Ariel. Nicol√°s Cerva


Es viernes, una noche de verano oscura ante la mirada de la virgen. Su figura sacra es completamente blanca, un poco más que la falopa que el Vladimir dibuja con su pase escolar. Su rostro fotografiado con expresión de canero se queda con restos de polvo y lo viste con disfraces chistosos: de repente una peluca, un bigote o un lunar cerca del labio. Somos cuatro en una banca metálica que pintaron de color verde. Puente Alto está lleno de estatuas de la virgen y bancas verdes, regalos del alcalde facho. Un ejército de Marías de yeso se dispersa por toda la inmensa comuna. En cada esquina desechada por la planificación urbana una virgen sapeando, recordándote que dios existe y que ella es su madre, que fumar pito es malo, que jalar es peor, que existe un lugar más miserable que el que ya habitamos y está disponible para arder el resto de la eternidad. Para demostrarlo quemó todas las plantas, todo el pasto, todas las flores. Verdes eran en el invierno porque las regaba la lluvia, ahora amarillentas porque no las riega nadie.

El Vladimir se esmera en que todas las líneas queden iguales, el socialismo de la coca. Al levantar la vista hacia la virgen, siento que sus labios se tuercen en una mueca de angustia que me recuerda a mi madre. Me escapo de su maternal caracho acariciando los largos dedos de Ariel, que también la mira pero imperturbable. Quizá no vemos a la misma virgen.

El d√≠a que conoc√≠ a Ariel era el cumplea√Īos n√ļmero veintid√≥s del Iv√°n. Yo hab√≠a estado en quince de ellos, descontando ese a√Īo en el que no tuvo celular ni facebook e intent√≥ lanzarse al R√≠o Maipo para morir joven como Hans Pozo. Iv√°n era mi mejor amigo, y tambi√©n fue mi primer amor. Despu√©s de cantar el cumplea√Īos feliz con extra√Īas entonaciones y bromas que ya no le hacen gracia a nadie, partimos la torta en ocho. El tenedor a la boca y, tras masticar un par de veces, sent√≠ mi lengua atrapada en una extra√Īa encrucijada, como un pez abisal envuelto en redes de nylon. Al alzar la cabeza vi el asco en las caras de los pocos invitados. Se trataba de un verdadero nido de pelo negruzco al centro del pastel, repartido hasta los diferentes platos. Tanto era el pelo que las almendras y el manjar dejaron de ser el ingrediente principal. A pesar de la n√°usea colectiva, jugueteamos con la torta usando los tenedores como arpones, como esperando encontrar cr√≠as en aquel nido viscoso.

En el Unimarc no quer√≠an cambiarla porque el producto fue elaborado por una empresa externa. Con Ariel fuimos a recorrer los pasillos mientras el resto del sindicato cumplea√Īero discut√≠a con la encargada del local. Sin decir nada, empezamos a guardarnos cajas de t√©, frascos de nutella y algunas botellas de cerveza. Salimos de la mano y sonri√©ndole al guardia. Nos sentamos en la cuneta a la espera del resto de los invitados, me dice su nombre y le digo el m√≠o, matamos la espera repasando historiales delictivos.

La falopa está lista y nos turnamos sin hablar. Ariel sonríe cuando jalo. Sigue con atención nuestras caras para ver el momento exacto en el que la línea hace efecto. Sé que es su droga favorita. Sé que la compró el Iván en la Rosita Renard, una pobla que queda a un costado del Estadio Nacional, cerca de su pega. Se que se peló treinta lucas del puesto que atiende en la feria y quiere despertar con la billetera vacía. Yo lo entiendo porque no hay nada más gratificante que repartir botines con los amigos, bajarse de la micro con la mochila llena y darle de probar al que quiera. Abrir frascos con hambre, un hambre que nace desde el encierro aletargado, del estar siempre atrapado en la misma población y saberse de memoria el paisaje y el pasaje.

Caminamos por la Nocedal hasta la casa del Vladi. En las paredes del living su cara adorna los cuadros, un tanto estrangulada por la corbata escolar en cada una de las graduaciones. Lo echaron cagando del colegio en séptimo cuando prendió un porro en el patio, así que no aparezco en sus fotos ni él en las mías. Ariel se aburre. Se inquieta. Cruza las piernas y las separa y las vuelve a cruzar. Agita mis manos junto a las suyas. Le veo la maldad en los ojos al levantarse y descolgar los cuadros de fotos.

-Bonito, fea, bonita, bonita, fea, feo, feo… Feo culiao-. decimos al llegar a la cara del Vladimir. Nos re√≠mos a carcajadas. La mueca ingenua de su rostro persiste a pesar de la risa cruel.

