+Este es un relato sobre el comienzo de vivir confinado por el virus COVID-19 en Italia, precisamente en Bolonia, del colectivo Wu Ming. Sus líneas históricas, políticas y sociales no son conspirativas sino luminosas. ¿Es posible protegerse del Coronavirus según la comunidad y no la autoridad? Parece que sí.

Las mascarillas eran solo pantomima, no prevención. La mayor parte de la gente lo había entendido así, o quizás prevalecía el miedo al ridículo. Al fin y al cabo, Bolonia no dejaba de ser una ciudad que amaba estar siempre de punta en blanco. El hecho es que las mascarillas se veían prácticamente solo en los periódicos o en las webs de los periódicos. Durante los primeros días se trataba siempre de personal sanitario, gente que trabajaba en hospitales. Más tarde llegó la avalancha de fotos con un teórico “valor de shock” (¡ooooh!): gente con mascarillas delante del Duomo de Milán u otros sitios famosos.

En Bolonia, la edición local del diario La Repubblica incluía todos los días fotos de gente que caminaba por las calles del centro con la mascarilla puesta. En realidad, se trataba siempre de un pardillo aislado, rodeado de otros y otras que no la llevaban puesta y que quizás lo compadecían.

Y, no obstante, Chiara, que trabajaba en una farmacia, nos hablaba de todas esas personas que entraban y le pedían mascarillas, tras haber pasado por delante de al menos cinco carteles que avisaban que se habían agotado. Un conocido presumía de haber comprado online un paquete de diez mascarillas, para toda la familia, ya a principios de febrero. Comprar la mascarilla era una forma de sentirse eficientes, preparados para la batalla. Homologados y, por tanto, más seguros. Se deseaba un objeto solo porque lo deseaban los demás. Un mix de consumismo y paranoia. Very emiliano [gentilicio de Emilia, una de las dos áreas que componen la región de Emilia-Romaña, N. del T.].

La mascarilla era el equivalente individual de las “medidas de prevención” impuestas a la ciudadanía. No era necesario ponérsela. Lo importante era el gesto. Como algunos heroinómanos, que mantienen la adicción a pincharse aún sin inyectarse la cosa. Cuando volvías a casa, te olvidabas, metías la mascarilla en un armario y si te he visto no me acuerdo. Pura función apotropaica. Un talismán. Mientras tanto, precisamente en la cola de la farmacia, podías contagiarte del virus. La acción preventiva que acaba produciendo justo lo que pretendía evitar.

El 23 de febrero por la noche recorrimos dos barrios —Navile y Porto— en busca de mascarillas. Pocas horas antes había llegado la ordenanza del gobernador de la región, Stefano Bonaccini [miembro del Partido Democrático, recientemente reelegido, N. del T.], tan tajante como ambigua en su formulación, en parte debido a un inquietante “etcétera”:

“Suspensión de iniciativas de cualquier tipo, de eventos y de cualquier forma de agrupación en lugares públicos o privados, incluidos aquellos de naturaleza cultural, lúdica, deportiva, etc., que se desarrollen tanto en espacios cerrados como abiertos al público […]”.

No habían escrito “política y sindical“, pero en el etcétera muchos habíamos leído exactamente eso. “El 29 hay una manifestación por Orso en [el barrio de] Cirenaica”, se decía en las listas de correo. “¿Qué harán? ¿Mandarán a los antidisturbios para cargarnos por ser untori, contagiadores con alevosía?”.

La ordenanza proseguía:“cierre de los servicios educativos para la infancia y de colegios y escuelas de cualquier tipo y nivel, además de las actividades educativas y de formación superior, cursos profesionales, másters, cursos para las profesiones sanitarias y universidades para la tercera edad, exceptuando a los médicos en formación y estudiantes en prácticas de las profesiones sanitarias, y manteniendo las actividades formativas que se desarrollen a distancia […] Suspensión de los servicios de apertura al público de museos y de otras instituciones y lugares de la cultura”.

Los museos… pero no las bibliotecas. Nosotros mismos, en los días siguientes, seguimos trabajando en la sala de lectura de una biblioteca de barrio, llena hasta los topes.

La ordenanza estaba llena de sinsentidos y agujeros, tanto que al día siguiente una circular aplicativa intentaría poner parches, con el único resultado de generar una situación aún más contradictoria y surreal.

