los ricos industriales de Mil√°n, Pasolini obra el milagro de la iluminaci√≥n. Desorientados y sin encontrar ning√ļn sentido a sus vidas tras la partida del Hu√©sped, el resto de la familia es abandonado sin piedad al desgarro y la desesperaci√≥n del vac√≠o existencial.

A mi madre le gustaban las pel√≠culas violentas. Perros de paja, Una mujer bajo la influencia, El francotirador. No creo que las viera de estreno en los cines espa√Īoles de la resaca franquista. Tal vez s√≠ en Venezuela, aquel tiempo-espacio que debi√≥ ser una segunda educaci√≥n sentimental madurada en la distancia que permite ver el mundo desde otra parte del mundo. O quiz√° mucho despu√©s, cuando la vida cambia de marcha y se convierte en perspectiva de sof√°. No es f√°cil conocer a la persona que est√° detr√°s de la madre. En el planeta hijo, la madre engulle a la persona. A√ļn trato de hilar gestos, parches, hechos que tal vez falsea la memoria. Buscar pistas en libros o pel√≠culas que le gustaban. Qu√© ve√≠a en las gafas rotas que tras la masacre Hoffman recoge de la escalera y vuelve a colocarse como gesto sutil pero definitivo de retorno a la normalidad y la calma, en los s√≥rdidos episodios dom√©sticos de Gena Rowlands o en la nostalgia √©pica del grupo de amigos de Pennsylvania devastados tras su paso por Vietnam. No recuerdo que mencionara Teorema. Para apuntalar y convivir con el pasado y la memoria adulta que dej√≥ hu√©rfana, me gusta pensar que la vio en alg√ļn pase televisivo de La 2 desde su esquina del sof√° de casa y que el suicidio de Emilia en una zanja a los pies de una excavadora, le volv√≠a de cuando en cuando a la cabeza como ahora me sucede a m√≠ en esa forma de languidecer que arrastra la cuarentena y el encierro.

En un arranque de genialidad quiz√° espont√°neo y sin darse cuenta, Victoria Beckham dijo alguna vez “sin tacones no puedo pensar”. Sade fue censurado y encerrado por tres reg√≠menes distintos. Pas√≥ una cuarentena de aislamiento de veintisiete a√Īos entre prisiones y psiqui√°tricos. En la √©poca de frenes√≠ de la frenolog√≠a, su cad√°ver fue exhumado para estudiar si la forma de su cr√°neo revelaba alguna evidencia de su supuesta depravaci√≥n. De haber le√≠do en la prensa rosa de 2008 la declaraci√≥n de Beckham, es muy probable que Sade la hubiera encontrado divertida e ingeniosa, oportuna para colocarla en boca de Eug√©nie aprovechando alguno de los descansos que entre lecci√≥n y lecci√≥n le concede como respiro a la aprendiz de libertina.

El pensador Sade sab√≠a bien lo que de pol√≠tico tiene lo privado y que para generar cambios, no basta cortar cabezas ni enfrentarse a las grandes palabras con ideas peque√Īas, hay que meterse en las cocinas, ir todav√≠a m√°s lejos y llegar hasta los rincones m√°s √≠ntimos del tocador. Esa manipulaci√≥n de la moral como mecanismo de control la conocen todos los reg√≠menes y cada uno de ellos trata de colarse en la privacidad de los tocadores con su paquete ideol√≥gico.

Al margen de la lamentable propaganda franquista, desconozco por testimonio directo cu√°l fue la verdadera filosof√≠a de tocador que en la intimidad gui√≥ a la generaci√≥n de mi madre y c√≥mo y hasta d√≥nde consiguieron, si consiguieron, sustraerse a la aplanadora de aquella operaci√≥n sistem√°tica de adoctrinamiento moral. C√≥mo se vertebraron como mujeres m√°s all√° de la imagen y la costra de madre que a un hijo le resulta tan dif√≠cil de ara√Īar y esclarecer. Qu√© pensaba o qu√© piensa a√ļn, en ese √ļltimo refugio del tocador o de la ansiada privacidad del ba√Īo cerrado con pestillo, esa generaci√≥n de mujeres de clase media que pas√≥ la infancia en la posguerra, lo suficientemente instruidas, pero sin vuelo ni caminos que se les abrieran para ir m√°s all√°. Qu√© modelos decantaron esas sensibilidades formadas con lo poco que hab√≠a, ediciones de cl√°sicos Austral, malas traducciones de contempor√°neos distribuidas por Plaza & Jan√©s, m√ļsica melosa de festivales y pel√≠culas a menudo desbaratadas por la torpe tijera de la censura. C√≥mo hoy al descorrer una cortina y mirar por la ventana conjugan sus logros y buenos recuerdos con las ficciones y fantas√≠as de lo que hubiera podido ser. Qu√© ven en nosotras cuando nos miran, a quienes todav√≠a tienen madres que las miran, qu√© se guardan en silencio para ellas y de s√≠ mismas esas mujeres que han sido parte de mundos opuestos y a cuyas casas la visita del Hu√©sped lleg√≥ tarde a tocar la puerta.

Sin indulgencia, Flaubert visti√≥ a Bovary con todos los atributos rid√≠culos del romanticismo caricaturesco que satiriz√≥ en tono de escarnio y tragedia, haciendo de Emma una Quijote emocional a la deriva entrampada en aspiraciones ilusas y ambiciones por encima de sus circunstancias y posibilidades. Se sorprender√≠a Flaubert viendo que el romanticismo y el bovarismo, ese t√©rmino que surgi√≥ de su novela, a√ļn no han pasado la p√°gina y contin√ļan c√≥modamente instalados en el siglo XXI, amplificados por el discurso err√°tico y el psiquismo exhibicionista y eg√≥tico de la sociedad digital. El teorema de Pasolini todav√≠a no est√° resuelto y hasta que olvidemos a Madame Bovary, el m√°s leal de los hijos de Sade volver√° a ponernos a todos contra las cuerdas, a desafiarnos de nuevo con alguna provocaci√≥n: el dolor se siente pero no se ve, dios no se ve pero hay quienes lo sienten. Mientras tanto el marqu√©s levantar√° una ceja divertido con el neopuritarismo discursivo y porfiado que hoy se enreda en la cuadratura del c√≠rculo de cuestiones sem√°nticas. Aburrido, sacar√° la vista del presente y continuar√° dirigiendo a sus locos en el patio de Charenton. Madame, me dice, no se inquiete, siga buscando. El jard√≠n mental tiene su propia fauna y sus flores, bellas y aberrantes. Y como cualquier jard√≠n, florecer√° mejor si est√° bien abonado con esti√©rcol.

 

 

+ Silvia Veloso (C√°diz, Espa√Īa 1966). Es autora de los libros Sistema en caos y M√°quina: la educaci√≥n sentimental de la inteligencia artificial‚Äô (2003, finalista del Premio Macedonio Palomino, M√©xico, 2007) y El minuto americano (2009). Algunos de sus textos aparecen en la compilaci√≥n Guti√©rrez de A. Braithwaite (2005) y Pzrnk: Alejandra, nenhuma palavra bastar√° para nos curar, ensayo y traducci√≥n al portugu√©s de poemas de Alejandra Pizarnik, Instituto Interdisciplinar de Leitura ‚ÄďC√°tedra UNESCO PUC, Rio de Janeiro (2014). En 2017, el proyecto ‚ÄėRelato de los muros‚Äô fue exhibido en forma de instalaci√≥n en la XX Bienal de Arquitectura (Valpara√≠so, Chile). Socia de Barbarie, pensar con otros.