Abrimos unas botellas de B√°ltica y ocupamos los cuadros para dibujar m√°s l√≠neas. A las tres de la ma√Īana mi nariz sangra y siento p√°nico. Ariel me mira con ternura mientras me pone trozos de papel confort en la fosa derecha. Sus ojos son grandes y azules, lleva una melena negra como la noche misma y habla susurrando como el viento que se cuela entre las reparaciones con scotch y cart√≥n en la ventana del living. El Tin-Tin empieza a ladrar porque andan unos gatos en el techo. El Iv√°n pone a Prince Royce y gira la perilla hasta que en la pantalla dice VOL. MAX. Enchufan un micr√≥fono y cantamos. Tres canciones despu√©s, Ariel se levanta de su silla arrastr√°ndome de la mano. Quiere ense√Īarme a bailar bachata. Y el un, dos, tres ¬°cadera! Y que me sale como la callampa, y terminamos revolc√°ndonos por la fr√≠a cer√°mica mostrando las muelas y las caries de alegr√≠a.

Gritos y patadas a la reja interrumpen nuestras intensas sesiones de bachata. El Vladi sale todo duro y su mam√° baja por la escalera haciendo crujir entera la casa. Un silencio sobre nuestros cuerpos como un cuchillo sobre carne cruda.

-¬°Ya empez√≥ esta maraca culi√° a huear! Ayer nadie le dijo nada por el esc√°ndalo que ten√≠a la hueona- dice la santa madre con una rabia que le sale desde las v√≠sceras, casi tropezando en el pen√ļltimo pelda√Īo.

Con Ariel vamos pal patio de atrás y todo se vuelve un murmullo. Que no estuviera na’ hueando porque andaba con el GPS en los tobillos y a la primera se la van a llevar los pacos. Que cuál es la más maraca y que el marido de vo’ te dejó tirá. Que el escándalo de todos los días. Te voy a agarrar del pelo, conchetumare, y no te voy a soltar.

Ariel me tapa los o√≠dos con sus manos peque√Īas y me siento flotando con la boca hacia la luna. Todo se oscurece. El agua inunda los pasajes y los patios. Un r√≠o tibio de tanto apaciguar al inmenso sol rojo durante el d√≠a. El Tin-Tin nada a lo perrito en el vaporoso cause y le cuesta respirar de tanto esfuerzo. Las toallas colgadas en los cordeles del patio ondean hasta caerse. Un tigre blanco, Piol√≠n y Alexis S√°nchez se ahogan lentamente sin ofrecer resistencia. Ariel se agarra a mi cuello como una r√©mora, saca unas papelinas del bolsillo en un vaiv√©n tembloroso y levanta el brazo para mantenerlas a salvo de la humedad. Pasa su lengua por todo mi rostro como esparciendo anest√©sicos antes de devorarme. –¬°Ay, como el agua, como el agua, como el agua!- canta Camar√≥n de la Isla en la radio pa‚Äô todas las casas pareadas del barrio –Yo te ech√© mi brazo al hombro y un brillo de luz de luna iluminaba tus ojos-.

-Cuando los ni√Īos del jard√≠n tienen pataleta les hablo bajito y les acaricio el pelo- dice Ariel en mi o√≠do con una voz que no toca las cosas -Se calman al tiro, yo tampoco me resistir√≠a a un cari√Īito- y ladea la cabeza busc√°ndome la mirada, con una sonrisa que le hunde las mejillas entintadas en cochinilla.

Me cuenta que este a√Īo llegaron muchos ni√Īos nuevos al jard√≠n de la JUNJI en el que trabaja. Hay haitianos, colombianos, peruanos, ecuatorianos y chilenos. En los almuerzos estableci√≥ la dictatorial regla de probar todas las comidas por si est√°n envenenadas. Me cuenta que el paladar se le ha ido refinando con el tiempo. Que ha probado arepas y ceviches y porotos negros y pollo frito agridulce. Baja la mirada con el rostro atribulado cuando recuerda que est√° de vacaciones y que las clases vuelven en Marzo. Trato de animarle, le comento que en su nuevo trabajo ver√° a muchos ni√Īos.

-Eso s√≠ -me responde √°gil-. Lo m√°s pulento es que la zapatilla con luces est√° de moda de nuevo. Me acuerdo caleta de mi ni√Īez y el boom de la zapatilla con luces- Es como si nunca hubiese abandonado la infancia.

