Mapas negros. Natalia Berbelagua

El mapa no funcionaba y al poco andar la luz del tel√©fono se fue a negro. No hab√≠a ning√ļn ser humano a qui√©n preguntarle nada. Estaba desorientada como un perro perdido que despu√©s de cinco a√Īos llega a olfatear algo cercano a su casa. La farmacia donde compr√© ansiol√≠ticos por primera vez a los doce a√Īos. Mientras caminaba las visiones me llevaban a lugares √°speros, recuerdos de lija y chirridos de tenedor en un plato. La luz de pesadilla de la tarde, la pel√≠cula de Tarkovski de cada abril que me dec√≠a que deb√≠a seguir atenta.

-Mira mi amor, estamos en Buenos Aires.

Dijo en una noche en que dio vueltas su auto verde a toda velocidad por la punta de diamante. Pero yo no era su amor y no estábamos cerca del Obelisco sino en la Plaza Brasil. El primer tránsito por ese lugar que mi inconsciente recordaba tan bien, un triángulo donde me volvía a encontrar con esas camas desechas que me generaban inquietud. Bultos en vez de hombres, como extensión de una ciudad donde los vagabundos se retraen, tan lejos de la exhibición escandalosa de familias completas que viven en la calle en otras partes del mundo.

Llegu√© otra vez a ese tri√°ngulo donde esta vez hab√≠a un colch√≥n con im√°genes de duendes, pudri√©ndose en un basurero al lado de unos estuches de planos. No hay descanso ni orientaci√≥n, no hay infancia, y los recuerdos comenzaron a venir como un electroshock: el √°rbol escu√°lido que ten√≠a una naranja que nunca se ca√≠a, la corrida aterradora desde la plaza de los borrachos para que no me alcanzaran en las ma√Īanas de niebla, el joyero que me regal√≥ Daniela, quebr√°ndose en la tierra al saltar del columpio, la amiga con la pierna quebrada una y otra vez, como la cola de una lagartija que no acaba de salirse cuando ya est√° creciendo otra, la extremidad ortop√©dica que encontr√≥ Mart√≠n en la calle, dando un extra√Īo recibimiento, hasta que acab√≥ en otro basurero, algunas veredas m√°s cerca de la Alameda, queriendo escapar de un due√Īo al que seguramente le apretaron la correas de cuero.

Por asuntos misteriosos veo despu√©s de veinte a√Īos a esa amiga tras vivir en Buenos Aires, donde fue atropellada tres veces. Dos en una semana, una vez una moto, dos por un auto.

-¬ŅY c√≥mo quedaron tus piernas?

-Deformes, pero esto es peor. Mirame los nudillos- Dijo con acento argentino.

Mi cara volvió a ser la de antes, la que se apegaba al vidrio para verla de lejos cuando salía en andas con las piernas quebradas, para subirse a un auto o a una ambulancia.

-Ahora sí que pierde la pierna.

-Mirame los nudillos- Dir√≠a veinte a√Īos despu√©s.

El traumatológico, el Festival de huesos hechos tiza, la imagen de mi abuela cayéndose en cámara lenta de una micro cuando intentaba afirmarla sin fuerzas. Ella de espaldas tras los escalones con esa cartera paraguaya de cuero pálido con dibujos que parecían molduras grecas. El terror de ver su cabeza partida como una sandía. Pero ella no se reventó nada, aunque esas llamadas volvieran loca a mi madre.

-No te asustes, estoy en el Traumatol√≥gico. No te asustes, pero la ni√Īa se parti√≥ la boca. ¬†No te asustes pero hizo un esc√°ndalo tal que no hay forma de que entre al colegio.

Y mi madre fuera de sí corriendo a tomar un taxi, bajándose y doblándose los tobillos con los tacos, abrazándome y gritando en partes iguales para llevarme a la clínica.

-Mamá, no te asustes, estoy en el Hospital. -Le diría por teléfono en un día de la madre, después de ser internada de urgencia. Y ella como todas las veces llamaría a quién estuviera conmigo para pedirle explicaciones de por qué no me cuidó lo suficiente.

-Soy un monstruo.

Le habr√≠a dicho √©l abiertamente si nos hubi√©semos conocido a√Īos antes, y no me habr√≠a paseado por esa esquina del colch√≥n de duendes y la farmacia vieja, el joyero quebrado y las piernas de Daniela haciendo un mismo polvo blanco en el piso.

Podría gritar: ¡Mamá!, ¡Mamá!

Como en esos llamados escandalosos donde me hab√≠a pasado algo malo, y el taxi del sue√Īo de mi madre que no viene nunca porque nadie lo espera, pasar√≠a de largo, cicatriz√°ndole los tobillos por fin y dej√°ndome en un espacio donde soy la que no cae, o si cae aprende a poner las manos, como mi rodilla que toc√≥ el suelo, pero no aport√≥ al asfalto, la noche en que me baj√© del auto del psicoanalista.

+ Natalia Berbelagua (Santiago, 1985). Ha publicado los libros de relatos Valporno (2012), La Bella Muerte (2013), Domingo (2015) y el poemario La marca blanca en el piso de un cuerpo baleado (2016). Valporno fue traducido al italiano por Edicola Ediciones. Ha publicado en diversas antologías, entre ellas We rock de Ediciones B y El arte de la sonrisa, de Suburbano ediciones, Miami. Actualmente imparte talleres literarios experimentales como narrativa autobiográfica y genealogía.
+ Foto: Carlos Arriagada Keim