La señora Olga –la llamaremos Olga– tiene un puesto de madera en la plaza de armas de Los Choros. Desde su kiosco vende aceite de olivas cultivadas por ella misma y durante la tarde, cuando baja el calor, prende fuego para asar unas churrascas. Mallas de tomate, que también riega todos los días, acompañan un par de paquetes de galletas que están de relleno. Detrás del mostrador, un refrigerador celeste lucha contra la atmósfera del desierto para mantener jugos y coca colas, sirviendo también de pedestal a unos gorros de lana de vicuña.

Preguntarle por su cartel de “No a Dominga” la hace recordar el día en que el poblado festejó: caravanas, bocinazos, las señoras tirándose al agua con la ropa puesta y los celulares en los bolsillos a ese mar nortino, luminoso, pero helado por la corriente de Humboldt que a su vez lo insufla de vida. Vitoreaban el hecho de que Piñera –lo llamaremos Piñera uno– hubiera detenido la termoeléctrica de Barrancones que amenazaba la región. La alegría de esa memoria vuelve arrepentida: la señora Olga sabe de lo que ha sido capaz Piñera para mantener su orden público; la termoeléctrica, además, la evitó un tal señor Claro –que curiosamente posee, él y sus hijos menores de edad, derechos de tierra primeramente solo entregados a comuneros de Los Choros–; y el mismo Piñera, quien participaba económicamente de Barrancones, es parte también de la mina gigante que Luksic quiere poner a cambio de haber bajado el proyecto anterior.

La mina Dominga quiere instalarse con la promesa medioambiental de desalinizar su propia agua, la promesa económica de generar diez mil puestos de trabajo y la promesa de levantar la infraestructura necesaria para exportar el material de los cerros en la misma costa que serán excavados, construyendo un puerto que se lleve rápidamente lo vendido antes de que un ojo pueda interesarse en ponerle un impuesto, o los envidiosos quieran nacionalizar algo de todo eso.

Sería pensar mal de los interesados en esta mina y asumirlos unos flojos buenos para nada si creyéramos que descansarían mientras los tribunales medioambientales no aprueban su iniciativa. Desde el contragolpe a las instancias leguleyas con equipos de abogados que buscan ejecutar antes que cumplir la regulación, los movimientos y prédicas se volvieron incesantes. Se habla de las compras de derechos a comuneros agrícolas para tener presencia en la junta, se habla de los regalos, como motores nuevos a los boteros pescadores y turísticos de la zona. Toda posible resistencia, piensan los que así piensan, será refrenada con otra promesa: la de una prosperidad desconocida en estos terruños.

Cada tanto, cuenta la señora Olga, aparecen tipos en camionetas delante de su kiosco, le explican que si se hace la mina, en ese casino ella podrá vender muchísimo más aceite que la pequeña cantidad que embotella cada día. Le hablan a ella, quien es nadie y está satisfecha con eso, de los brillantes diez mil puestos de trabajo, de la mina a tajo abierto más grande que Chuquicamata que abrirá Los Choros al mundo, traerá más turistas ahora que pavimentaron todos los caminos, se necesitarán más y más tomates, tantas churrascas diarias. Para qué mencionarían que una señora sería incapaz de alimentar a toda esa gente y que claramente aquello derivará en una sistematización a cargo de algo como Sodexo, también responsable de alimentar las plataformas flotantes de las salmoneras, que parecen dormidas pero están haciendo lo mismo dentro del mar.

En sus discursos públicos, el alcalde de la comuna de La Higuera, Yerko Galleguillos –UDI por supuesto–, insiste en que la comuna es pobre y que llevan todos una vida difícil en el desierto. Clama cuánto necesitan el desarrollo y la prosperidad. Él sabe de eso, puesto que tiene problemas en contraloría por recibir “regalos” de parte de la misma minera que busca, a pesar de las instancias medioambientales, instalarse en su comuna. Quedan como único recurso las instancias medioambientales, que de todas maneras se han vuelto expertos en sortear mediante abogados, porque las instancias comunales o sociales también fueron pervertidas por la democracia mercante.

