Un tajo en la tubería o convivir con un ex en cuarentena. Eduardo Andrade

Guaymallén, tierra pantanosa. El apartamento es parte de un edificio antiguo de finales de los 70: pasillo amplio en la entrada, las plantas que devora su gata negra con rayitas cafés, una reja que divide la entrada de la puerta principal y que rechina y anuncia intrusos que se alcanzan a oír desde la galería, junto a una gran ventana con vista al patio y a la ropa puesta a secar al sol. Es un barrio céntrico del principal departamento de Mendoza, que se confunde tanto con el suyo, que dejó en Perú, aunque ese se llamase Esperanza y éste, camuflado en lengua huarpe y como sucederá después, parece ser una advertencia.

Quizás por eso la humedad y las paredes carcomidas. Pierina Carrera ha llamado en la tarde a un maestro para que las revise y ahora confirma la visita a través de una aplicación que descargó recién esta semana. Se animó a descargar Tinder también, aunque esa aún no la ha usado. Anota las características de la casa e intercambia números con el plomero. La pieza más afectada no es la suya, la suya está desordenada, solamente. Hay una mini pieza que la separa de donde está Juan Pablo, su ex pareja, y en donde ha metido de golpe las cosas compartidas que aún no se atreve a ordenar.

Juan Pablo está dormido a estas horas. La pared más afectada es justo la que da a la sala y en donde se hunde un tajo carcomido por los hongos, y que alcanza incluso a la tubería que va empapando el concreto como a una frágil servilleta a punto de desintegrarse.

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Llegaron allí por una actriz y amiga en común. Una actriz que es montajista, vestuarista y pintora de casas, todo al mismo tiempo. A Juan Pablo le pasa igual más o menos, labura en todo, y Pierina ha tenido que pasarse casi tres años cuidado abuelas para poder pagarse su primer apartamento. Cuando la Su -la amiga que tienen en común- la conoció, le puso las manos sobre sus rulos caídos y los aprisionó contra su cara con ternura, repitiendo que se parecía tanto a Pierina, una cocker rubia que se le había muerto hace muy poco y por quien decidió dejar su apartamento y conseguirse uno más chico. Una señal casi.

Por esos días, además, Juan Pablo fue rechazado de un programa de la universidad que le permitiría quedarse en donde estaba, y no tenía otra opción más que la mudanza.

Pierina lo conoció allí, justamente, en la Facultad de Arte Dramático de la Universidad de Cuyo. Juan Pablo Roca es un tipo alto y musculoso, de rutinas aprendidas e invariables que Pierina se sabe de memoria. Levantarse religiosamente a las seis, tomar un vaso de agua con limón y recorrer seis cuadras, volver y preparase un batido de manzanas verdes, cilantro y apio, cinco series de veinte abdominales y cuatro de sentadillas, y un café después. Terminó de hacer el servicio militar en su país, Bolivia, pero empeñado en darle la contra a su familia, coincidió con Pierina en una facultad donde la rigidez de su apellido no es precisamente la norma máxima, sino la antítesis.

De allí a la noche en la que bebieron demás y se besaron hay mucho y a la vez nada, y de allí, hasta el momento en el que ambos se quedaron sin casa, menos aún. Era verano entonces, el opresivo verano mendocino. Aunque quemaba el apartamento por esos días, ambos quemaban aún más.

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La cama que compraron al mudarse es tan grande como sus dudas. Pierina pregunta algo, pero no sabe si está preparada para escuchar la respuesta. “No”, le dice Juan Pablo. “No sé si todo es igual que antes”.

“Quizás te amo un poco menos, no lo sé”, intenta enmendarse. Ya es tarde. Pierina no duerme esa noche, y a partir de entonces empieza a escribir desesperadamente en todo lo que encuentra a su paso. Papeles sueltos, libretas viejas, notas del teléfono. Anota cosas como “estoy sola por dentro”, “estoy a punto de correr hacia él” o “debo dejar de llorar, él no me ama”.

“Actualización 25 de marzo”, escribe en una. Mendoza lleva poco menos de una semana de confinamiento y la debacle, su debacle, comenzó apenas dos días antes del decreto. “No he muerto”, escribe Pierina, “sin embargo, aún lloro. Vivo con él, el contrato durará hasta febrero del 2021. Quiero escribirle”.

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Se llamaba María la abuela a la que Pierina cuidó por tres años. Cuidar abuelos es una opción rentable para las personas extranjeras que buscan vivir en Mendoza, porque en la mayoría de esos trabajos, les ofrecen casa, comida, además de un sueldo del que ya no tendrán que recortar más esos gastos. Una vez que ahorro lo suficiente, Pierina decidió mudarse con Juan Pablo al apartamento de Guaymallén y buscarse otra cosa para poder sobrevivir. Pero no pasó mucho hasta que la familia de la abuela la volvió a contactar. Los problemas mentales de María estaban agravándose, tenía alucinaciones de gente confabulando en el patio de su casa y luego trepando por sus ventanas e intentando atacarle. María decía que solo la voz de Pierina podría detener a esas personas, tanto así que incluso cuando ya no trabajaba allí, la llamaba de vez en cuando para que su voz espantase las visiones a través del teléfono.

