Etel Adnan (Beirut, 1925), es la poeta más importante del mundo árabe, aunque prácticamente ha vivido toda su vida fuera de su lugar de nacimiento. Adnan escribe en francés o en inglés, y a veces en árabe. Estudió filosofía en la Sorbonne y es artista plástica. En los últimos años, su valoración como artista no hace más que crecer, sobre todo después de su participación en dOCUMENTA 13. Hoy sus obras están en las galerías y museos más importantes del mundo. . En Estados Unidos es una de las poetas más valoradas por sus pares, desde que publicó Sitt-Marie Rose (1978) en The Post-Apollo Press, dirigida por Simone Fattal, su compañera. Nightboat Books, su casa editorial en la actualidad, editó To look at the sea is to become what one is (2014), a cargo de los poetas Thom Donovan y Brandon Shimoda, a quien está dedicado el texto del cual presentamos algunos fragmentos. Entre sus libros más referenciales, encontramos L’apocalipse arabe (1980), Ce ciel qui n’est pas (1997), Journey to Mount Tamalpais: An Essay (1985), Of Cities and Women, Letters to Fawwaz (1993), To Write in a Foreign Language (1996), In the Heart of the Heart of Another Country (2005). Estos textos pertenecen a Sea and Fog (2018).

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Al despertar en el campo, elemento de la memoria propia, una siente el peso del espíritu. Quieto, el cielo nocturno. Nosotras viajeras respiramos el residuo de un fuego arcaico.

En la oscuridad, las visiones calman la mente. Estamos en un océano superpuesto en el inconmensurable Pacífico. Aire y alma, intercambiables.

Fuerzas destructivas reúnen cantidad de movimiento en territorios inexplorados. Hay una saturación de sueños de los que una no despierta; es como vivir en espejos. No es color lo que veo, pero veo.

El espíritu es diluido en esta baja altitud. Ten cuidado cuando pises en alguna cosa que no es una consigo misma. Hablar con la propia sombra es parte del ejercicio matutino. Estar de camino hacia un mundo exterior, acostumbrarse a la inutilidad.

Estar en la niebla es estar en un estado de suspensión. Lo que es verdad después no lo es; liberación de la mente. Más allá de la antimateria, ¿más materia o más espíritu?

Cuando decimos que nada sobrevivirá, afirmamos la eminencia de la nada. Su centralidad. Una caja ocupa el lugar central. Allí se queda.

Miríadas de arrugas forman la superficie de la mar. En las altas montañas encontramos grietas que escupen esos brotes de agua que eventualmente se transforman en ríos que hacen que la Historia comience.

Las oscuras cimas del alma no son negociables. Ío se aleja de Prometeo mientras yo me alejo de un fuego que quema la forma en que corre el agua.

Cuando todo el espacio es llenado con una niebla monstruosa que salta del horizonte, mis distintos personajes mudan la piel. Queda un cuerpo translúcido, y el Tiempo se despliega como enemigo supremo.

Pero ese espacio también es una epifanía.

Los desastres implican una idea equívoca de la realidad. El corazón es un extraño para los patrones de la materia o su distribución. En la oscuridad, la nueva medida de la luz.

Pero las letras que escriben su nombre están en una consumación perpetua. El calor que le sigue es lo que llamamos vida: una combustión. El regreso de la nada no es su recurrencia, porque en este caso no hay interrupción.

El “todo” está  familiarizado consigo, dada su impermanencia, y probablemente su inexistencia.

Anhelamos el vacío en el aquí y el ahora. Billones de galones de agua reposan sobre la luna, un peligroso incentivo para que la raza humana deseche el planeta Tierra y se vaya. Aquellos que no harán el viaje encontrarán insoportable su condición.

Mientras tanto, los fuegos de septiembre se han reanudado. El cerebro permanece sereno, monitoreando su supervivencia. Su fragmentación sería un avatar de la oscuridad, su crepúsculo. La niebla ha llegado, reordenando el aire. Es tan liviana y aun así, tan total. Su suavidad no tiene límites.

Las serpientes abren el camino a la muerte. Deja que el invierno entre en la pieza a decirnos por qué está alta la mar. La mar respira, salpica, sin preocupaciones. Pero un corazón se desvanece. Los hemisferios del cerebro están recibiendo luces distintas; en este silencio

¿Qué significa pertenecer a una tierra? Para quienes vivimos lejos de nuestra historia privada, la pregunta nunca sana.

El proyecto de la niebla es desconfirmar la realidad. Sin advertirlo, montañas ocupan la consciencia de una por completo. La mar se aleja en la distancia. La resurrección no necesariamente significa el paraíso.

El pensamiento se mueve en su propio horizonte, con su propio combustible. Se balancea entre su atracción por el mundo y sus propias leyes. Unicidad con el uno. Un influjo de pájaros pasa sobre el río.

Somos inundados por energías incurables. No hay escapatoria del propio pellejo, del propio lenguaje, de las propias pasiones. ¿Ocurrirá el colapso del Ser en este universo o en otro?

Escribir es una actividad que confronta imágenes con ideas que tratan de ponerlas en orden. Pero cuando los incendios comienzan a devorar grandes tramos de California, quedamos perplejos.

Unos 400 planetas orbitan alrededor de estrellas fuera del sistema solar. También hay zonas intermedias, abismos, donde la vida vibra, como en esta pieza, esta niebla.

