Cuidados y violencias. Olga Grau

El concepto de cuidado tiene una potencia semántica importante que cobra un mayor peso en el contexto de la pandemia, como cuidado de sí y como cuidado de otro u otra, especialmente respecto de las vidas más indefensas o de mayor precariedad. También como cuidado del medio ambiente, de la naturaleza como sustento y cohabitación con otras especies. El cuidado sin duda forma parte de una ética que se hace responsable de otro, una disponibilidad de los sujetos para proteger la existencia de otra persona, especialmente en las faenas interminables de crianza cotidiana o en el cuidado de quienes padecen dolencias físicas o mentales que les inhabilitan esporádica o permanentemente.

En un tiempo en que estamos expuestas y expuestos a morir, se hace m√°s presente¬†la vulnerabilidad y estamos exigidos a encontrar formas de cuidarnos en mayor reciprocidad. No deja de ser atractivo el hecho de que la palabra cuidado proviene de la palabra latina cogitńĀtus, que significa “pensamiento”. Podr√≠amos decir, en una v√≠a interpretativa, que cuidar a otro u otra es un pensar como acto reflexivo, es decir, una acci√≥n dirigida a otra persona que vuelve a nosotros mismos, como gasto energ√©tico, como acrecentamiento afectivo, como deseo o deber, como vocaci√≥n, como imposici√≥n o autoimposici√≥n, hecha de modo gratuito o remunerado. A√ļn en su variedad, y en un espectro claroscuro, el cuidado implica un tiempo de ocupaci√≥n, un tiempo que da tiempo a otro u otra en la vida de uno mismo o de una misma. Quiz√°s sea la base del tejido social en todas sus tensiones.

La vida dom√©stica es un espacio de cuidados, de una complejidad tal que incide en que no se aborde con la suficiente profundidad que requiere. En el espacio dom√©stico se juega la reproducci√≥n de la vida, no s√≥lo en el sentido de la reproducci√≥n sexual -como reproducci√≥n de la especie humana-, sino tambi√©n como la reproducci√≥n de las propias condiciones de mantenci√≥n de la vida vinculadas con la alimentaci√≥n, el vestuario, la higiene, el cuidado de otros y de otras y tambi√©n de nosotras y nosotros mismos, los grados necesarios de bienestar y salud, los afectos cotidianos elementales como tambi√©n los m√°s sofisticados. En ese vivir en compa√Ī√≠a, o solas o solos, requerimos del cuidado en sus m√ļltiples formas y la pandemia nos pone a prueba en una regulaci√≥n sustentable de la vida confinada, en una cierta particular econom√≠a de autosuficiencia familiar o solitaria, en la limitaci√≥n de nuestros movimientos para cuidarnos y cuidar, situ√°ndonos en un repliegue activo inesperado y sin los c√≥digos habituales a los que echar mano.

En esta pandemia, han ca√≠do todos los formatos de la percepci√≥n y de la convivencia habitual, pero tambi√©n se muestra, como ocurre en muchas otras ocasiones cr√≠ticas, que todas las presunciones de generalidad de la experiencia humana son fallidas. Habitualmente, en los enunciados que se expresan p√ļblicamente se intenta asumir la realidad, comprenderla, accionar sobre ella, pero la mayor√≠a de tales enunciados se basan en una operaci√≥n reductiva de la diversidad y pluralidad de la vida humana, desde perspectivas que se asientan en lugares de privilegio. La perspectiva dominante en circulaci√≥n plena no alcanza a dar cuenta de las experiencias en su particularidad y de las mayormente extendidas en la poblaci√≥n vulnerada en sus derechos sociales. La mirada centralizada no sabe y no sabe tampoco ver e interpretar lo que ocurre en regiones. Nuestra imaginaci√≥n es corta para situarse en otro lugar del conocido. El mapa social tiene zonas de una diversidad enorme, pero nuestras vidas personales son limitadas, vivimos en experiencias limitadas inevitablemente, sea cuales sean dichos l√≠mites. Desde esa heterogeneidad hablamos, miramos, pensamos, producimos conocimiento, saberes e interpretaciones de la realidad, expresiones comunicativas, manifestaciones est√©ticas, asentados en lugares particularizados, es decir, desde una experiencia situada. Hasta el c√≠rculo domicilio, calle, trabajo, domicilio, trazado por el fil√≥sofo Humberto Giannini para dar cuenta de la experiencia cotidiana, se nos hace insuficiente, porque no toda persona tiene trabajo, y la calle para muchos es un lugar para dormir, muchas mujeres trabajan en casa reducidas al trabajo dom√©stico sin espacio p√ļblico o privado laboral.¬† Miles de experiencias, privilegiadas o de privaci√≥n existen, pero todas en sus propias circunstancias. La pandemia acent√ļa sus diferencias y act√ļa como lente fenomenol√≥gico que las hace aparecer.