En 2019, poco después de haberse mudado con Juan Pablo, Pierina aceptó volver a trabajar con la señora María, pero esta vez de forma esporádica, eso mientras se reordenaba con la lista de materias que tenía pendientes en la facultad. La idea era solo ir y almorzar con la abuela, contarle historias, capítulos de Grey’s Anatomy que Pierina convertía en anécdotas personales o pequeñas anécdotas con Juan Pablo que convertía en exitosos guiones de Netflix. Un día, la abuela la tomó de la mano con desesperación y le dijo que no se vaya, que no la dejara sola. Para la familia de María, Pierina era como “un ángel”, y sí, lo era, pero no ella exactamente, sino el personaje parlanchín que había construido con el tiempo como si se tratase de una obra de teatro, un personaje al que le sobraba la paciencia, el orden y las palabras, pero que, al bajarse el telón, y al volver a casa con Juan Pablo, mucho más que la compañía, necesitaba de distancia para recomponerse y pulir casi obsesivamente la interpretación de su papel.

La noche en la que su relación formalmente terminó, fue justo la semana en la que María había sido trasladada al hospital, y todos, incluso Pierina, solo se preguntaban cuál era la razón que la ataba, que no la dejaba irse en paz. Lo que pasó con Juan Pablo puede parecerse de alguna forma a esta partida, porque el adiós es el adiós en esencia, solo que a algunas veces es una respuesta, y en otras, un formulario lleno de preguntas.

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Abandonar el apartamento no es opción para ninguno. Pierina lo pensó, al principio, pero ni siquiera fue algo relacionado con la cuarentena. Ni ella ni Juan Pablo tienen familia en Mendoza y cualquiera que haya estado afuera, sabrá que la sangre, aunque ficticia, es un ancla, y que sin ella solo queda el mar y la deriva.

Entonces, había que establecer límites, que a veces rompen, o una especie de protocolo de desapego progresivo que les permita continuar con sus vidas, ahora más que nunca soportándose todo el tiempo, o al menos hasta que uno de los dos se dé por vencido o el retorno a la vida les facilite el trabajo.

De partida, la división de piezas. Pierina se queda la grande, Juan Pablo se va a la que tiene el tajo en la pared. No habrá más comidas compartidas tampoco, excepto si se trata del mate o el café de media tarde. La repartición de los bienes que ambos adquirieron para amoblar la casa es un tema que aún postergan, y a cambio de eso, se turnan para usar la tele y hasta armaron una lista de películas para mirar juntos en cuarentena. Con distancia, eso sí, aunque Pierina no se resiste a estirar sus piernas largas y a colocarlas sobre las de Juan Pablo, que sigue atento mirando a la tele. No dice nada.

Ante esto, Pierina insiste. Si se acerca, le intenta besar; si se agacha, le palmea el culo, le ha llegado a perseguir por toda la casa sin saber que busca exactamente, o sí. El sexo podría ser perfectamente un favor en cuarentena, una suerte de justicia y parte de su lista de acuerdos de despedida.

Con solo 94 casos en total, y no más de una decena de muertos, Mendoza inició el retorno progresivo a lo que ahora será llamada “normalidad”, a fines del mayo. Durante esos días, hubo hasta congestión vehicular en las principales avenidas de la ciudad, y muchas familias y amigos se animaron a reencontrarse. Juan Pablo dentro de ellos.

Pierina hubiese querido no darse cuenta, pero esa noche, mientras se cepillaba los dientes, notó que su cepillo no estaba en el lavadero. Después, recibió un mensaje suyo en el celular, y decía algo como “hay mucho tráfico, parece que no regreso”.

En eso mismo piensa ahora, mientras se embriagan con cola y fernet en la sala y tiran las cartas del “UNO” al centro de la mesa. En por qué descargó Tinder en la primera semana y la eliminó en la segunda, y así. En por qué Juan Pablo llevó una mochila ese día, su cepillo de dientes y probablemente ropa y utilizó la excusa del tráfico para no volver. En por qué el plomero jamás llegó en la fecha acordada y en si habrá algún otro juego extraño que siempre tenga que reactualizar sus reglar para evitar las trampas.

Pierina arroja con furia otra carta, pero necesita un comodín justo ahora, una excusa.

Contrario a eso y con el alcohol encima, solo tiene dos certezas esta noche, con su gata regada sobre el mueble, Juan Pablo en silencio, y el hielo que dura más porque el invierno se aproxima: que hay un tajo enorme en el rincón y que se ve de lejos, y que en el UNO siempre es más divertido jugar de tres, de cuatro o más personas. Así se amplían las posibilidades y perder ya no es tan evidente. Habría opciones medias también, y ganar, por supuesto, que está ahí siempre, ahora incluso, aunque para eso ya no le queden más opciones.

+ Eduardo Andrade (Trujillo, 1993). Es periodista y vive en Santiago desde el 2014. Ha colaborado en diversas revistas. En 2018 publicó el libro de relatos Sudamerican Dream (Ventana Abierta Editores).o chileno