Cuando fue el eclipse solar, la comunidad agrícola de Los Choros, al menos quienes pertenecen al bajo porcentaje de choreros (sin contar con Juan Claro y otros compradores de derechos), se organizaron para visibilizar lo que estaba pasando. Esperaban una larga audiencia de turistas y llenaron la calle principal, pequeñísima, la plaza de armas, el frontis de la junta y la iglesia, con carteles que manifestaban el rechazo a la minera. Desde su base de operaciones, el alcalde se enteró y quiénes sino los mismos Carabineros de Chile fueron los enviados del poder económico disfrazado de poder político a limpiar las calles con sus uniformes verdes.

A la señora Olga no solo la indigna la insistencia de los equipos de abogados e ingenieros mineros que persisten, mientras ellos, que solo quieren vivir, no tienen la fuerza para dar dos o tres peleas. La ofenden los ejecutivos que se pasean por la región, convencidos de que los campesinos son tontos y por eso son pobres y por eso se pueden engañar. Ella sabe que si la mina se instala no venderá más aceite porque no tendrá ni agua para producirlo. Sabe que los diez mil puestos de trabajos no son para ellos, si no hay diez mil personas ni en 100 kilómetros a la redonda. Sabe, ante todo, que mienten y no la indigna que le mientan, sino que la crean estúpida, o tan interesada, como ellos, para hacerse la estúpida y actuar como si el dinero después se pudiera respirar.

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Bajando por la cuarta hacia la quinta región, en La Ligua, el desastre que tienen las industrias de paltas en los pueblos interiores, por ejemplo en Cabildo y Petorca, ya sale hacia las carreteras. Desde la Ruta 5, sin vergüenza alguna, las terrazas han ido rajando los cerros. Los árboles se montan unos sobre otros. Como dice Smith, un gran empresario agricultor de la zona, si la ley no asegura un mínimo de agua al pueblo para sobrevivir, el problema no es de él, es del gobierno. Él no dirá nunca que una dictadura sangrienta le otorgó el agua que usa para enriquecerse: sangre que sigue fluyendo a miles de litros por segundo mientras se secan las arterias de los valles y animales.

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No quiero pasarme tantos pueblos como para llegar a las salmoneras, porque es conocido que su desastre ambiental y humano es similar. Han convertido pueblos pequeños en alojamientos de buzos de otras latitudes, a pescadores artesanales en repartidores de comida envasada para las estaciones flotantes. También recuerdo que hace dos años acampé en Colico. Había algunos orgullosos de que un cerro gigante, lleno de vegetación, fuera de Tur Bus. Una sola empresa, dueña del cerro entero, día a día movía los hilos para que se pelara con el objetivo de levantar un gran parque de atracción turística: cabañas, senderos, canopy. ¿No es un proyecto inmobiliario y turístico de esa envergadura también una explotación? ¿No saca aquello, como la minería, la esencia a la tierra transformándola para siempre?

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La señora Olga de Los Choros, la señora Nancy de Hornopirén o la tía de Colico, cuyo nombre olvidé porque recuerdo el de Rubén, quien manejaba una moto de cuatro ruedas entregada por Tur Bus y paseaba por los caminos como dueño de todo el fundo en que se convertiría el lago; ellas existen, heredaron el fervor de sus anteriores, el brillo de haberse instalado en un lugar imposible; poseen el verdadero desarrollo y progreso que es hablar con lo que tienen alrededor, sin romper la escala de esa relación. Mientras, lejos de ahí, siempre es lejos, seres humanos que ni siquiera conocen el sabor de la tierra dan la instrucción de arrasar la historia del mundo con maquinaria gigantesca, para que sus hijos jueguen con plástico en áreas verdes bien regadas, donde no hiede su depredación.

 

+Simón Ergas es licenciado en Letras y Magíster en Edición. Editor en La Pollera Ediciones (Chile) y productor general de La Furia del Libro. Autor de las novelas De una rara belleza (2011), Tierra de aves acuáticas (2016) y del libro de cuentos cortos Delitos de poca envergadura (2017).

Foto: Simón Ergas

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