El nuevo Chile. Natalia Berbelagua

Por asuntos demasiado complejos y extensos de explicar, que encubre bastante violencia y muerte, un nuevo líder llegó al Gobierno de Chile.

De apellido mestizo, lleno de m√©ritos intelectuales, en su curr√≠culo se aglutinaban estudios de filosof√≠a, filolog√≠a espa√Īola, literatura comparada y psicoling√ľ√≠stica. Hablaba cuatro idiomas y sus m√©ritos morales ven√≠an de haber estudiado en una escuela p√ļblica con n√ļmero, formaci√≥n en universidades tradicionales y un par de becas Chile.

Los primeros meses del Nuevo Chile entregaron la alegr√≠a inusitada de tener en el poder a un ente alejado de la pol√≠tica, efervescente de nuevas ideas sobre c√≥mo mejorar la educaci√≥n del pa√≠s. Los profesores, los gestores culturales, celebraron al presidente que valoraba a los artistas como un bien necesario para la sociedad, premi√°ndolos y subvencionando proyectos que enaltecieran la cultura nacional. Se comenzaron a publicar libros por la editorial del Estado al estilo de la antigua Quimant√ļ, se cre√≥ la famosa Canasta b√°sica cultural, que lleg√≥ mensualmente a las familias m√°s pobres y endeudadas del pa√≠s. Se eligi√≥ a Alejandro Aravena como nuevo ministro de Vivienda, que elabor√≥ un plan habitacional sin precedentes. Los bustos de O¬īHiggins y Prat, que hab√≠an sido derribadas un par de a√Īos antes en medio de las manifestaciones populares, fueron sustituidos por las de Mart√≠n Cerda, el Gato Alquinta y Violeta Parra. A los pacientes de los hospitales p√ļblicos se les comenz√≥ a tratar con medicina de punta del primer nivel y musicoterapia cl√°sica, que incluy√≥ las Gymnopedies de Satie, las sinfon√≠as de Zbigniew Preisner y Anatole Vapirov. Las iglesias se expropiaron para construir escuelas populares de idiomas con especial √©nfasis en el lat√≠n. Al Estadio Nacional se le cambi√≥ el nombre por Coliseo Humberto Maturana y al Monumental por Elicura Chihuailaf. La nueva bandera fue hecha por Alfredo Jaar y el himno nacional lo compuso Cuti Aste. Pero como Chile es un pa√≠s dif√≠cil y muy bien dijo Ra√ļl Ruiz en la Telenovela errante: ¬ęSi te portas mal en esta vida, en la otra vida te conviertes en chileno¬Ľ, cuando todo comenzaba para algunos a ser civilizado y hermoso, vino la desgraciada Ley R√©proba.

El presidente, cansado de la mala calidad de un gran porcentaje de las obras art√≠sticas producidas en el pa√≠s y p√©simamente asesorado por un grupo de acad√©micos y cr√≠ticos, decidi√≥ que no solo ciertas obras jam√°s ver√≠an la luz, sino que adem√°s se abrir√≠an c√°rceles para los malos artistas, donde ser√≠an sancionados por arruinar el patrimonio inmaterial del pa√≠s y atentar contra la sociedad, convirtiendo el espacio intelectual en un No lugar. ¬†Bajo la nueva ley, el primero en ser encarcelado y con latigazos en la entrada de la penitenciar√≠a, fue Pablo Larra√≠n, por escribir y dirigir una pel√≠cula sobre la vida de Don Francisco. Esta noticia, lejos de entristecer al pueblo de Chile, lo llen√≥ de j√ļbilo, ya que muchos se hab√≠an sentido golpeados por los p√©simos di√°logos de una pel√≠cula que film√≥ en Valpara√≠so. Por su parte, la c√°rcel literaria la inauguraron un grupo de poetas n√≥veles, que fueron juzgados por Pamela Escobar, jueza del Primer Juzgado del Crimen Literario Chileno.

