Con la vista al frente. Alex Saldías

En el voto que ech√© a la urna el 2017, escrib√≠ ‚ÄúAC‚ÄĚ en una esquinita. Era un llamado que hab√≠a le√≠do en algunos grupos de izquierda en Facebook. La idea era que esas dos letritas, que significaban ‚ÄúAsamblea Constituyente‚ÄĚ, se manifestaran de alguna forma en el imaginario del Estado. Ahora pienso en lo terriblemente est√ļpidos que hab√≠amos sido todos los izquierdistas millenials que habit√°bamos en las redes sociales durante ese tiempo como para pensar en que esas dos letritas arriba del papel significar√≠an algo. No sali√≥ ni en las noticias. Sin embargo, creo que ese fue uno de los primeros s√≠ntomas de esta gran y hermosa fiebre. Porque la urgencia de una nueva constituci√≥n estaba en el coraz√≥n y en la boca de los chilenos y chilenas desde hace mucho tiempo. Casualmente nadie de mis amigos, ni de mis profesores o compa√Īeros, ten√≠a muy claro su contenido, pero no necesit√°bamos leer esa carta para cuestionarla: la hab√≠a escrito Jaime Guzm√°n, el creador de la UDI bajo la dictadura de Pinochet, el creador de las tumbas sin fondo y el pecado vitalicio. Para m√≠ con eso bastaba para echarla por el w√°ter, pero aqu√≠ en Chile no funcionan as√≠ las cosas. Vivimos en la tierra de los malos ganadores. Aqu√≠ nos restriegan en la cara nuestra derrota y despu√©s dicen que los que no queremos avanzar somos nosotros.

El jueves no quise prender la tele, ni mirar las redes sociales. Por salud mental, me tom√© unas vacaciones psicol√≥gicas que durara veinticuatro horas. El viernes fui al trabajo. Cuando llegu√©, revis√© Instagram y ah√≠ lo vi. Algo se hab√≠a ganado, dec√≠an, pero ¬Ņqu√©? Una nueva constituci√≥n. Era cierto, despu√©s de una telet√≥nica discusi√≥n entre congresistas, se hab√≠a llegado al acuerdo de que se comenzar√≠an todos los tr√°mites y artificios para encumbrar este nuevo volant√≠n de la esperanza. (Miren qu√© fresca y acaramelada imagen patri√≥tica). Al principio me puse contento. A pesar de todas las cr√≠ticas de las personas afines a mi discurso pol√≠tico que mantengo en las redes, quise mirar el vaso medio lleno. Hab√≠amos ganado algo despu√©s de todo. Aunque con el pasar de las horas, el vaso se me fue vaciando, gota a gota, por un par de ranuritas imperceptibles pero no por eso menos reales.

Primero, le cambiaron el nombre de ‚ÄúAsamblea‚ÄĚ a ‚ÄúConvenci√≥n‚ÄĚ, un t√©rmino que les acomoda m√°s a la clase pol√≠tica, porque quiz√° la palabra ‚ÄúAsamblea‚ÄĚ les sonar√° a universidad tomada o colegio en paro, qu√© atroz. Despu√©s supe que le hab√≠an mantenido el qu√≥rum, o sea que el gancho lo seguir√≠a tirando Jaime Guzm√°n con sus dedos esquel√©ticos desde la ultratumba. (¬ŅQu√© m√°s iba a pasar, Gabriel, si negocias guillotinas con el verdugo?) Por √ļltimo, y lo que m√°s me dio rabia, era que parec√≠a que alguien, o un grupo de √°lguienes, hab√≠a concertado este √ļltimo gran pacto social para ponerle fin, en nombre de todo el pueblo, a la revuelta chilena de octubre. Organizaron a un grupo de chupafusiles artist√≥cratas para que cubrieran a la Plaza Dignidad con un manto blanco, a la manera de una mortaja f√ļnebre. Escribieron la palabra PAZ arriba de nuestra cruz sin saber qu√© significaba. Personas A Zapato, dijeron unos. Polic√≠as Atacan Zurullos, gritaron otros. Pipiolos Aceptan Zumba, concluyeron los dem√°s.

En este momento me siento un tanto derrotado, pero a la vez victorioso. Este pesimismo militante que llevo hace un tiempo no me permite celebrar nada. Siento que avanzamos con la complacencia de Orfeo hacia la salida del reino de las tinieblas. El fr√°gil esp√≠ritu de Eur√≠dice camina detr√°s de nosotros con sus pies ligeros y fantasmales. Si miramos hacia atr√°s; si traicionamos la confianza de Pers√©fone, la madre de la primavera (que representa a los cambios y por lo tanto al pueblo) habremos traicionado al arm√≥nico devenir de la existencia. Nuestra Eur√≠dice habr√° desaparecido y “de esta vida al fin, habremos perdido toda esperanza”.

Hemos sido testigos de algo muy hermoso y terrible al mismo tiempo. El desprendimiento de un glaciar enorme. La muerte de un cisne. Una flor en la cuneta. Todas estas, im√°genes de muerte y vida coexistiendo dentro de un l√≠mite fin√≠simo. La Plaza Dignidad guarda al mismo tiempo gritos de dolor y c√°nticos revolucionarios. El suelo de la Alameda guarda la tibieza de nuestros pasos marchando firmes y la sangre brotada de las cuencas oculares de nuestros compa√Īeros. Nada muere en esta tierra. La muerte es una noci√≥n que mantienen los vivos. En s√≠, la vida no deja de fluir. Todo lo arrastra el peso del tiempo y las generaciones. La lucha no termina con un final melodram√°tico; con aplausos grabados y un tel√≥n blanco cubriendo a los actores, mientras los de siempre reciben las flores de la presentaci√≥n. No. As√≠ no es. Creo que es necesario confiar en que estamos ganando. Que sus performances baratas no nos digan lo que tenemos que pensar. No hablemos de normalidad todav√≠a, porque este pa√≠s no es normal desde hace mucho tiempo; porque estamos estratosf√©ricamente lejos de la normalidad desde que dejamos morir al primer enfermo por falta de plata; desde que permitimos el suicidio del primer anciano por pensiones de hambre; desde que algunos comenzaron a hacernos pensar en que era necesario echarle un pu√Īado de personas cada cierto tiempo al dios miserable del capitalismo norteamericano. Hace tiempo que no somos pa√≠s. Con suerte somos la fotograf√≠a de la fotograf√≠a de un paisaje. No miremos hacia atr√°s por falta de fe. Eur√≠dice todav√≠a nos acompa√Īa. La lucha se acaba cuando el pueblo as√≠ lo diga.

+Alex Saldías es profesor y escritor. Su novela Ecos fue publicada por La Pollera.