Aprovechamos sigilosos la ausencia de la hermana del Vladimir y en una r√°pida operaci√≥n llegamos hasta su vac√≠a cama. Nos enredamos en un beso amargo intentando intercambiar nuestras lenguas para siempre. Dejamos caer saliva que se desliza por los cuellos, por las pieles, por los sexos. Sus pezones son suaves como las almohadillas que tienen los gatos en las patas. De ti deseo yo todo tu calor, pa ti mi cuerpo si lo quieres t√ļ. Una. Dos veces. Nos dormimos casi culeando una tercera. Dormimos en un abrazo tieso sin soltarnos, como si la cama fuese un ata√ļd en medio de un falso velorio, que montamos pa‚Äô recolectar plata pa‚Äô cuando se nos acabe la falopa y la sonrisa. ¬†¬†

Recuerdo que el velorio es una estafa y abro los ojos antes de que nos lleven al cementerio. Vamos en un barco fabricado con itauba y sucupira, el fresco aroma verde se nos impregna en las carnes. El pasto seco que rodea a todas las v√≠rgenes de la comuna alfombra el suelo de la barcaza. Las aguas del Amazonas est√°n en calma e intentamos disimular el sonido de nuestras respiraciones: Yacuruna duerme en el fondo del cauce. Aunque cerramos los ojos con fuerza, sabemos que hay miradas luminosas apuntando a nuestras cabezas. Ni√Īos yanomamis confundidos entre los juncos h√ļmedos, cuchichean entre ellos en un idioma que no entiendo. Llevamos bolsas desde Amazonas hasta el Pac√≠fico. Entre los empalmes de la madera intento descifrar las pinturas en sus cuerpos. Me pregunto si es el Amazonas o acaso el Nilo. No importa, por fin salimos de Puente Alto. ¬†

Bajamos las escaleras de madera por la ma√Īana, afirmando nuestras manos contra el muro. Toco los √ļltimos pelda√Īos con miedo al naufragio. No hay peor castigo que morir medio dormido, hallarse dentro de un cad√°ver con el sue√Īo inm√≥vil e inconcluso. Hay gente nueva y sus caras me son familiares de algunas fiestas. La mesa est√° llena de latas y papeles de cuaderno arrugados escritos en l√°piz grafito con restos blanquecinos. En algunos se leen las vocales, en otros, palabras cortas: ojo, ajo, paja, cojo, lija, teja. En la tele dan ese programa que muestra los departamentos nuevos en el centro. Me parecen todos iguales, y armo una paleta de colores en la cabeza: blanco, beige, caf√©, gris, beige, caf√©, beige, blanco.

-¬ŅY a cu√°nto est√° la UF?- me pregunta la Ariel. -¬ŅY to‚Äôa esa plata por una pieza y una cocina?- dice grit√°ndole al plasma, a los que a√ļn duermen y a la virgen de la plaza.

Nos metemos al ba√Īo apuradas porque la Ariel entra a trabajar a las nueve. Se desviste mirando el espejo. Inventa nuevas muecas y se estira la piel de la cara. Su risa se escucha con estruendo por toda la casa. La ducha tiene poca presi√≥n y el agua empieza a salir fr√≠a. Dice que no le importa y se mete bajo el chorro pegando chillidos y dando saltitos. Su danza me atrae como un se√Īuelo y me meto en la ducha a abrazarla.

-¡Ay qué fría, ay qué fría!- dice en un suspiro besando tiernamente mis tetas.

Despu√©s de secarse el pelo tarareando una canci√≥n de Juan Gabriel, la Ariel se jala dos l√≠neas de una falopa que ten√≠a guardada en el bolsillo de su cortaviento. Lo hace tan fuerte que pienso que se va a desgarrar las carnes que le cubren el pecho. Miro atenta por si acaso se le asoma el coraz√≥n o los pulmones. Me ofrece pero le digo que no quiero, que prefiero tomar desayuno. Erguida como un flamenco, pasa el pulgar por la tapa del water limpiando todos los restos, y se dispersa lo recolectado en las enc√≠as como una ni√Īa lami√©ndose los dedos pegajosos en medio de su cumplea√Īos.

Por la tarde me envía una selfie con el uniforme celeste de Bubble Gummers y la nariz roja como después de un ataque de estornudos. Me cuenta que vendió un par de zapatillas con luces apenas llegó, que el mall está lleno de familias paseando y comprando y gritándose. Me pregunta si puede ir a mi casa cuando salga del trabajo. No tiene ganas de ir a la suya hasta que su papá regrese a las minas en Calama. Lleno el sartén con aceite y prendo la cocina. Le digo que la esperaré con papas fritas, que se rescate unas cervezas del super y una torta ojalá sin pelos.

 

+ Nicolás Cerva (Santiago, 1994). Vive en La Pintana. Estudia Arquitectura en la Universidad de Chile, es coordinador del cineclub Cine y Territorio.
 + Ilustración: Javiera Cisterna.