En la segunda sala, donde no solo se permiti√≥ la entrada de periodistas, sino que se les invit√≥ encarecidamente a grabar el in√©dito momento jur√≠dico, dict√≥ sus primeras sentencias. A un escritor joven, que publicaba su primera novela sobre tem√°tica queer, lo sentenci√≥ a que le amarraran la lengua por siete d√≠as al llenarse la boca con un tema que no conoc√≠a de primera fuente. A la segunda condenada, una escritora que escribi√≥ un libro de cuentos sobre la clase alta chilena, la envi√≥ por veinte a√Īos al penal Nicanor Parra I, sin derecho a libertad condicional. En tanto que a un autor de treintaicinco a√Īos que cometi√≥ el error de escribir un libro autobiogr√°fico, lo envi√≥ al segundo penal m√°s saturado, el implacable Pablo Neruda II. Ah√≠ ca√≠an los reincidentes, que despu√©s de una sentencia incurrir√≠an en el mismo delito tipificado. Algunos de estos errores salieron impresos en el Nuevo c√≥digo de cultura:

“I. Son considerados delitos graves:

– Trabajar con autoficci√≥n, publicar obras completas de un autor sin m√©rito. Escribir sobre la infancia, el padre o la madre, utilizar como espacio de ficci√≥n √Ďu√Īoa y sus alrededores, escribir textos fragmentarios, utilizar el espa√Īol neutro con el fin ambicioso de ser le√≠do en Hispanoam√©rica y Europa, explorar personajes femeninos que demuestren debilidad, publicar con editoriales vetadas por el gobierno, usar humor en los textos, ficcionar sobre temas demod√© como el amor, la pareja, el embarazo y el aborto.

– Escribir ‚ÄúAntipoes√≠a‚ÄĚ, publicar poemarios vac√≠os, imitar a Bukowski

 II. Son considerados delitos menos graves:

 РAbuso del punto seguido, escribir biografías propias extensas, cambios de voces arbitrarias en los libros, tener faltas de ortografía y errores de coherencia.

III. Son considerados agravantes:

-Asistir a m√°s de dos talleres literarios, vincularse a los talleres vetados por el gobierno; ser poeta y tener m√°s de mil seguidores en redes sociales, ser autor y tomarse selfies, utilizar el concepto ‚Äúdantesco‚ÄĚ en alguna obra literaria. Buscar agente literario o buscar editorial por cuenta propia.‚ÄĚ

*

En Santiago Centro, el verdadero protagonista de esta historia, despu√©s de muchas vacilaciones y con p√©sima intuici√≥n, decidi√≥ poco tiempo antes lanzar su primer libro a la venta. La familia de Roberto, que vio orgullosa el desempe√Īo de su hijo al lanzar su √≥pera prima llamada Tedio, sufri√≥ una nueva angustia al enterarse que apareci√≥ en la lista de los autores buscados por la polic√≠a letrada. Por m√°s irracional que parezcan los acontecimientos, esa insensatez de parte de los organismos represores, ten√≠a a los artistas sin contactos pendiendo de un hilo. El consumo de botellones de Merlot y pastillas para dormir se dispar√≥, y los que no escrib√≠an con pseud√≥nimo optaron por elegir uno que los ayudara en la clandestinidad. As√≠ surgieron los panfletos firmados por Joseph Brodsky, Philip Larkin y Samuel Beckett. Alg√ļn desorientado firm√≥ como Bola√Īo y al ser descubierto el fraude se fue detenido al cuartel del Instituto de Est√©tica. Los m√°s osados botaron sus abrigos negros, empezaron a usar cintur√≥n e ir al dentista y alg√ļn exaltado decidi√≥ ir al m√©dico para hacerse un chequeo general.

Mat√≠as, que se hizo due√Īo de un caf√© llamado El Soho, le dio asilo a Roberto en un sector de su propiedad, al que llamaba El balneario: un galp√≥n lleno de chatarra y obras de arte a medio hacer, donde los veranos instalaba unas sillas de playa y una piscina pl√°stica para refrescarse los pies al sacarse los bototos. All√≠ estuvo un par de d√≠as, escribiendo y quemando papeles para desahogarse por la noche. ¬ŅDe qu√© sirvi√≥ esforzarse tanto por escribir un libro del que no aparecieron m√°s que dos rese√Īas escritas por otros poetas?