Gran parte del cuidado en los sectores privilegiados se contrata y las mujeres que laboran en ellos asumen al terminar el día los cuidados en sus propios espacios domésticos. Muchas veces tienen que des-cuidar o entregar al cuidado de otros miembros de la familia lo que en ellos se requiere. A veces se produce una cadena de cuidadoras: una cuidadora paga a otra con menos salario del que ella gana… y así.

En aquello llamado hogar, domicilio, se dio la base de la divisi√≥n sexual del trabajo con identificaciones de g√©nero que han formado parte de una concepci√≥n tradicional de las relaciones sociales y de la distribuci√≥n de tareas de manera completamente inequitativa. La crianza es una de las formas m√°s exigentes de cuidado sostenida de manera generalizada por mujeres, como asimismo el cuidado de enfermos y ancianos. La incorporaci√≥n de las mujeres al trabajo fuera del hogar no llev√≥ equiparado una distribuci√≥n de las tareas de cuidado por parte de mujeres y hombres, recarg√°ndose a la mujer con todo tipo de tareas. Todo ello es bien conocido y estudiado y la teor√≠a feminista hizo un aporte decisivo al entender lo privado como asunto p√ļblico y estructural -cruzado por dimensiones pol√≠ticas de relaciones de poder, sociohist√≥ricas, econ√≥micas y culturales-, como es el caso de la sexualidad, la violencia dom√©stica, las conductas de dominaci√≥n patriarcal heteronormativas, de dominaci√≥n y discriminaci√≥n.¬† Ha habido algunas modificaciones en la generaci√≥n m√°s joven, pero en general el trabajo dom√©stico sigue siendo desvalorizado, identific√°ndose con ‚Äúlabores del sexo‚ÄĚ entendidas en clave femenina. Puede ocurrir que con la pandemia se tome mayor conciencia de la trascendencia del trabajo dom√©stico, de su indispensabilidad en la vida, pero no es seguro que aquello incidir√° en cambios de la estructura de convivencia de manera extendida. Muchos hombres j√≥venes y adultos, incluso ni√Īos, en periodo de encierro, siguen viendo televisi√≥n mientras, madres, hermanas, t√≠as y abuelas se afanan en la reproducci√≥n de la vida de todos.

En un momento pens√© que esta pandemia podr√≠a reconfigurar las valorizaciones de muchas cosas, entre ellas el trabajo dom√©stico privado o p√ļblico, las labores de cuidado p√ļblicas o privadas. Hay un giro desde luego en la atenci√≥n que estamos teniendo al estar √©sta focalizada mayormente en la pandemia, lo que modela nuestra cotidianidad, nuestras percepciones, pero en el estado de alerta, temor, ansiedad, sospecha, la percepci√≥n se altera positiva y negativamente al mismo tiempo. Las emociones y sentires fluct√ļan. Las trabajadoras y trabajadores de la salud reciben aplausos, pero tambi√©n gestos de repudio y agresi√≥n y las mujeres son de mayor manera violentadas por sus parejas. Creo que hay que implicarse en responder del mejor modo a este tremendo y sorpresivo desaf√≠o y una manera de hacerlo podr√≠a ser involucrarse individual y socialmente en una √©tica del cuidado, con pol√≠ticas p√ļblicas fuertemente asentadas en ella, pero no me aventurar√≠a en un optimismo ingenuo de que lo logremos. La crisis que vivimos actualmente, en que se articulan pandemia y estallido social, es de una envergadura tal que podr√≠a haber remecido profundamente nuestras formas de vida personal y social, orient√°ndolas a cambios estructurales. Sin embargo, pensemos c√≥mo la crisis ambiental y clim√°tica, manifestada ya hace unas d√©cadas, todav√≠a no nos remece de manera significativa, habi√©ndose puesto en riesgo el instinto mismo de sobrevivencia. La pandemia nos lo ha hecho presente y ha activado tal instinto, pero en muchos casos de manera violenta o bastante laxa en t√©rminos de comportamientos individuales y de pol√≠ticas estatales a nivel nacional y global.