Hablábamos de los barrios que habíamos recorrido. La Bolognina estaba llena de gente. En Piazza dell’Unità se jugaba al baloncesto y se charlaba en corrillos, como siempre. Justo al lado, un supermercado estaba abierto y lleno de gente, como siempre. Nadie llenaba el carro de forma obsesiva, nadie llevaba mascarilla. Había estantes medio vacíos, pero el domingo por la noche siempre es así. Solo el restaurante chino, la noche anterior, tenía un aspecto distinto. En un sábado normal, era imposible encontrar una mesa libre sin haber reservado antes. Ese día, en todo el local, había solo un par de mesas ocupadas por clientes.

Para compensar, había chinos por todas partes, como era normal en el barrio de Bolognina, y no había nadie que los evitara o les gritase. La emergencia sanitaria no volvía racista o xenófobo a quien no lo era. Como mucho, hacía que emergiera un racismo latente, que usaba el virus como pretexto para desfogarse.

Un atardecer de una belleza desconcertante teñía el cielo de escarlata y carmín, y ponía en contraste la estación de trenes, volviéndola totalmente negra, vista desde el puente Matteotti, y transfigurando todo el paisaje a su alrededor. El día después, veríamos de nuevo esos colores en la versión online de La Repubblica, como fondo de puestos de control y gente con mascarilla, como en la postal de una película apocalíptica de serie B.

Al norte del puente, la Bolognina; al sur, Via Indipendenza subía hasta el Neptuno. Entramos en la estación y comprobamos que estaba llenísima de gente. Tampoco allí se veían mascarillas. Nos encontramos con De Bellis, un viejo conocido, e intercambiamos rápidamente opiniones sobre la psicosis del coronavirus… Pero sin rastro de éste a nuestro alrededor.

Normalidad también dentro del supermercado de la estación, sin acaparamientos, había quien compraba solo tres cervezas, una bolsa de patatas… Fuera de la estación, los bares de siempre, las pizzerías, las heladerías… Todo como de costumbre.

Via Indipendenza, Via dei Mille, Piazza dei Martiri, Via Marconi… Allá en lo alto, la silueta oscura de Via Aldini. Multitud de cuerpos paseando. Niñas y niños que volvían disfrazados de fiestas de carnaval, con sus padres.

Progenitores tranquilos y sonrientes. Y, no obstante, según nos contaban, en los chats de padres y madres —el auténtico infierno del dark web contemporáneo— se había desencadenado la locura, en ellos se expresaba un auténtico deseo de fascismo profiláctico, y el terror por lo que podría sucederles a los niños.

Los centros comerciales y los supermercados funcionaban as usual. Aquella tarde, un amigo había ido al Ikea y hablaba de la sempiterna masa de cuerpos que avanzaban siguiendo las flechas, entre pequeñas habitaciones de niños virtuales y comedores habitados por espectros de familias. Bruno se había pasado por el hipermercado de Lame, en las afueras de la ciudad: lleno hasta los topes. En los gimnasios —con vitrinas que daban a la calle— la gente se entrenaba como de costumbre: sudaban, respiraban el aliento de los demás, se desnudaban y se duchaban en espacios comunes.

Que quede claro, no estamos diciendo que tenían que cerrar también los gimnasios. Al contrario, intentamos hacer ver que el objetivo de la ordenanza no era la prevención. Teniendo en cuenta situaciones como la de los gimnasios, ¿qué prevención pretendían hacer?Los cierres que se habían anunciado a bombo y platillo eran sanitariamente inútiles, como había sido inútil bloquear los vuelos, crear puestos de control en las calles, poner a policías y a militares vestidos de camuflaje a marchar de un lado para otro.

Italia era el único país europeo que había bloqueado los vuelos desde China. Nada más que teatro, además de un caramelito para contentar a los idiotas y conspiranoicos que gritaban: “¡Cerrad las fronteras!”. Una medida facilísima de entender, pero de ninguna utilidad, más aún, contraproducente. En todas las epidemias se han hecho las mismas cosas, con el piloto automático, a pesar de todos los estudios que demuestran su inutilidad, e incluso su potencial dañino.