Después de nueve días, en los que prácticamente no comió ni durmió más de dos horas, escuchó la conversación con la que fantaseó en cada una de esas jornadas. La policía letrada llegó al Soho. La escuchó a cuadras de distancia, por su sirena inconfundible de fanfarrias del hipódromo.

Se le humedecieron las manos, a tal punto que la mancha de sus dedos en los bolsillos se parec√≠a a una abundante mancha de orina. Golpearon la puerta sin piedad, llevando a la vista una orden de detenci√≥n del Primer Juzgado del crimen literario, donde el cargo era el haber publicado un libro de autoficci√≥n teniendo menos de cuarenta a√Īos. Mientras le√≠an los cargos, ve√≠an a Mat√≠as con sospecha por su abultada mata de pelo crespo y llevar una chaqueta de cotel√© con parches en los codos. Tras pedirle su n√ļmero de identificaci√≥n, corroboraron que no hab√≠a c√≥digo del ISBN alguno con su carn√© de identidad, ni tampoco nada inscrito a su nombre en el Registro de Propiedad intelectual. ¬ęYo quer√≠a ser escritor, pero desist√≠ antes¬Ľ, dijo Mat√≠as, excus√°ndose. Ah√≠ fue cuando lo obligaron a abrir la reja para registrar el balneario. El acusado sali√≥ con los brazos en alto, diciendo que no involucraran a su amigo, que se ir√≠a con ellos. Roberto y Mat√≠as se dieron un abrazo sincero en la misma puerta donde hab√≠an vivido tantas aventuras. Entre ellas un ba√Īo con el polvo de un extintor completo, una despedida con una sart√©n con huevos fritos, y la recuperaci√≥n de Mat√≠as al saltar de la ventana de su pieza desde el segundo piso. La camioneta donde se llevaron a Roberto la manejaban un funcionario del Archivo Nacional y un aspirante a doctorado en literatura en una universidad p√ļblica, el sonido del inicio de las carreras de caballos se perdi√≥ en la mitad de la noche santiaguina.

Lo tuvieron incomunicado por algunas horas y luego lo interrogaron. Le enrostraron cada uno de los supuestos errores cometidos en su obra. Le preguntaron una y otra vez por su colegio, su universidad, si hab√≠a salido con nota sobresaliente o hab√≠a participado en alg√ļn taller literario. Este √ļltimo era un agravante, pero Roberto hasta ese momento no lo sab√≠a. Cuando dijo que hab√≠a asistido al taller de cuento de Pablo Simonetti, lo dejaron solo y le dijeron que al d√≠a siguiente tendr√≠a la sesi√≥n de un juicio abreviado, porque los calabozos estaban llenos y hab√≠a mucha gente para ir a buscar. Ya hab√≠an barrido con todos los boliches donde se juntaban los poetas, allanado toda lectura de poes√≠a clandestina. Las imprentas hac√≠an de informantes y los editores no acababan de definir su posici√≥n, salvando a algunos, pero debiendo cerrar la boca en otros casos, por favores realizados anta√Īo.

Pamela Escobar, afinándose un mechón de pelo negro que le caía sobre la cara y luego tocándose la barbilla, le preguntó su nombre y su domicilio. Roberto, hastiado por la situación, respondió:

‚ĒĬ°Marcoleta 666 por la chucha!

