Cementerio General. Pablo Sheng

En el Cementerio General aprend√≠ a andar en bicicleta. Mis pap√°s me llevaban seguido, cada fin de semana: una forma de horror ‚Äďpienso ahora‚Äí, de calma, de reconocer a los muertos. Aprender ah√≠, a pesar, era tranquilo, pocos autos, muchas carrozas lentas, caminantes desplaz√°ndose tambi√©n calmos, al contrario de la calle y las avenidas, siempre ajetreadas y riesgosas para un hijo √ļnico.

Por esa √©poca, mi pap√° supo d√≥nde su padre estaba enterrado. Lo que sab√≠amos de √©l era vago, de hecho √©l a√ļn conserva una o dos fotos. Mi abuelo paterno muri√≥ cuando mi pap√° a√ļn estaba en la guata. El d√≠a que lo fuimos a buscar al cementerio yo dej√© mi bici a un lado del sendero ‚Äďla calle m√°s bien‚Äí y sent√≠ orgullo de no usar m√°s rueditas de apoyo, y mi pap√° baj√≥ hacia un nicho que estaba en un subterr√°neo. Lo segu√≠ hasta el fondo. Tropec√© con una escalera, sin caerme, recto a√ļn ante los nichos descuidados, incluido el de mi abuelo. A√Īos, imagin√©, sin que alguien lo limpiara. Mi pap√° andaba con un trapo, despolv√≥ el concreto y se hicieron notorias las letras, a pesar de la oscuridad del fondo. Le di la mano, volvimos al exterior y tomamos las bicis para volver a casa. Creo que mi pap√° no ha vuelto a ir.

Tampoco he vuelto a andar en bicicleta. Hace a√Īos que no tomo una, y la √ļltima vez que lo hice creo haberme encontrado con el diablo. Una maldici√≥n, haberlo evitado en una carretera que conectaba Vi√Īales con Cuajani, dos pueblos del interior de Cuba. El diablo: un mulato en medio del asfalto, vestido de terno, que me invit√≥ a unos rituales en su casa y termin√© evitando, dici√©ndole que ir√≠a al d√≠a siguiente, para el d√≠a de los enamorados. La maldici√≥n: haberme ca√≠do de vuelta, solo, salir disparado unos cuatro metros hacia adelante, esguince en la mano izquierda, heridas en el abdomen, las rodillas, perder una c√°mara y un par de libros. En fin. No quiero detenerme en esto.

Un 11 de septiembre con mi papá fuimos a un acto frente al nicho de Víctor Jara. Ese día saludé a Ricardo Lagos, que era presidente en ese entonces, y a Volodia Teitelboim.

Se dice que en Recoleta se concentr√≥ un conjunto de establecimientos vinculados directamente con los cementerios. No es de extra√Īar: una calle une al Cementerio Cat√≥lico y al General ‚Äďy al Quita Penas‚Äď. Se dice tambi√©n que el barrio, de calles irregulares, estaba marcado por una presencia religiosa y rural. Hasta la segunda mitad del siglo XIX no hab√≠a avance urban√≠stico. De ah√≠ que al sector se le identifique con la muerte, la enfermedad y el deterioro.

Se dice que se escogió el sector no solo para encontrar un espacio para los muertos, sino también para resolver cuestiones sanitarias: debido a la lejanía del Cementerio, las corrientes de viento sur no se propagaban hacia zonas residenciales. Por otro lado, se aprovecharon las piedras del Cerro Blanco, próximo al Cementerio, y buena forma de abaratar costos.

Más adelante se instalaron el Siquiátrico, el Instituto Médico Legal, el JJ Aguirre y la Facultad de Medicina.

En el Patio 102, por una de las entradas que da hacia Avenida Recoleta, est√° el memorial del detenido desaparecido y del ejecutado pol√≠tico. La construcci√≥n es de m√°rmol, en una de las alas aparece la lista de detenidos y en la opuesta los nombres de ejecutados pol√≠ticos. Al centro, Salvador Allende, en el frontis, un verso de Canto a su amor desaparecido, de Ra√ļl Zurita, ‚ÄúTodo mi amor est√° aqu√≠ y se ha quedado pegado a las rocas, al mar, a las monta√Īas‚Ķ‚ÄĚ.

‚ÄúCant√© la canci√≥n de los viejos galpones de concreto‚ÄĚ, escribe Zurita en los inicios del poema. Los nichos est√°n, pero no dejo de pensar al leer el texto en las im√°genes del Patio 29, las cruces desoladas, el pasto verde a veces, a veces seco. Por lo mismo se dice que las primeras v√≠ctimas de la dictadura llegaron al Cementerio a los pocos d√≠as del 11 de septiembre. En la web archivoschile.org se cuenta una de las tantas incongruencias entre el Servicio M√©dico Legal y el Cementerio: ‚ÄúEl caso de Santos V√≠ctor Manuel Romeo Gonz√°lez, un contador de 33 a√Īos, re√ļne varias de las incongruencias entre los registros del Servicio M√©dico Legal y el Cementerio General de Santiago. La autopsia practicada por el Dr. Alfredo Vargas determin√≥ su fecha de muerte como el 18 de septiembre, el mismo d√≠a que ingres√≥ como NN a la morgue. En un oficio fechado el 18 de septiembre, el Registro Civil confirm√≥ al SML que las huellas tomadas a ese NN el d√≠a anterior ‚Äď es decir, antes de su muerte- correspond√≠an a Romeo Gonz√°lez”.