Ha aumentado la violencia dom√©stica en este periodo de cuarentenas y restricciones de movilidad que afecta de manera m√°s dura a las mujeres y ni√Īas, y que no se refleja necesariamente en las denuncias, por razones obvias de que en tiempos de encierro son mucho m√°s dif√≠ciles de realizar. Se han creado estrategias por parte de las mujeres para poder hacerlas, las ‚Äúestrategias del d√©bil‚ÄĚ en la forma de simulaciones comunicativas desde el propio hogar, uso de los permisos para salir a comprar remedios o bienes b√°sicos de consumo y desviados para ir a las comisar√≠as o para llamar a lugares de acogida de este tipo de denuncias. Podr√≠a decirse que es m√°s alta la exposici√≥n al da√Īo que pueden vivir mujeres, ni√Īas y adolescentes, en un espectro amplio de violencias f√≠sicas y psicol√≥gicas que las hacen incluso salir del hogar para guarecerse en otros. El confinamiento, la dura limitaci√≥n de las posibilidades de circulaci√≥n, agudiza al mismo tiempo las tensiones habituales en que se pudiera haber estado viviendo, pero tambi√©n puede hacer emerger conflictos solapados o desencadenarse otros imprevisibles. Podr√≠a ser que el trabajo dom√©stico no compartido, los tiempos mal distribuidos para el cuidado de quienes lo requieren y del propio autocuidado, fuera una posible causa del acrecentamiento de la violencia, entre muchos otros factores. Estamos en un tiempo en que es dif√≠cil tener respuestas de car√°cter unilateral. Facetas y facetas de la realidad a ser miradas es lo que precisamos hoy, necesitamos ojos de mosca de radio amplio para ver la realidad y saber c√≥mo protegernos de amenazas o peligros y construir realidad con mayor cuidado.

En situaci√≥n de pandemia, las exigencias y desaf√≠os a los que cada cual se ve enfrentada y enfrentado son altas. El sentido cooperativo puede ayudarnos a sobrellevar esta situaci√≥n tan cr√≠tica y mundialmente nueva y pasa por resolver el trabajo del cuidado de unos y unas a otros y otras. Si los hombres siguen pensando que las tareas dom√©sticas y de cuidado son propias de las mujeres, con la emergencia de la mirada feminista a la que muchas mujeres se acercaron aun sin reconocerse como feministas, o la presencia progresiva de una cultura de derechos que se instal√≥ en la sociedad, ponen a mujeres y ni√Īas en un posicionamiento de mayor beligerancia con los hombres. La cultura patriarcal ha sido puesta en un cuestionamiento radical a nivel mundial y esto puede ocasionar respuestas m√°s violentas por parte de los varones, como efecto de ser cuestionados en su poder. El estallido social gener√≥ una sensibilidad muy extendida a percibir los abusos de todo tipo, lo que empuja tambi√©n a una resistencia en el espacio domiciliario. Este fen√≥meno est√° sin duda cruzando todos los sectores sociales.

+Olga Grau es fil√≥sofa, feminista, profesora titular del Departamento de Filosof√≠a y el Centro de Estudios de G√©nero y Cultura en Am√©rica Latina, de la Facultad de Filosof√≠a de la Universidad de Chile. Es autora de Filosof√≠a e infancia; Tiempo y escritura. El Diario y los escritos autobiogr√°ficos de Luis Oyarz√ļn. Coautora de Discurso, g√©nero y poder; Simone de Beauvoir en sus desvelos; El g√©nero en apuros; Ver desde la Mujer; Volver a la memoria; entre otros.
Este texto es producto de una entrevista con Juan Rodríguez M., por lo cual la autora y Saposcat le agradecen.

+Imagen: Girl with hair, 2007, tonta sobre tela. Louise Bourgeois