La realidad, dicen, es esa imposible conjunción entre la fugacidad del tiempo y la permanencia del espacio. El tiempo, además, es continuo, dura; el espacio, en cambio se puede fragmentar. (Para contarlo, al tiempo lo tratamos como espacio, pero eso es una ilusión.) En esa paradoja se vive al leer Polvo de estrella, la primera novela de Ivanna Donoso (Santiago, 1992). Debo confesar que leí el libro en una versión anterior, cuanto todavía la estaban editando. Aquella vez pensé que había un problema con los tiempos, con el presente del relato, a veces parece que te están contando algo que pasó hace mucho, pero acaba de pasar o incluso está pasando. Eso que una cabeza demasiado formal interpretó como un defecto es en realidad la virtud de esta novela, su pequeño milagro.

La protagonista es una joven de Puente Alto, cuya vida siempre va para adelante, apurada, arrancando de sí misma o tal vez persiguiéndose, como hacen las sombras a medida que nos acercamos y alejamos de los postes de luz: es actriz, es prostituta, es modelo, es escritora (o eso dice), es fanática de Harry Potter, es hija de la falsa promesa de la educación universitaria (estudió en la Arcis, esa universidad de izquierda quebrada por el lucro… ¿No lo vimos venir?).

Hay un arrebato o intensidad (¿honestidad?) en la protagonista, en pasajes como el del viaje en la 210, desde Vicuña Mackenna al centro (“Vamos a la botillería, compramos, pagamos y nos sentamos en un paradero. Hay que esperar a que pase la 210…”); en sus juicios categóricos –adolescentes– sobre sé misma, el resto y la vida. La historia salta de un lado a otro, reúne en un solo impulso pasado, presente y futuro; por ejemplo: ¿sigue estudiando teatro o dejó de estudiar? Uno se pierde en los tiempos, quizás porque ella misma está perdida o porque uno es muy lento. Cuesta identificar el presente de la historia, desde dónde o cuándo se está hablando.

Toda esa intensidad, sin embargo… No, no “sin embargo”. Toda esa intensidad se asienta en una conciencia herida, frágil, trizada, a un golpe de romperse. Falta el dinero, falta el amor propio. Hay, sí, humor, sarcasmo. El libro comienza así: “El año en que se acabó el mundo lloraba mucho”. ¿Qué año? No importa, porque tal vez sean todos los años; tampoco importa quién lloraba: ¿se refiere a ella, al año, a ti?

La intensidad de la protagonista se alimenta de la desolación personal y social; así subsiste a la falta material, incluso a la riqueza. Da igual. Porque el asunto es sobrevivir. Y quejarse, quejarse y quejarse; porque ese parece ser su derecho, su privilegio… Su derecho (su privilegio) a ser superficial, banal, simplona, obvia; transparente. Pero con la transparencia de un vidrio empañado: “una mujer atrás de un vidrio empañado”, dice una canción; la misma que dice: “mejor no hablar de ciertas cosas”. Así se muestra y se oculta esta joven.

Quizás, en esta novela, esa sea la idea de la autora; tal vez lo que quiso fue crear un personaje superficial, adolescente, ahogado en su mente más que en la realidad. O en la realidad y por eso en la mente. Pienso en líneas como esta: “…me sentía dañada y me odiaba por tener que buscar dinero ahí como la gente convencional, porque yo nunca me he sentido convencional. Soy rare. No soy bonita, soy cool”.

En la ansiedad, y por qué no angustia,  los personajes secundarios se van perdiendo, las amistades y conocidos que se le cruzan, incluso su familia. Aparecen y desaparecen, y algunos son importantes, pero sólo porque lo dice la narradora, no porque se vean así. Muchos personajes secundarios, incluso los padres, son solo nombres que pasan; como lo hacen los varios celulares que tiene y pierde.

¿Es esta una novela de episodios (carrete en la 210, viaje a Buenos Aires)? ¿O es una suerte de flujo de conciencia, o de vida? En todo caso: es una buena, descarnada, pasional novela de episodios o flujo de vida. Como decía arriba: tiempo y espacio conjuntados. También una ética (una ética de la diarrea, según dice la narradora), resumida en ideas como: el orden no se puede deshacer, no sé ganar, me odio pero no me voy a matar, ganar es solo ficción.

En su ensayo “Polvo y sombra” (que conocí gracias a Marcela Fuentealba, la editora de Polvo de estrella), en ese ensayo, digo, Robert Louis Stevenson a la vez describe y se admira de la pequeñez que somos los seres humanos; “nuestra debilidad es fuerza; nuestra ignorancia, sabiduría, y nuestro breve instante una eternidad”. Parece que Stevenson hablara de la joven protagonista de la novela: somos polvo y sombra, polvo de estrella; somos, a la vez, ese polvo finísimo, particular, que cubre muchas canchas de futbol abandonadas por el pasto, y ese polvo sideral, universal, que abruma a la imaginación. ¿Es el mismo polvo? No sé. Somos, sí, infinitamente pequeños (si miramos las estrellas) e infinitamente grandes (si miramos las hormigas en el suelo); somos, si es que somos como la protagonista de la novela, una trizadura de tiempo y espacio. Y sobrevivimos hasta que ya no sobrevivimos, o algo así.