‚ĒÄPor lo menos tienes m√°s car√°cter que tu protagonista ‚Äďasever√≥ Pamela con iron√≠a. Luego le cuestion√≥ el porqu√© de su trabajo con la autoficci√≥n. Roberto expres√≥ que hab√≠a comenzado con un diario de vida tras una ruptura amorosa y desde ah√≠ no hab√≠a parado de ensayar c√≥mo escribir un poemario o una novela, pero que ambos g√©neros se le hac√≠an esquivos. Que no hab√≠a querido publicar porque no estaba cien por ciento seguro, pero que, tras ganar un concurso, un editor le pidi√≥ material para revisar y le dijo que ten√≠a un libro entre las manos. Esta informaci√≥n hizo dudar a la jueza, porque entendi√≥ que no hab√≠a sido cien por ciento responsabilidad suya, pero tambi√©n le recrimin√≥ ser ingenuo y vanidoso al no haberlo pensado mejor. Con esos datos, decidi√≥ enviarlo a la c√°rcel por cinco a√Īos y un d√≠a. Roberto, que maldec√≠a su suerte, pero al mismo tiempo sab√≠a c√≥mo lidiar con ella, camin√≥ con la vista fija en el piso hasta que lo trasladaron a Nicanor Parra I, donde iban los reos de menor peligrosidad.

*

Mat√≠as recibi√≥ las p√°ginas del diario de Roberto por un editor que hab√≠a le√≠do Tedio y cre√≠a que la condena era injusta. Ley√≥ las p√°ginas de su amigo y decidi√≥ comunicarse con el resto de los ex poetas para realizar una reuni√≥n en el Soho. Afortunadamente, ninguno de ellos hab√≠a publicado nada, as√≠ que nadie corr√≠a peligro por participar de la reuni√≥n. Chris lleg√≥ desde el sur con excesivo entusiasmo y una locura extempor√°nea, disimulada en la ocasi√≥n para sacar a su amigo de la c√°rcel. Xebeche, Ra√ļl, Antonio, David, Francisco, Fernando y Juan Carlos, se unieron al llamado. Mat√≠as ley√≥ los pasajes en voz alta.

4 p.m

quise volver a escribir. no s√© muy bien porqu√©, tal vez fue solo un capricho o simplemente una necesidad no del todo justificada. quiz√°s el impulso son√°mbulo de cerrar una puerta y seguir so√Īando. de todos modos, ya est√° hecho. coincidencias. un poema, en realidad tan solo dos versos de un poema de Mario Santiago me hicieron recordar un sue√Īo que me narr√≥ alguien alguna vez. ese en donde Bola√Īo se paraba frente una tumba abierta a leer rojo y negro de Stendhal.

“el ata√ļd toca nuestros cuerpos para sentir su cuerpo” dec√≠a al final.

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2.a.m.

ac√° b√°sicamente no hago m√°s que leer, fumar y tomar innumerables vasos de agua. ahora, el departamento de veintiocho metros cuadrados donde viv√≠a me parece el para√≠so, porque este es un infierno. catorce d√≠as en la Nicanor Parra I y ya estoy harto de hablar de libros con los otros presos. ¬Ņtendr√°n todas mis anotaciones el mismo tono fatalista, al borde de la desesperaci√≥n que tienen hasta ahora? espero que no. de ser as√≠, este cuaderno ser√° una larga carta suicida o el diario de las sucesivas etapas que experiment√≥ un escritor recluso antes de asesinar a veinticinco gendarmes literarios.

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mi ventana está salpicada de agua. fumo y bebo una chicha que hicieron con restos de cáscaras de fruta, pero no estoy borracho. solo triste. 

(noticias del afuera: asumió como ministro de cultura Cristian Warnken).

Ōą

Hoy me toc√≥ limpiar el ba√Īo, que estaba lleno de restos de v√≥mito.¬† En la noche se arman peleas por determinados libros, o porque tal o cual escribe malos poemas. Algunas veces se dan de combos hasta que se quedan dormidos.

Hoy fue uno de esos días. Un poeta que sabe boxeo le reventó la cara a un escritor-editor mientras leía. me preparé un café mientras mi vecino cantaba una canción de Charly García en medio de los gritos de la pelea.