En la guata de cada poeta yace un sentido de pérdida que pulsa. Una pérdida. Vivimos en medio de aprensiones. El campo está colorido y las sombras, voluntariamente transparentes

Nada existe salvo esta luminosidad interior que necesita transformar el espacio en este vapor móvil.

El cerebro se pregunta por qué la mente está siempre a la deriva, y esta última se pregunta por qué tiene que estar rezumando de una masa suave, gelatinosa, tan meticulosamente aprisionada en una oscuridad total.

El paisaje produce infinita tristesse.

La écriture no es distinta de plantar rosas. Las bombas son lanzadas incansablemente. Ir a la guerra es hacer prevalecer la vida de uno en detrimento de las otras vidas. No podemos abandonar esos placeres con facilidad.

El huidizo “ahora” no es sino la intensidad del presente. Cuando estamos confundidos nos damos cuenta lo relativa que puede ser la realidad; escuchamos música hecha sin instrumentos, recorremos los libros.

La luz disminuye sin cambiar de velocidad. Cada objeto está unido al pasado; esta silla, esta montaña. Entonces, ¿qué con esta idea?

Una vez más, solo en la oscuridad, la luz.

Piezas a oscuras repletas de pérdida, ¿adónde nos conducen? La beatitud con un signo negativo, allí, donde el amor adolescente sigue acechando.

Un cráneo fracturado yace en la vereda, una víctima del poder imperial. La civilización está construida sobre la habilidad para corromper. Nietzsche es perfecta inocencia; independiente de la naturaleza humana, un velero. El océano, su igual.

El huemul que los ángeles dejaron acercarse hasta la casa está echado bajo el pino y apenas mueve sus pestañas, sus piernas. Allí, el Ángel del Último Instante falló en aparecer.

Una cabeza no es otra cosa que un planeta deformado. ¿Cómo podríamos saber lo que contiene cuando su dueño no lo sabe? Pero de todas formas contiene el “Yo”. Un rostro, si lo miramos con detención, resulta aterrador. Aun así, las calles están llenas de rostros

Un poema es un átomo. Mejor dejarlo solo. ¡Quien necesita más explosiones nucleares!

Habitamos un terror al que llamamos vida. Con los dedos quemados recogemos signos del suelo de los bosques. En horas indebidas, estudiamos anatomía. La mente es su propio constructo. ¿Entonces qué?

Escribimos en silencio. Algo se desmaya en cada página. ¿Cómo aprehender a una persona? ¿Cómo asegurarse de que ver cualquier cosa es verse a uno mismo? ¿Cómo renunciar al ser de cada uno sin perder ese miserable ser? ¿Qué será la revelación perpetua?

¿Una colecta de necesidades?

El ser es solo un horizonte. Es pensable pero no somos capaces de pensarlo: eso significa “vivir en la oscuridad”. Enfrentamos el río y sabemos íntimamente cómo se siente ser esa especie de agua que corre. Un río es un río: también es oscuridad, pero también es una llave a los cañones, a los estuarios.

Ahora mismo está ocurriendo el eclipse más largo del milenio sobre un territorio que va de Kenia a China. Durará 11 minutos y 8 segundos.

Un pálido reflejo del pensamiento de uno sobre otro crea el caos. ¿Por qué no? Una conducta inadecuada conlleva la devastación en esta cruel parte del mundo. La niebla entra en las alacenas, cajoneras, extremidades y oídos: desaparecen por un rato, respiramos mejor.

Quien haya amado a una persona como él amó a un río ha perdido a ambos: a eso se le llama un desastre natural.

El deseo saca a relucir las diferencias. La naturaleza se presenta tan remota cuando no está enojada. Estamos rodeados de cosas ausentes, como un valle cualquiera debajo de una cadena montañosa. Hay tanto padecimiento en este planeta venido a menos. La niebla se mueve en la mente.

El universo está más solo que nosotros. Se va a dormir en praderas abandonadas, en terrenos abandonados. La noche es pobre.

Hay una luz persistente. Las gaviotas se posan en una cerca, hablan sobre las grandes dificultades que experimentaron en su ruta.

La extraña belleza de la luna es panteísta.

El sol sale y se come un trozo del Kilimanjaro. Luego sigue su camino y el trozo retorna. A media tarde, la niebla hace desaparecer la montaña.

¿Cómo saber si la memoria no es espacial? Una casa vista detenidamente siempre se ve torcida. Después de su manifestación, las cosas necesitan retroceder hacia sí mismas.

Ríos, montañas, océanos, todos envueltos en luchas de poder. La tierra es un cementerio, hasta la frase siguiente y la próxima copa de vino.

Los trenes subterráneos crean viajes impersonales. ¿Quién va a contar la última historia, y a quién? Una caja que contiene un cadáver mantiene el mundo a raya. Deriva.

Cuando la mente se mira a sí misma, ¿qué es lo que ve? ¿Un borrón evanescente? ¿El regreso del demonio interior?

Cada momento un punto de partida, pensando en moverse, viajando. ¿Es pandémico el pensamiento?

+Imagen: Sin ntítulo, de  Etel Adnan, 2014.

+Sebastián Gómez Matus (Osorno, 1987), poeta y traductor, ha publicado Po, La constitución borrada (2020), y tradujo Fin del verano, de Chika Sagawa (Abducción, 2020) y El Libro de Joshua, de Zachary Schomburg (Komorebi, 2020).

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