En 2003, en plena epidemia de SRAG [Síndrome Respiratorio Agudo Grave], Canadá había malgastado más de 7 millones de dólares en controlar a los pasajeros que llegaban al país…sin encontrar ni una sola persona contagiada. Según concluía un estudio publicado en la revista Emerging Infectious Diseases, habría sido más útil invertir todo ese dinero directamente en la sanidad pública.

Seis años después, en plena alarma por la gripe “porcina”, Australia hizo lo mismo: militarizó ocho aeropuertos y controló a casi dos millones de pasajeros que llegaban por primera vez o que volvían al país. Todo para identificar a 154 personas que quizás tenían alguna forma leve de gripe. También en aquel caso, según quienes analizaron a posteriori la historia, se habían derrochado preciados recursos, quitándoselos a la sanidad pública.

La misma inutilidad se había ostentado con la gripe aviar, el ébola y, con el propio COVID-19 en China en los dos últimos meses. También en Italia asistíamos a un gigantesco derroche de dinero público, gastado en militarización, puestos de control y patrullas, en lugar de usarlos para potenciar la sanidad pública —debilitada tras treinta años de “empresarización”, recortes y externalizaciones— y prepararla ante una agudización de la crisis.

La eficacia sanitaria de los “lockdowns” territoriales, es decir, de la cuarentena de masas, también había sido puesta en cuestión por parte de varios estudios. Por mucho que fuese contraintuitivo, algunas investigaciones parecían demostrar que los “lockdowns” de las zonas de alto riesgo aumentaban el número de contagios y la extensión de la epidemia.

No, la prevención —por lo menos en sentido estricto— tenía poco que ver, como sucedía con las mascarillas. “Cerrarlo todo” tenía una finalidad a corto plazo distinta de la que se había proclamado a los cuatro vientos, y tenía además una función sistémica, objetiva, a largo plazo, de la que Bonaccini y su gobierno –así como sus homólogos en otras regiones– eran tan solo ejecutores semiconscientes.

La finalidad a corto plazo era hacer teatro: exhibir “preparación“ y ”nervio“ ante las cámaras, mostrar que ”se estaba actuando“, importaba poco si chapuceramente y sin organización, lo importante era actuar, ¡enseguida! ”Enseguida“ era la palabra mágica ”¡Lo ha hecho bien Bonaccini porque se ha movido enseguida!“. El otro concepto viral era: “Mejor demasiado que demasiado poco”. Comentarios con muchos me gusta.

La representación más plástica de esa actitud la dio el gobernador de la región de Las Marcas que, hablando en una rueda de prensa, había anunciado en un primer momento el cierre de todos los colegios e institutos, para echarse atrás pocos minutos más tarde, tras haber recibido en directo una llamada del Gobierno estatal. Las decisiones drásticas servían simplemente para cubrirse el culo y correr un velo sobre la torpeza habitual.

Por otro lado, la función sistémica tenía que ver con la biopolítica, con el gobierno de los cuerpos y el control de la población. Como toda “emergencia” inflada artificialmente, también ésta era útil para establecer un precedente.

“Cerrarlo todo” —o más bien, fingir que se cerraba todo— no servía para nada, pero en cuanto la situación mejorase, los políticos les darían el mérito a las medidas tomadas. El ajetreo rutinario empezaría de nuevo, pero con más control, más vigilancia, y con la idea compartida de que de un día para otro se podía bloquear la cultura, prohibir cualquier reunión, asociación, “concentración” de personas no finalizada al mero consumo, con el consenso de una opinión pública atemorizada (“¡Algo habrá que hacer!”). O, más precisamente, con el consenso de los medios de comunicación y una minoría ruidosa de paranoicos, que creaban el efecto de una opinión pública atemorizada.

En su obra maestra Vigilar y castigar (1975), Michel Foucault describía un “lockdown” del siglo XVII:”He aquí […] las medidas que había que adoptar cuando se declaraba la peste en una ciudad. En primer lugar, una estricta división espacial: cierre, naturalmente, de la ciudad y del terruño, prohibición de salir de la zona bajo pena de la vida, sacrificio de todos los animales errantes; división de la ciudad en secciones distintas en las que se establece el poder de un intendente. Cada calle queda bajo la autoridad de un síndico, que la vigila; si la abandonara, sería castigado con la muerte. El día designado, se ordena a cada cual que se encierre en su casa, con la prohibición de salir de ella so pena de la vida.