Ōą

12.21 a.m.

no s√© qu√© hago en este penal. tuve que tragarme media pastilla de clonazepam para calmarme un poco porque empezaba a desesperar. trato de consolarme con que al menos no me dieron cadena perpetua. no he querido ver el reloj, ya no s√© qu√© hacer para matar los minutos… no quiero leer, ya estoy cansado de tanta palabra y adem√°s cada p√°gina que leo me hunde en la desesperanza. todos los escritores est√°n enfermos, neur√≥ticos, me dan n√°useas de verdad. cada libro m√°s s√≥rdido que el otro y adem√°s en alg√ļn punto tan acertados.

Ōą

4.17 am.

tuve que tragarme un ansiol√≠tico para calmarme. ideas delirantes: terror a no poder mantener los ojos cerrados. lectura desde las 11 de la noche hasta casi las 4 a.m. lectura de Joyce, Proust y Walter Benjamin. nervioso, cansado, asustado, pensando seriamente en hacerme canuto. no es saludable, hablar√© con los editores cont√°ndoles la verdad, ya no es nostalgia, soledad, es una angustia horrible como en mis peores noches de crisis de p√°nico. Por m√°s que esto no sea una c√°rcel com√ļn, es una mierda. Prefiero no escribir nunca m√°s a estar aqu√≠ por tanto tiempo.

12 p.m.

mejor, sue√Īo reparador. vino un tipo a dejar unos papers sobre estudios culturales. hab√≠a decidido quedarme en cama, pero me preparo para ir a la clase de post estructuralismo. Dicen que si se asiste se rebaja la condena.

Ōą

estuve leyendo el libro de Pierre Bordieu “Las reglas del arte”, en el que hace un an√°lisis descriptivo del contexto en que surgi√≥ la obra de Flaubert, Baudelaire y otros autores (se me sale el acad√©mico, qu√© horror… las medidas de estos tarados est√°n surtiendo efecto en los presos)… por fin recuper√© la concentraci√≥n y pude leer y entender y aunque parezca raro, me emocion√© con ciertas descripciones sobre Baudelaire y su insobornable rebeld√≠a que lo llev√≥ a la miseria, incluso al hambre, en fin…

 

No cab√≠a duda de que esas palabras eran de Roberto. Recorrieron toda clase de ideas, desde ir a hablar con la jueza, buscar un agente literario que recopilara los antecedentes y negociara en tribunales, pero al ver el c√≥digo pensaron que podr√≠a ser peor. Alguien propuso buscar a un escritor de las ligas grandes para que leyera la obra de Roberto y abogara por √©l. Todos los caminos parec√≠an imposibles. Ya no hab√≠a escritor para escribir tanto pr√≥logo de nuevas publicaciones. Los que habitualmente escrib√≠an rese√Īas ya ten√≠an el cerebro fundido.

David dijo que conocía al representante de Emmanuel Carrère, que podía jugársela para conseguir algo épico. Si era un admirador de Philip K. Dick, de seguro podría empatizar con un país caído en la ciencia ficción.

Pasaron unas semanas, donde por supuesto no result√≥ lo de Carr√®re, y donde adem√°s se enteraron por el informante, que Roberto estaba utilizando en sus diarios conceptos como: ‚Äúapostas√≠a‚ÄĚ, ‚Äúneoreaccionario‚ÄĚ, ‚Äúinferencia racionalista‚ÄĚ, ‚Äúretractaci√≥n postreligiosa‚ÄĚ, ‚Äúdesintegraci√≥n prometedora‚ÄĚ, ‚Äúdial√©ctica cyberpunk‚ÄĚ, ‚Äúconcili√°bulo contempor√°neo‚ÄĚ y ‚Äúdispersi√≥n yuxtaposicional‚ÄĚ. Lo que claramente revelaba que el lavado de cerebro carcelario lo ten√≠an al borde de la locura. Como la cosa se puso seria, Ra√ļl dijo que como ya conseguir algo por las buenas no funcionaba, entonces ‚Äúbuenas‚ÄĚ se iban a confundir con ‚Äúmalas‚ÄĚ, as√≠ que organizar√≠an un plan para sacar a Roberto de la c√°rcel a como diera lugar.