‚ÄúLuego, seg√ļn los archivos del SML, su cuerpo fue retirado por su hermano el 9 de octubre y llevado al Cementerio Metropolitano. Sin embargo, el Informe Rettig consigna que sus familiares fueron informados despu√©s en el SML de que Romeo Gonz√°lez hab√≠a sido enterrado en el Cementerio General, cosa que, seg√ļn el mismo informe, comprobaron posteriormente, por lo que era imposible que haya sido retirado por su hermano‚ÄĚ.

Si en Recoleta se concentr√≥ un conjunto de establecimientos vinculados a los cementerios, entonces tambi√©n se instal√≥ un imaginario ‚Äďjustificado en hechos‚Äď mortuorio, del dolor y la tortura. Quiz√° la imagen del f√©retro de Jaime Guzm√°n, entrando por Avenida La Paz, anticipe aquello que est√° en sus postrimer√≠as, del otro lado, auscultado por los restos de Salvador Allende.

Por varios a√Īos, todos los 11 de septiembre, con mi familia march√°bamos. Nos √≠bamos apenas terminaban los disturbios, como muchas otras familias, vestidas de negro y portando una foto triste, por lo general, de un hombre. Llor√°bamos. El almuerzo era silencioso. Por la radio segu√≠an transmitiendo los disturbios. Recuerdo el a√Īo que tiraron una bomba molotov a La Moneda. Puro esc√°ndalo.

Este 11 oí el reporte en vivo de un periodista el mismo 11 de septiembre de 1973. El presidente muere con las botas puestas, decía. También me enteré de un suicidio. No alguien cercano, pero sí cercano a unos amigos. Asistí a un ritual que lo conmemoraba en el Parque Mahuida. La cordillera encima, las fotos de él con su hijo sobre una mesa larga, la cabeza de un buda por ahí que vigilaba una vela encendida, el olor a incienso mezclado con los asados que hace la gente en el sector.

Cualquier zona puede ser un cementerio.

‚ÄúY en el jard√≠n de su casa/ A distancia muy escasa/ De un legendario nogal/ Llor√≥/ La pobre criatura/ Al cavar la sepultura/ De su canario cantor‚ÄĚ, canta y silba Leonardo Favio, y recuerdo las canciones favoritas de mi abuela, cuando una vez coment√≥ que mi abuelo le hab√≠a dedicado una de Nicola Di Bari, al parecer la √ļnica que le dedic√≥ en su vida. Todas las ma√Īanas, por la Radio Imagina, ella o√≠a esos temas antiguos. Piero, los propios Favio y Di Bari, Salvatore Adamo, Camilo Sesto, Miguel Bos√©, Ricardo Cocciante, Sandro, en la atm√≥sfera del ruido de mi casa, las canciones con que despertaba, que se hicieron indistinguibles tras la muerte de mi abuelo. Eso es lo que queda tras el amor.

Mi abuela recordaba que su pap√° estaba en el Cementerio General. Cuando fuimos, si bien nos cont√≥ encontrarlo, pillamos el mausoleo de la familia con la que √©l trabaj√≥ toda su vida. Esa fue la recompensa, su jubilaci√≥n, morir con los patrones. Este era de m√°rmol, como casi todos, pero no como el de Claudio Vicu√Īa, un palacio dentro del recinto, el m√°s lujoso sin duda, o como el de Domingo Matte, de 1893, de estilo egipcio, sino en el que estaba mi bisabuelo era uno de estilo griego, cl√°sico, arm√≥nico y sobrio, entre unos √°rboles que dan con el capitel de una de las columnas del mausoleo.

Tanto mi abuela como mi abuelo no est√°n enterrados en el Cementerio General. Mis pap√°s escogieron el Parque de Santiago, que est√° en Huechuraba, cerca de la Ciudad Empresarial, hacia arriba, en los faldeos de La Pir√°mide. El terreno es un parque extenso, completamente verde, supongo que en las cavidades subterr√°neas entierran a cada muerto. Resaltan las flores de pl√°stico, los juguetes para los ni√Īos, afuera las florer√≠as. El sendero arranca casi en la Ciudad Empresarial y se extiende hacia arriba, delimitando con potreros y canchas de f√ļtbol, y terrenos de la Universidad Mayor. Mi abuelo muri√≥ primero, diez a√Īos despu√©s lo hizo mi abuela, est√°n enterrados uno al lado del otro, en la misma sepultura. Las veces que he ido a verlos, limpio la l√°pida y quito las flores secas si las hay. Prefiero algo sobrio. M√°s arriba, en otro sector, est√° mi abuela paterna. Tengo entendido que mi familia compr√≥ varios nichos en el Parque de Santiago.

Todos tenemos sepultura.  

 

+ Pablo Sheng¬†(Santiago, 1995), escritor, fue becario del taller de poes√≠a de la Fundaci√≥n Neruda, obtuvo el Premio Roberto Bola√Īo de novela los a√Īos 2016 y 2017, public√≥¬†Charapo¬†(Cuneta, 2016) y escribe para¬†Revista Santiago.
+ Foto: Proyecto f.11