El síndico cierra en persona, por fuera, la puerta de cada casa, y se lleva la llave, que entrega al intendente de sección; éste la conserva hasta el término de la cuarentena. Cada familia habrá hecho sus provisiones; pero por lo que respecta al vino y al pan, se habrá dispuesto entre la calle y el interior de las casas unos pequeños canales de madera, por los cuales se hace llegar a cada cual su ración, sin que haya comunicación entre los proveedores y los habitantes; en cuanto a la carne, el pescado y las hierbas, se utilizan poleas y cestas. Cuando es absolutamente necesario salir de las casas, se hace por turnos, y evitando todo encuentro. No circulan por las calles más que los intendentes, los síndicos, los soldados de la guardia, y también entre las casas infectadas, de un cadáver a otro, los “cuervos”, a los que es indiferente abandonar a la muerte. Son estos “gentes de poca monta, que trasportan a los enfermos, entierran a los muertos, limpian y realizan diversos oficios viles y abyectos”. Espacio recortado, inmóvil, petrificado. Cada cual está pegado a su puesto. Y si se mueve, se juega la vida, contagio o castigo”.

El hecho de no preocuparse de la suerte de los “cuervos” —enfermeros, camilleros, auxiliares sanitarios— unía aquel reglamento de los tiempos de la peste a los días del COVID-19 en Italia. Pocos parecían preocuparse por el enorme trabajo realizado en hospitales y laboratorios, por los turnos dobles y triples, por el desgaste psicofísico de trabajadores y trabajadoras en un sector en sufrimiento desde hacía tiempo.

¿Por qué Foucault había escrito de una cuarentena del siglo XVII? Porque la lógica de entonces sobrevivió a la peste, la cuarentena se mantuvo como una posibilidad, como una opción siempre practicable en la relación entre poderes públicos y cuerpo social. Aquella normativización del espacio urbano, las vidas y los cuerpos había abierto el camino a la consolidación de las sociedades disciplinares de los siglos XIX y XX.

Y, no obstante, en ninguna parte del mundo, ni siquiera en Wuhan, había casos mortales de menores. Más aún, parecía que los niños y niñas fuesen casi inmunes al nuevo virus.

Quizás quien volcaba en los chats esa ansiedad y esa furia, luego, por la calle, se comportaba como una persona racional. También ése era un gesto apotropaico, supersticioso. De igual valor y sentido contrario al de quienes sostenían que el virus era solo una broma pesada y hacían continuamente juegos de palabras, difundían memes sin freno, producían gilipolleces sin parar. El cinismo y la paranoia van de la mano, se nutren de la misma desconfianza, del mismo rechazo por cualquier llave de lectura del mundo. Sin llaves, no puedes entrar en ningún sitio. Y si te entran ganas de cagar, lo único que puedes hacer es cagarte encima.

En cualquier caso, si uno no hubiera tenido un smartphone, caminando por la calle no se habría enterado de nada. ¿Qué teníamos que concluir? Quizás que, por lo menos en Bolonia, la paranoia estaba en gran parte confinada a la esfera mediática y a las redes sociales.

La información mainstream había sido la primera fuente de paranoia y ansiedad. En segundo lugar —pero siguiéndola muy de cerca— ese mood había poseído a la clase política, a los administradores locales y a una minoría de las personas comunes. Sí, por lo menos en Bolonia, parecía una minoría: personas generalmente de una cierta edad y solas, que creían todo aquello que veían en la televisión o en Facebook, y que se lanzaban a las farmacias para hacer acaparamiento de gel desinfectante.

Se estaba produciendo una enorme paradoja: la región de Emilia-Romaña había dispuesto el cierre de (casi) todos los lugares de cultura y sociabilidad, aquellos donde se habría podido elaborar colectivamente la emergencia — colegios, museos, teatros, cines— y prohibía cualquier tipo de evento con un “etc”, mientras la gente seguía amasándose en las estaciones de trenes y en los espacios de consumo [situación equivalente a la del Friuli-Venecia Julia, otra de las regiones “periféricas” de la epidemia, N. del T.].