‚Äď¬ŅD√≥nde est√° la Nicanor Parra I?
‚ÄďEn el Campus Oriente de la Cat√≥lica. Mantuvieron la pura fachada. Mi abuela vive al lado y dice que escucha gritos toda la noche.
‚Äď¬ŅEn qu√© m√≥dulo est√° el Roberto?
‚ÄďEn el Temporal.
‚ÄďNo, ahora est√° en el Cancionero sin nombre.
‚Äď¬ŅHay alg√ļn contacto?
‚ÄďS√≠, ah√≠ tienen de gendarme al director de la cooperativa de la Furia del Libro.
‚Äď¬ŅY qu√© dice?
‚ÄďQue no puede hacer nada, porque tiene unas horas en el postgrado de una universidad.
‚ÄďHueones de mierda.
‚ÄďHay que sacarlo como sea.
‚Äď¬ŅNo se puede fugar por sus propios medios?
‚Äď¬ŅC√≥mo?
‚ÄďUn coreano que era profesor de yoga se aceit√≥ el cuerpo y se fug√≥ por el hoyo donde le dejaban la comida.
‚ÄďRoberto la √ļnica vez que fue a una clase de yoga se desmay√≥.
‚ÄďEngord√≥ como diez kilos este √ļltimo a√Īo.
‚Äď¬ŅY un t√ļnel?
‚ÄďNo tenemos ese nivel de producci√≥n. Lo mejor que puede hacer, es dar el examen abreviado.
‚Äď¬ŅQu√© es eso?
‚ÄďSi pasai las clases de post estructuralismo ten√≠s derecho a hacer un ensayo y comprobarle a la academia que la c√°rcel te ha hecho bien y no vai a volver a escribir poes√≠a.
‚ÄďPuta, pero eso es precisamente lo que lo tiene mal.
‚ÄďYo propongo algo m√°s radical.
‚ÄďTratemos de entrar al penal, como sea.
‚Äď¬ŅA qu√©, a dejarle una torta con una lima?
‚ÄďNo s√©, esto es demasiado absurdo.
‚Äď¬ŅY un t√ļnel?
‚ÄďNi cagando, si tiene las manos casi v√≠rgenes. ¬ŅCre√≠s que va a cavar un hoyo con un l√°piz Bic?
‚ÄďYo voy a ir ma√Īana, que es d√≠a de visita. As√≠ aprovecho de ver c√≥mo est√° y c√≥mo solucionamos esto.

*

Ra√ļl camin√≥ directo hacia uno de los m√≥dulos. De pasada se encontr√≥ con mucha gente conocida que fumaba, tomaba caf√© o jugaba a las cartas. Intercambi√≥ un par de palabras con un poeta bizco al que llamaban ‚ÄúEl lazarillo de Tormes‚ÄĚ, por sus constantes tretas para publicar en varias editoriales al mismo tiempo. √Čl le indic√≥ el lugar donde estaba Roberto.

Lo encontr√≥ muy parecido a como lo hab√≠a visto la √ļltima vez: duchado, bien vestido, con la cara de no estar relajado, pero tampoco fuera de s√≠. Los otros poetas que estaban presos comenzaron a dar gritos en tono de burla, pensando que era la visita conyugal.

‚ĒĬ°No han aprendido nada, poetas culiaos! ‚Äďles devolvi√≥ Ra√ļl.
Roberto lo miró con resignación, levantando los hombros.
‚ĒĬŅQu√© vamos a hacer ahora? ¬ŅC√≥mo te voy a sacar de aqu√≠?
‚ĒÄNo tienes por qu√© sacarme.
‚ĒÄNo hay razones pa que est√≠s ac√°. Toma, te traje estos puchos y un par de condoritos pa disipar la mente.
Roberto recibi√≥ las revistas, le dio un abrazo a Ra√ļl y volvi√≥ a su cama.

