1. Me gusta el fútbol, me gusta Colo-Colo. Hace años, yo creo que más de diez, fui a ver un partido con la Católica, en el Estadio Nacional. Iba con un amigo, cuando llegamos a la portería pasé primera. El caballero que cortaba la entrada debe haber tenido 65 o 70 años, me miró y a media voz, como para que no escucharan los hinchas de Colo-Colo que andaban dando vueltas, me dijo, muy, muy amable, casi tierno: mijita, los de la Católica entran por allá. Me sentí ofendida y me levanté el polerón para que me viera la camiseta del Colo. Entré, no recuerdo qué pasó en el partido ni cómo terminó, pero desde entonces supe que la piel más clara, y el pelo entre castaño y rubio que me tocó en la ruleta del mestizaje, me hacen parecer de la Católica.
  2. A fines de los años ochenta, mi padre le contó a su jefe que, junto a mi madre, iban a postular a un subsidio habitacional para dejar la casa de mi abuela, cerca de lo que hoy es el Parque de los Reyes, e instalarse en unos bloques de edificios rojos, esos unidos por escaleras que en perspectiva parecen equis. Mi padre es funcionario público, y lo era entonces, mi madre es profesora, y quizás ya hacía clases en la universidad. O sea, estábamos lejos de la miseria, o al menos de cierta idea de lo que es y debe ser la pobreza; como sea, las posibilidades económicas alcanzaban para ese departamento. La respuesta supongo que bien intencionada que el jefe le dio a mi padre fue algo como: “Esos departamentos no son para alguien como tú”.
  3. A fines de los noventa, un grupo de amigos, dos hombres y tres mujeres, fuimos a acampar en el Alto Bío-Bío, al pueblo o tal vez caserío donde había vivido una de mis amigas cuando niña. Llegamos a Los Ángeles desde Santiago, en el mismo terminal de buses tomamos la micro que nos llevaría a nuestro destino; era una de esas Mercedes Benz que circulaban hace años de años por Santiago, antes de la micros amarillas. Una escalera subía por atrás hasta el techo y conectaba con la parrilla en la que, sin más anclaje que su propio peso, se dejaban bolsos, cajas y lo que cupiera. Nos subimos, nos sentamos en la última fila. Además de personas, la micro llevaba sacos de papas y animales. Si ya en Santiago los viajes en esos buses eran movidos, imaginen cómo fue el nuestro: en la cordillera, sobre caminos de tierra y hacia lugares en que recién se instalaban los postes para un futuro tendido eléctrico. Toda una fiesta: motor estruendoso, saltos y resaltos; los animales contribuían con lo suyo y nosotros coreando la música que había puesto el chofer: un argentino de pelo rubio, largo y ondulado, fanático de la cumbia villera. Delante de nosotros unos niños no dejaban de mirarnos. Un hombre que iba curao le hablaba al aire y se las juraba a los huincas, por usurpadores y asesinos. Me asusté, no sabía si se refería a nosotros, al parecer no, pero si nos descubría seguro iba a pasar algo. El hombre seguía con la diatriba, cada vez más encendido, nosotros nos mirábamos, los niños nos miraban. El hombre volteó, nos vio y pensé: tate, aquí se arma la grande. Se incorporó y dijo que no nos preocupáramos, que no se refería a nosotros, se excusó y hasta nos invitó a su casa, “tengo caballos”. Luego volteó, se acomodó en su asiento y volvió a hablar al aire, mientras sonaban las cumbias, cantaba el conductor y los niños seguían mirándonos: “Los espero”.
  4. Una vez, saliendo de una celebración del trabajo, en un bar que está en Providencia, no recuerdo exactamente donde, pero cerca de Salvador y Rancagua, un jefe que ya no es mi jefe nos preguntó a mí y a una colega hacia dónde íbamos. Ella iba a La Reina, yo iba a Peñalolén, a la casa de mis papás, en una villa de casas blancas cerca de los departamentos rojos donde ya no vivíamos. El jefe iba a Lo Barnechea. Deben haber sido pasadas las diez, quizás las once. Y dijo el jefe, tras oír La Reina y Peñalolén: “Tan lejos, ¿cómo van a llegar allá?”.
  5. En el colegio municipal en el que estudié, creo que cuando iba en séptimo u octavo, perdí dos chalecos; se me quedaban debajo del banco o en algún lugar del patio, los recuperaba hasta que ya no los recuperaba más. Cuando perdí el segundo, mi mamá se enojó… se enojó más que cuando perdí el primero, y me dijo que no me iban a comprar otro, que iba a tener que usar este: un chaleco color burdeo sacado de los abismos de un clóset que, fuera de abrigar, no tenía nada que ver con el azul oscuro oficial de un chaleco escolar. O lo usaba o moría de frío. Me lo puse al otro día, lo usé en el colegio. La jefa de esa misteriosa oficina llamada “de UTP”, o Unidad Técnica Pedagógica, me vio en un recreo, me llamó y me dijo que por qué andaba con un chaleco así. Le expliqué que había perdido el mío… por segunda vez, y que no tenía otro. Insistió que no era del color reglamentario. Me retó. Me enojé. Le dije que el chaleco azul se me había quedado en el colegio y no había aparecido, que no era mi culpa, y que para qué tanto problema. Ella respondió: “Pareces pobre”.

 

Amanda Contreras (La Serena, 1982) vive desde los cinco años en Santiago. Es profesora de Biología.

Imagen: La Tercera, sin crédito