“A la peste responde el orden; tiene por función desenredar todas las confusiones: la de la enfermedad que se trasmite cuando los cuerpos se mezclan; la del mal que se multiplica cuando el miedo y la muerte eliminan a los perplejos. Prescribe a cada cual su lugar, a cada cual su cuerpo, a cada cual su enfermedad y su muerte, a cada cual su bien, por el efecto de un poder omnipresente y omnisciente que se subdivide él mismo de manera regular e ininterrumpida hasta la determinación final del individuo, de lo que lo caracteriza, de lo que le pertenece, de lo que le ocurre. […] la penetración del reglamento hasta los más finos detalles de la existencia y mediado por una jerarquía completa que garantiza el funcionamiento capilar del poder; no las máscaras que se ponen y se quitan, sino la asignación a cada cual de su ”verdadero“ nombre, de su ”verdadero“ lugar, de su ”verdadero“ cuerpo y de la ”verdadera“ enfermedad. La peste como forma a la vez real e imaginaria del desorden tiene por correlato médico y político la disciplina”.

Los “lockdown” del 2019-2020, inútiles para el objetivo declarado, reforzarían no obstante la toma del “capitalismo de la vigilancia”, que realizaba una síntesis de sociedad disciplinaria y sociedad de control difuso.

En cualquier caso, en Italia no había peste. Los pocos muertos que el COVID-19 había producido tenían casi todos más de ochenta años y estaban ya debilitados por otras patologías. Probablemente el virus estaba presente en Italia desde hacía semanas, mucha gente lo había cogido ya y se había curado, y otros se estaban contagiando sin entrar en los radares. Si no estabas ya mal, el virus podía hacerte daño, pero lo superabas. En el fondo el cuadro clínico era muy parecido al de la gripe estacional que, cada año, solo en Italia, mata a unas 8000 personas, mientras que por ahora los muertos confirmados por COVID19 eran solo siete (7).

Los medios azuzaban a la gente a encontrar al misterioso “paciente cero”, pero quizás no lo encontraban porque se había curado ya, y sería siempre ignorante respecto al propio estatus de primer contagiado.

¿Y qué era la búsqueda del paciente cero si no una manifestación más de paranoia? Paranoico es quien, en lugar de preguntarse “¿qué?”, se pregunta “¿quién?”. Paranoico no es quien teme a un poder totalitario que lo controla todo, sino quien lo evoca porque en realidad lo codicia, porque siente que se pudre, a su alrededor, toda credibilidad y todo significado.

Mientras tanto se dejaba sin tutelas especiales a las personas ancianas, es decir, a los sujetos en mayor riesgo, que se encontraban a merced de una información apocalíptica, de continuos bombardeos con imágenes de supermercados vaciados y de preciosísimas botellas de gel antiséptico imposibles de encontrar, empujándolos así a precipitarse a un llenísimo centro comercial, donde era más probable el contagio.

Éramos el país europeo con más casos confirmados, pero quizás era solo debido a que hacíamos tests como si cayeran del cielo. En toda Francia, sin despeinarse, habían hecho solo 800, mientras que solo en la pequeña ciudad de Lodi y sus alrededores nosotros habíamos hecho ya más del doble y pedido otros 4.000. Está claro que así encuentras gente enferma. Pero los medios insistían machaconamente, una y otra vez, haciendo coberturas cada vez más histéricas, escribiendo titulares cada vez más alarmistas, y así parecía vivir la gran peste del 1348.

— ¿Qué tendríamos que hacer? – nos habíamos preguntado.

— ¡Escribamos el Decamerón! [conjunto de cien relatos escritos por Giovanni Boccaccio en el siglo XIV ambientados durante una epidemia de peste negra, N. del T.]– Tampoco exageremos. Escribamos un diario colectivo de estos días.

Los medios mainstream, dominantes, eran los auténticos untori.Frente al nuevo coronavirus, la ya normalmente pésima información italiana había tocado el fondo de un nuevo abismo. Sus típicos tics se habían unido en una enorme bola de nieve que alimentaba la psicosis.

Incluso las noticias aparentemente tranquilizadoras, responsables, “nada de pánico“, rellenaban el típico “sándwich”, insertadas entre afirmaciones y testimonios de signo contrario. Además, como sucedía siempre en estos casos, se azotaba al público con la letanía de los ”expertos“, únicos autorizados para iluminarnos sobre la solución del problema. ”¡No hagamos política, dejemos hablar a los técnicos!”.