*

Las cosas no estaban mucho mejor en la cárcel de mujeres. En la Rosario Orrego I estaban las escritoras de best sellers y a las que decían abiertamente que no les interesaba la literatura. La jueza del Segundo Juzgado del Crimen Literario era Lorraine Amar, especialista en literatura feminista. En esas instalaciones, ubicadas en el ex liceo Carmela Carvajal, al menos las sábanas estaban limpias y las dejaban compartir recetas de cocina.

Las semanas siguieron pasando. No con esa concepci√≥n del tiempo donde un sujeto se encuentra un domingo pensando que es s√°bado. La lentitud de llevar a cabo las implacables rutinas, ten√≠an a los presos en estados delirantes cercanos a los cultos evang√©licos donde se habla en lenguas. En el penal de Roberto, unos poetas decidieron iniciar una huelga de hambre, pero los gendarmes no se preocuparon en lo absoluto. Como todos se exced√≠an en peso, cre√≠an que no les har√≠a mal una dieta forzosa. ‚ÄúEl lazarillo de Tormes‚ÄĚ trataba de negociar articulando unos balbuceos convenientes para enredar a sus cuidadores, que se ve√≠an a s√≠ mismos hipnotizados al estilo de como lo har√≠a la serpiente del para√≠so, pero volv√≠an en s√≠, y se daban cuenta del enga√Īo. Tambi√©n notaron que eso que tomaba permanentemente en una taza y parec√≠a agua, era jugo de latas de at√ļn.

Ra√ļl se junt√≥ con los amigos para contar las novedades sobre Roberto. Todos sent√≠an rabia y desasosiego por su futuro. Intentaron volver a verlo, pero no se los permitieron, y si bien les cost√≥ asumir que no podr√≠an salvarlo en una maniobra de pel√≠cula, por m√°s que Ra√ļl estuviera obsesionado con las pel√≠culas de Jean Claude Van Damme, sus ideas no pasaban m√°s que por disparates.

Como todo en la vida requiere de grandes movimientos para terminar con las crisis, los presos de la Nicanor Parra I se unieron para amotinarse. Un diecisiete de octubre, en medio de las celebraciones del natalicio de Pablo de Rokha, empaparon sus calcetines en cloroformo para adormecer a los gendarmes. Borrachos y enardecidos los golpearon mientras dorm√≠an y le prendieron fuego a la c√°rcel con unos balones de gas. Salieron corriendo de la Penitenciaria con la libertad que nunca hab√≠an experimentado. La mayor√≠a de ellos fueron a buscar ropa a sus casas y se subieron como polizontes en camiones, autos y trenes. Algunos pocos fueron apresados de nuevo y remitidos al penal. El m√°s castigado fue el Lazarillo, al que simb√≥licamente, lo enviaron de agregado cultural a Fantasilandia. El caso de esta dictadura intelectual y sus terribles consecuencias dur√≥ varios a√Īos, hasta que intervinieron organismos internacionales encabezados por la Sorbonne, Oxford y Paris VII. Tras varios hechos de sangre, el presidente intelectual debi√≥ abandonar el nuevo Chile en un avi√≥n rumbo a Espa√Īa, donde lo recibi√≥ la RAE.

Varios a√Īos despu√©s, en pleno centro de Santiago, Roberto se par√≥ frente a la vidriera de la librer√≠a Metales Pesados. Titube√≥ si comprar o no, un nuevo texto de estudio de Nelly Richard. Con el libro entre las manos, record√≥ su paso por la in√©dita c√°rcel literaria.

+ Natalia Berbelagua (Santiago, 1985). Ha publicado los libros de relatos Valporno (2012), La Bella Muerte (2013), Domingo (2015) y el poemario La marca blanca en el piso de un cuerpo baleado (2016) e Hija Natural (2019). Valporno fue traducido al italiano por Edicola Ediciones. Ha publicado en diversas antologías, entre ellas We rock de Ediciones B y El arte de la sonrisa, de Suburbano ediciones, Miami. Imparte talleres literarios experimentales como narrativa autobiográfica y genealogía.

+Imagen: La Furia del Libro 2019, La Tercera