Guillermo Machuca (4 mayo 1961 ‚Äď 8 junio 2020). Patrick Hamilton

Conoc√≠ a Guillermo Machuca en la oficina de Fernando Undurraga en enero de 1994, cuando fui a entrevistarme como parte de las gestiones para entrar a la carrera de Bellas Artes de la Universidad ARCIS.¬† Machuca y Undurraga andaban vestidos iguales, pantalones grises Levi‚Äôs y polera con cuello azul oscuro, con un animal en el pecho cuya especie no recuerdo. De gafas redondas, Machuca ten√≠a 33 a√Īos y era profesor de Historia del Arte. Le√≠a incansablemente a Nietzsche y a Barthes ‚Äďsus autores favoritos‚Äď y por aquella √©poca ten√≠a una estrecha colaboraci√≥n con Arturo Duclos, artista de quien fui ayudante de taller un a√Īo m√°s tarde gracias a la gesti√≥n de Machuca.

Machuca y yo nos ca√≠mos bien desde el inicio. Mis conocimientos en historia del arte eran m√≠nimos a los 19 a√Īos, pero yo le aportaba a Machuca juventud y bandas de m√ļsica. El placer culpable de Machuca era The Smiths, banda que sigue siendo mi favorita en la vida. En medio de esta incipiente amistad, en el a√Īo 1995 Machuca me ofreci√≥ para taller una buhardilla que ten√≠a desocupada en su casa de la calle Elena Blanco. Cerca de Bilbao, esta peque√Īa calle conten√≠a un conjunto de casas viejas de ladrillo donde viv√≠a un grupo variopinto de artistas, hipsters y abajistas (una de sus palabras favoritas), quienes ten√≠an como lugar de encuentro un restaurante de mala muerte llamado Rapa Nui. En esa casa conoc√≠ a Stanley Kubrik; vimos Barry Lyndon, pel√≠cula favorita de Guillermo, unas ocho veces, pero tambi√©n me present√≥ a Scorsese y Cabo de Miedo, Toro Salvaje y otras tantas que eran parte del repertorio de nuestro amigo.¬† En esa √©poca, Machuca era de vino y cerveza; el submundo del vodka, hielo, t√≥nica, por separado, llegar√≠a a√Īos mas tarde.

En el a√Īo 1996 naci√≥ mi hija Carolina. Machuca fue la primera persona en conocerla, nervioso, cari√Īoso a su manera y completamente tieso, me dijo que era igual a m√≠. As√≠ era nuestra vida; yo era su estudiante por la ma√Īana y compart√≠amos piso por las tardes, ten√≠amos una relaci√≥n de maestro a alumno que me marc√≥ profundamente.

A Machuca le gustaba pelar, dec√≠a que era un acto de inteligencia y refinamiento intelectual cuando se hacia bien, con altura, con argumentos, con psicoan√°lisis. En esa √©poca era Mellado y la Universidad Cat√≥lica, la Avanzada, tambi√©n sus amigos de universidad, Hugo C√°rdenas, Natalia Babarovic, Roberto Merino y Carlos Bogni, a qui√©n dec√≠a Duclos le hab√≠a copiado las vi√Īetas. En esa casa de Elena Blanco, Machuca ten√≠a un cuadro de Pablo Langlois del que colgaban unos l√°pices y un retrato pop en tonos turquesa que le hab√≠a hecho Hugo C√°rdenas. Hab√≠a libros por todos lados, sin ning√ļn orden pues nada estaba m√°s lejos de Machuca que la vanidad de la biblioteca. Dec√≠a que los libros eran para leerlos, no para decorar. Tambi√©n hab√≠a un mont√≥n de recortes de prensa y de cuadernos de notas repartidos por la casa, porque Machuca siempre escribi√≥ a mano, nunca quiso siquiera intentar aprender a usar maquina de escribir, ni mucho menos el computador.

En 1997 nos cambiamos a la Universidad de Chile, él como profesor consiguió la cátedra de Arte Contemporáneo y yo para terminar mi Licenciatura en Arte.

Las Encinas era como la segunda casa de Machuca. All√≠ se form√≥, all√≠ se pase√≥ como un post adolescente reci√©n llegado de Punta Arenas con su abrigo largo y negro que le vali√≥ el apodo de ‚Äúel Nietzsche‚ÄĚ. En ese lugar carreteaba con C√°rdenas, se sub√≠an al techo del casino, fumaban en los matorrales, observaban a trav√©s de ventanas entreabiertas a sus amantes casuales del taller de grabado. All√≠ fue alumno de Adolfo Couve, quien le caus√≥ gran impacto, y de Pablo Oyarz√ļn, de quien fue un orgulloso ayudante.

En esa √©poca, Machuca fue el primer profesor en armar un curso de Arte Chileno Contempor√°neo, del cual tuve el privilegio de ser alumno. Eran cuatro libros los que usaba: M√°rgenes e Instituciones, Del Espacio de ac√°, Cuerpo Correccional y Chile Arte Actual. A la Nelly Richard le ten√≠a un respeto profundo y una admiraci√≥n no confesa. Aunque tambi√©n se decantaba por la escritura ‚Äúdecimon√≥nica‚ÄĚ de su gran amigo Roberto Merino. Vivi√≥ entre esos dos registros contrapuestos de escritura y fue ah√≠ donde, con mucho esfuerzo, forj√≥ una ‚Äútercera v√≠a‚ÄĚ; esa escritura de Machuca de los √ļltimos diez a√Īos, con la que empez√≥ a escribir en el The Clinic y que cultiv√≥ hasta sus libros m√°s recientes, mezcla de alta y baja cultura, citas concienzudas y chistes de bar, fil√≥sofos y poetas as√≠ como jugadores o entrenadores de f√ļtbol.