Pero en cuanto los técnicos abrían la boca, quedaba claro que:a) algunos, que desde hace tiempo se habían transformado en opinionistas televisivos y en estrellas de las redes sociales, eran ya esclavos del propio personaje y de las expectativas del público;b) a fin de cuentas, las soluciones propuestas eran siempre políticas y sociales, porque enfrentarse a una epidemia con mil o con diez mil camas en los hospitales es totalmente distinto, e invertir en puestos de control en las calles y no en el aumento de camas en los hospitales no es una decisión “técnica”, de expertos, sino política, de administradores;c) los potenciales o presuntos “expertos“ eran miles y sus explicaciones a menudo se contradecían, generándose así solo una mayor confusión y una fuerte predisposición a la conspiranoia, porque ”si montan tanto escándalo, tiene que haber algo que no nos están contando”.

También las consecuencias de “cerrarlo todo” eran políticas y sociales.Pocos se preocupaban de los muchos que habrían perdido el sueldo y, en algunos casos, también el trabajo. Por otro lado, se alababa a algunos comerciantes chinos que habían decidido —de mala gana— cerrar sus negocios. ¡Qué bonito gesto! El paternalismo hacia esos “buenos chinos” recordaba mucho a aquello de los “buenos negros” que hacían voluntariado, trabajaban gratis, se merecían nuestras caricias.

Los sindicatos —todos: confederales y de base— habían señalado que las incongruencias de la ordenanza de Bonaccini ponían en riesgo a un gran número de trabajadores y trabajadoras, sobre todo precarios.

Y la decisión de cerrar los colegios por un virus que no afectaba a los niños y masacraba sobre todo a los ancianos —los cuales, normalmente, no frecuentaban las aulas— generaba una marea de problemas. Un amigo profesor nos había descrito sus dificultades: “No dar continuidad a las actividades didácticas en este momento del año escolar es un problema, os lo aseguro. Y ya para los chicos con discapacidad con los que trabajo… Ni os cuento. Estos días estoy intentando mantener con ellos una rutina a domicilio que de alguna forma simule el colegio. Por ejemplo, deberes que todos los días me mandan por email… Ya viven un tiempo desfasado y casi nunca sincronizado con el resto del mundo… Imaginaos en estas situaciones”. El 24 por la tarde había llegado la circular de aplicación. Parecía escrita por Ionesco.

El criterio —bastante aleatorio— para prohibir algunas actividades y otras no parecía ser la “excepcional concentración de personas”. Nada de manifestaciones, eventos culturales y deportivos, u otras ocasiones en las que se reunía un cierto público solo de vez en cuando… pero permanecían abiertos todos los mercados semanales. Y se mantenían las actividades de los centros deportivos y recreativos, centros de la tercera edad (a pesar de que muchos médicos aconsejaban a los ancianos que se quedasen en casa), continuaban abiertos los huertos urbanos (donde se concentran sobre todo ancianos), etc.

En la televisión y en los periódicos todos hablaban de enfermedad y hospitales, pero nadie aprovechaba la ocasión para hablar de cómo se había erosionado la sanidad pública italiana en treinta años de “reformas” neoliberales.

Los decretos legislativos del 1992-93 introdujeron criterios empresariales y de management en la gestión de hospitales y centros sanitarios territoriales. Así, los hospitales más destacados del país o altamente especializados fueron desenganchados de las unidades sanitarias locales y transformados en “empresas hospitalarias“; las mismas USLs [Unidades Sanitarias Locales] —sustraídas a todo control por parte de los ayuntamientos— se convirtieron en empresas, de propiedad pública, pero ”con autonomía emprendedora”. Esos mismos decretos iniciaron también la regionalización de la sanidad.

De facto, se trataba de contrarreformas, dirigidas a minar la universalidad, capilaridad y gratuidad del Sistema Nacional de Salud tal y como se había instituido en 1978. La contrarreforma Bindi de 1999 implementó algunos y aceleró todos los procesos de empresalización, fragmentación, externalización e intromisión de intereses privados en la sanidad nominalmente pública.

