Tan lejos. Amanda Contreras

  1. Me gusta el f煤tbol, me gusta Colo-Colo. Hace a帽os, yo creo que m谩s de diez, fui a ver un partido con la Cat贸lica, en el Estadio Nacional. Iba con un amigo, cuando llegamos a la porter铆a pas茅 primera. El caballero que cortaba la entrada debe haber tenido 65 o 70 a帽os, me mir贸 y a media voz, como para que no escucharan los hinchas de Colo-Colo que andaban dando vueltas, me dijo, muy, muy amable, casi tierno: mijita, los de la Cat贸lica entran por all谩. Me sent铆 ofendida y me levant茅 el poler贸n para que me viera la camiseta del Colo. Entr茅, no recuerdo qu茅 pas贸 en el partido ni c贸mo termin贸, pero desde entonces supe que la piel m谩s clara, y el pelo entre casta帽o y rubio que me toc贸 en la ruleta del mestizaje, me hacen parecer de la Cat贸lica.
  2. A fines de los a帽os ochenta, mi padre le cont贸 a su jefe que, junto a mi madre, iban a postular a un subsidio habitacional para dejar la casa de mi abuela, cerca de lo que hoy es el Parque de los Reyes, e instalarse en unos bloques de edificios rojos, esos unidos por escaleras que en perspectiva parecen equis. Mi padre es funcionario p煤blico, y lo era entonces, mi madre es profesora, y quiz谩s ya hac铆a clases en la universidad. O sea, est谩bamos lejos de la miseria, o al menos de cierta idea de lo que es y debe ser la pobreza; como sea, las posibilidades econ贸micas alcanzaban para ese departamento. La respuesta supongo que bien intencionada que el jefe le dio a mi padre fue algo como: 鈥淓sos departamentos no son para alguien como t煤鈥.
  3. A fines de los noventa, un grupo de amigos, dos hombres y tres mujeres, fuimos a acampar en el Alto B铆o-B铆o, al pueblo o tal vez caser铆o donde hab铆a vivido una de mis amigas cuando ni帽a. Llegamos a Los 脕ngeles desde Santiago, en el mismo terminal de buses tomamos la micro que nos llevar铆a a nuestro destino; era una de esas Mercedes Benz que circulaban hace a帽os de a帽os por Santiago, antes de la micros amarillas. Una escalera sub铆a por atr谩s hasta el techo y conectaba con la parrilla en la que, sin m谩s anclaje que su propio peso, se dejaban bolsos, cajas y lo que cupiera. Nos subimos, nos sentamos en la 煤ltima fila. Adem谩s de personas, la micro llevaba sacos de papas y animales. Si ya en Santiago los viajes en esos buses eran movidos, imaginen c贸mo fue el nuestro: en la cordillera, sobre caminos de tierra y hacia lugares en que reci茅n se instalaban los postes para un futuro tendido el茅ctrico. Toda una fiesta: motor estruendoso, saltos y resaltos; los animales contribu铆an con lo suyo y nosotros coreando la m煤sica que hab铆a puesto el chofer: un argentino de pelo rubio, largo y ondulado, fan谩tico de la cumbia villera. Delante de nosotros unos ni帽os no dejaban de mirarnos. Un hombre que iba curao le hablaba al aire y se las juraba a los huincas, por usurpadores y asesinos. Me asust茅, no sab铆a si se refer铆a a nosotros, al parecer no, pero si nos descubr铆a seguro iba a pasar algo. El hombre segu铆a con la diatriba, cada vez m谩s encendido, nosotros nos mir谩bamos, los ni帽os nos miraban. El hombre volte贸, nos vio y pens茅: tate, aqu铆 se arma la grande. Se incorpor贸 y dijo que no nos preocup谩ramos, que no se refer铆a a nosotros, se excus贸 y hasta nos invit贸 a su casa, 鈥渢engo caballos鈥. Luego volte贸, se acomod贸 en su asiento y volvi贸 a hablar al aire, mientras sonaban las cumbias, cantaba el conductor y los ni帽os segu铆an mir谩ndonos: 鈥淟os espero鈥.
  4. Una vez, saliendo de una celebraci贸n del trabajo, en un bar que est谩 en Providencia, no recuerdo exactamente donde, pero cerca de Salvador y Rancagua, un jefe que ya no es mi jefe nos pregunt贸 a m铆 y a una colega hacia d贸nde 铆bamos. Ella iba a La Reina, yo iba a Pe帽alol茅n, a la casa de mis pap谩s, en una villa de casas blancas cerca de los departamentos rojos donde ya no viv铆amos. El jefe iba a Lo Barnechea. Deben haber sido pasadas las diez, quiz谩s las once. Y dijo el jefe, tras o铆r La Reina y Pe帽alol茅n: 鈥淭an lejos, 驴c贸mo van a llegar all谩?鈥.
  5. En el colegio municipal en el que estudi茅, creo que cuando iba en s茅ptimo u octavo, perd铆 dos chalecos; se me quedaban debajo del banco o en alg煤n lugar del patio, los recuperaba hasta que ya no los recuperaba m谩s. Cuando perd铆 el segundo, mi mam谩 se enoj贸… se enoj贸 m谩s que cuando perd铆 el primero, y me dijo que no me iban a comprar otro, que iba a tener que usar este: un chaleco color burdeo sacado de los abismos de un cl贸set que, fuera de abrigar, no ten铆a nada que ver con el azul oscuro oficial de un chaleco escolar. O lo usaba o mor铆a de fr铆o. Me lo puse al otro d铆a, lo us茅 en el colegio. La jefa de esa misteriosa oficina llamada 鈥渄e UTP鈥, o Unidad T茅cnica Pedag贸gica, me vio en un recreo, me llam贸 y me dijo que por qu茅 andaba con un chaleco as铆. Le expliqu茅 que hab铆a perdido el m铆o… por segunda vez, y que no ten铆a otro. Insisti贸 que no era del color reglamentario. Me ret贸. Me enoj茅. Le dije que el chaleco azul se me hab铆a quedado en el colegio y no hab铆a aparecido, que no era mi culpa, y que para qu茅 tanto problema. Ella respondi贸: 鈥淧areces pobre鈥.

 

Amanda Contreras (La Serena, 1982) vive desde los cinco a帽os en Santiago. Es profesora de Biolog铆a.

Imagen: La Tercera, sin cr茅dito