Un a√Īo antes, por intermedio de Brugnoli, Machuca hab√≠a sido invitado a ser el curador del envi√≥ chileno a la Bienal Vento Sul de Cascabel, en Brasil y no se le ocurri√≥ nada mejor que invitarme a m√≠ y a un artista que viv√≠a en la casa contigua, llamado Ian Szydlowski. Fue en esta sure√Īa ciudad brasile√Īa donde en una fiesta, mientras Ian y yo beb√≠amos y bail√°bamos, Machuca conoci√≥ a Hyde, una rubia brasile√Īa-alemana despampanante, que muy pronto se convirti√≥ en su mujer y en la madre de Gabriel, su √ļnico hijo. Se casaron en Brasil, se vinieron a Chile y se fueron a vivir a un d√ļplex de la calle Bilbao con Antonio Varas (su barrio favorito), en el que compartimos m√°s de alg√ļn salm√≥n al horno con Rodrigo Z√ļ√Īiga y otros amigos. Pero esa aventura dur√≥ poco menos de un a√Īo; Machuca no estaba hecho para las convenciones ni los roles establecidos y ser marido y padre de familia lo superaba, no pod√≠a cargar con esa responsabilidad. La imagen del danzar√≠n nietzscheano le era muy apreciada.

Desde que se separ√≥ y hasta diciembre del a√Īo 2001, cuando me cas√©, compartimos casa en un emblem√°tico edificio del arquitecto Le√≥n Prieto Casanova frente al Parque Forestal.¬† Esos fueron nuestros “a√Īos locos”: yo reci√©n licenciado y Machuca con la crisis de los 40 y reci√©n separado. Ese departamento y ese momento del barrio Lastarria fueron memorables; era la √©poca de la gentrificaci√≥n, los bares, la m√ļsica tecno, los after y largos etc√©teras…¬† Fue el momento en que Machuca adopt√≥ la polera a rayas tan caracter√≠stica e √≠bamos al restaurante El Toro, donde conversaba con todos y luego buscaba cualquier pretexto para pelearse, levantarse de la mesa indignado y no pagar la cuenta.

Aunque Machuca nunca lo confesaba, le gustaba mucho bailar y ten√≠a un ritmo rob√≥tico al estilo break dance o grupo Devo, con el que se mov√≠a lanzando esa sonrisa, entre nerviosa y traviesa, tan t√≠pica suya. Como dec√≠a, al final de esa √©poca me cas√©. “A Daniella te la present√© yo huev√≥n”, me dec√≠a y, all√≠ estuvo de testigo de matrimonio, con chaqueta gris, frente al oficial del Registro Civil y en el sal√≥n del mismo departamento de solteros que compartimos.

Machuca siempre fue mi familia. Cuando naci√≥ Tom√°s, Machuca estuvo all√≠ con un peluche de regalo. Cuando se acercaba la Navidad y el A√Īo Nuevo, fechas que no le eran especialmente agradables ‚Äďcomo a muchos‚Äď, all√≠ estaba siempre Machuca con nosotros. En varias ocasiones junto a otro entra√Īable, Sergio Parra, haciendo la Navidad de los amigos, pasando esas horas antes de los regalos con una mechada de mi suegra y unos tragos largos.

Luego fue la Bienal de Sao Paulo, en el 2004, un hito para ambos, y dos a√Īos despu√©s, en 2006, la fundaci√≥n de la Escuela de Arte de la Universidad Diego Portales. All√≠ estuvimos desde el inicio, eligiendo profesores, armando programas de estudio, mallas curriculares, invitando artistas. El m√°s emblem√°tico fue Santiago Sierra, con quien Machuca hizo muy buenas migas y yo me qued√© con unas cuantas historias que contar de esos encuentros. En fin, Machuca ten√≠a esa generosidad que los ‚Äúprofesionales de la cultura‚ÄĚ no entienden ni van a entender. Machuca ten√≠a tiempo, te dedicaba tiempo y perd√≠a el tiempo; no le interesaba la reuni√≥n productiva, no encajaba con las planillas, con el mundo del rendimiento ni del objetivo a corto o mediano plazo. ¬ŅQu√© vas a hacer ahora? me preguntaba, y si yo dec√≠a “tengo que ir al centro, al banco, a hacer tr√°mites”, su respuesta era siempre la misma:¬† “Ah, yo tambi√©n voy para el centro, te acompa√Īo”. Y as√≠ era siempre; toda la tarde caminando, toda la tarde hablando, toda la tarde.

Machuca es de esos √ļltimos intelectuales con humor negro, sarc√°stico y mal entendido; querido, odiado y respetado. Un intelectual autodestructivo, que se invent√≥ a s√≠ mismo pero que nunca dej√≥ de ser un chico t√≠mido de Punta Arenas, que hizo de su vocaci√≥n de hablante una escuela, de la que hay decenas de exalumnos, ayudantes y admiradores nuevos que en los √ļltimos a√Īos lo segu√≠an y que lo acompa√Īaron en sus √ļltimas tardes vagando por Santiago.

El a√Īo 2014 nos vinimos a Madrid, segu√≠ en contacto permanente con Guillermo, era el primero en ver cada vez que llegaba a Santiago, y el √ļltimo en despedir. Se que mucha gente te disfrut√≥ igual que yo, y tu mejor legado ser√° la amistad y el desinter√©s. La ‚Äúnueva normalidad‚ÄĚ no ir√≠a contigo.

Gracias por todo Machuca, no te olvidaremos.

 

+Imagen: Guillermo Machuca en Valparaíso, septiembre de 2019. Adolfo Martínez