Las consecuencias habían sido devastadoras: en base a las nuevas lógicas presupuestarias, si un hospital no “producía” había que cerrarlo. En toda Italia se desmontaron cientos de ellos, casi siempre en zonas de provincia, igual que se cerraron miles de centros ambulatorios de especialidades. Se habían trasladado a decenas de kilómetros de distancia servicios esenciales, en algunos casos haciéndolos desaparecer del todo. Todas esas decisiones habían sido tomadas sin un orden coherente porque la historia era ya competencia de las distintas regiones. El servicio sanitario estatal era desde hacía tiempo poco más que una bonita idea.

La escasez de camas para la terapia intensiva era el leitmotiv de aquellos días del coronavirus, pero se presentaba esa escasez como un fenómeno “natural”, inevitable. En lugar de decir que había que invertir la tendencia, y reforzar los servicios sanitarios y el número de camas, se invitaba a la gente a encerrarse en casa, pero igual no, depende, puedes ir aquí pero aquí no…

Sobre todo, ningún “busto parlante” de la televisión, ninguna de las vedetes espectaculares que interpretaban el papel de “expertos” hablaba de las causas sistémicas de las recientes epidemias, de las repentinas difusiones de nuevos virus. Hacerlo habría significado realizar una crítica radical de la agresión capitalista al medio ambiente y viviente.

La gripe aviar, el SRAG, la gripe porcina y la enfermedad de las vacas locas emergieron de los círculos del infierno de la industria zootécnica planetaria o, lo que es lo mismo, de la ganadería intensiva, como resultado del tratamiento y, sobre todo, de la alimentación que se les había dado a los animales. El Ébola, el zika y el West Nile habían entrado en contacto con los seres humanos por culpa de la deforestación masiva y por la destrucción de los ecosistemas.

En lugar de aprovechar la ocasión para poner en discusión el sistema que causaba las epidemias, la crisis del COVID-19 se usaba como diversivo para no hablar del medio ambiente y del clima, precisamente mientras el invierno más seco y caluroso jamás registrado sembraba muerte. Lo había dicho alto y claro Fridays for Future Bolonia:

“La ciudad se moviliza con urgencia por la emergencia del Coronavirus, pánico descontrolado, se cierra la universidad y probablemente se anule cualquier tipo de evento esta semana. Y, no obstante, en Bolonia el límite diario de partículas en suspensión se superó más de 11 veces solo en enero y el límite diario de las partículas más peligrosas para la salud humana (PM 2,5; 25 µg/m³), más de 17 veces. Todos los años hay 30.000 nuevos casos de cáncer en Emilia-Romaña, alrededor de 87 al día. Se estima que se producen unas 35-40 muertes al día por cáncer en la región. ¿Y cómo se responde a todo eso? Aprobando proyectos para la ampliación de la circunvalación y de la autopista, incrementando el tráfico en la ciudad con una movilidad pública insuficiente, cara y centrocéntrica. La realidad que pasa de puntillas es que el aire que respiramos cada día en Bolonia nos mata, pero aun así se toma la decisión de invertir en muerte, haciendo como si nada pasara, manipulando las noticias. ¿Por qué se calla ante la crisis climática? ¡Porque hay demasiados intereses en juego!”.

Alguien señaló que los “lockdowns” en China habían producido una disminución de las emisiones de CO2, e incluso por aquí el aire tenía mejor olor. Pero era un efecto pasajero, que no afectaba a ninguna causa estructural.

Era necesario perforar la membrana de una información obsesionante, poner en el orden del día los problemas de fondo que habían sido eliminados. Hacía falta volver a vivir y comunicar las luchas, más allá de la visión de Burioni [arrogante virólogo italiano convertido en estrella mediática, N. del T.] que desburionava y de Giovanna Botteri [corresponsal de la RAI en China, N. del T] que jadeaba, cual actriz melodramática, tras una mascarilla. Mientras reflexionábamos sobre todo esto, el alcalde [de Bolonia], Virginio Merola declaraba:“Hay que aplicar la ordenanza y no perder el tiempo en discusiones”. Para muestra, un botón.

+Traducción publicada en El Salto Diario. Crónica original publicada en el blog de Wu Ming

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+Imagen: Bologna la Rossa, Flavio Favelli, Corraini Editore