por Marcela Fuentealba

Conozco a Roberto Merino desde 1996, el año en que empezó a escribir este libro, lo que vendría siendo casi un cuarto de siglo exacto. Más de veinte años, en este caso, es bastante, tanto para demorarse en escribir un libro como para apreciar a un amigo. En ningún caso su lectura, me permito aclarar, me ha conmovido e impulsado a escribir por encontrar “al niño que fue”, o un romanticismo de ese tipo, sino porque es el texto que siempre buscó, lento y difícil: describir la conformación de una conciencia posible, de un mundo habitado, respecto de sí y de los otros, del gran misterio de lo hermoso y lo ominoso. No era un diario, ni un poema, ni por supuesto un ensayo, sino más bien un relato. Es más bien lo elemental y esquivo que ha guiado sus infinitas crónicas, ese algo o apenas que sucede, un intersticio –por decirlo gruesamente–, no un quicio ni un patio solamente, sino un suceder familiar y desconcertante donde hay que ser, mirar, ubicarse, guardarse. Es la narración del deseo de ser y del deseo del mundo, de una libido que choca y que busca, un proceso tan fascinante, divertido, como riesgoso y melancólico. Se fija y cambia, ni quieto ni atómico.

Esta escritura del entre medio es la de una conciencia y una voz arrojadas y difuminadas fuera de sí, a lo que por supuesto solo puede acceder parcialmente. Además de la casa y la calle, el adentro y el afuera, hay interiores lejanos y más allás efectivos. Por un lado, el mundo es absolutamente concreto y real para la conciencia que lo ve y lo cuestiona; al mismo tiempo, cuidadosamente absurdo, coincidente y onírico, porque el observador, el percipiente –el yo es difuso y se manifiesta en contadas ocasiones–, apenas logra suponer las maneras precisas y misteriosas. Y quiere estar, ser visto, desear, sin entender mucho cómo funciona la reciprocidad o la ausencia: ser solo. Enternece cuando ve en las ilustraciones de sus libros infantiles una imagen de calma o nitidez en el fárrago improbable de la experiencia, algo para sostenerse, tal como las palabras de la madre o la llegada del padre. Más tarde, las canciones de la radio serán otro asidero a lo imaginario real.

En esto el lenguaje, fino y detallado, muestra la falla de adecuación entre lo real posible y el yo posible. No es solo desconfianza en las palabras, sino al contrario saber que son la única forma de explorar el desarreglo o dar cuenta de los hechos psíquicos, algunos apenas asibles y otros definitivos: en tal momento, en tal año y tal esquina con tal ropa,
puedo decir que yo era el mismo Roberto Merino que soy; en tal momento comprendí que era diferente a mi familia en cuestiones básicas, como tender a mirar mal o querer separarse del mundo.

Al comenzar a leer recordé rápido a dos escritores que varias veces he asociado con la escritura de Merino –a él nunca le han interesado muchos mis comparaciones, quizá porque uno le parece muy político y el otro muy esotérico–, Walter Benjamin en Infancia en Berlín y Mario Levrero en La novela luminosa. Son también escrituras largas, demorosas, que hablan precisamente de esa la imposible concreción de totalidad, de las variaciones de la experiencia, de describir extrañados el mundo, donde siempre hay algo que no se sabe pero que se intuye mayor y desconocido. Tenemos memoria y somos otro y hasta ahí no más llegamos, pero seguimos, lanzados.

Siguiendo la comparación, el libro puede leerse, me parece, tanto como una historia personal de Chile –una vida privada no indiferente a la colectiva que se iba trastocando–, y también como un registro de maravilla y abismo en los cursos posibles de la experiencia. Una educación sentimental, una memoria de infancia, lo que se quiera, calles con niñas y playas de caminos torcidos, alguien está vivo y escribe para que conste todo lo que es de algún modo cierto y posible. Una novela, al fin intentar seguir el círculo en una vida familiar donde cada uno es otro, las espirales y torsiones, como en las novelas de Natalia Ginzburg. No lateamos más con comparaciones. Sólo queda resumir que es un libro excepcional, un clásico al instante.

Título: Mundos habitados
Autor: Roberto Merino
208 páginas
Dimensiones: 13.5 x 23 cm
Isbn: 97895660456

 

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