REC-PAUSE-PLAY. Silvia Veloso

No hace tanto tiempo el tiempo era de otra manera. Entonces, los adolescentes anal√≥gicos pod√≠amos salir contando en casa que √≠bamos a tal o cual lugar, con tales o cuales amigos. Y una vez cerrada la puerta, la libertad. Sin c√°maras controlando cada rinc√≥n de las calles, ni entrometidas aplicaciones de geolocalizaci√≥n personal registrando todos nuestros movimientos, la ciudad se abr√≠a en un an√≥nimo perfecto en el que el destino pod√≠a estar en cualquier parte y las compa√Ī√≠as ser muy diferentes a las informadas. Era posible no saber nada de los otros y que los dem√°s no tuvieran idea de lo que hac√≠amos. Hab√≠a secretos y mentiras f√°ciles de guardar. Los pasos no dejaban huellas encriptadas.

Practic√°bamos el talento in√ļtil de recordar muchos n√ļmeros de tel√©fono y para llegar a lugares desconocidos de la ciudad, antes de salir de casa estudi√°bamos planos de metro o el recorrido de l√≠neas de autob√ļs en las p√°ginas con mapas que anteced√≠an a las monumentales gu√≠as telef√≥nicas. Era m√°s f√°cil perderse, pero siempre se llegaba a destino. Muy rara vez la idea era juntarse en una casa, la calle daba opci√≥n a mil planes an√≥nimos, y era la calle, lo permitieran o no las circunstancias, donde quer√≠amos estar.

La m√ļsica sol√≠a escucharse en cassettes que pasaban de mano en mano para hacer copias. Los discos eran caros, resultaba imposible acceder a todo lo que escuch√°bamos y hab√≠a que pensar muy bien por cu√°les decidirse, casi todo se grababa con infinita paciencia directamente de la radio. Horas y horas de escucha y cambios de emisora porque resultaba impredecible saber cu√°ndo iban a sonar las canciones que te gustaban y una vez al aire, ten√≠as que estar atento para detener y continuar la grabaci√≥n evitando las cu√Īas con las que los locutores las pisaban a prop√≥sito.

Las cintas eran un desastre, con las canciones truncadas por cortes y saltos, bastardeadas por alguna palabra entrecortada del locutor que no consegu√≠amos eludir por m√°s diestros que estuvi√©ramos en el manejo de los botones rec-pause-play. La pirater√≠a nunca fue m√°s libre ni m√°s ingenua, y probablemente nunca se disfrut√≥ tanto. Quien ten√≠a un Walkman era Gardel. Hoy, quienes conocieron ese aparato, tienen canas, hijos en la universidad o hasta nietos en camino, ex mujeres o ex maridos, cuentas que pagar y la memoria rozando su cuota l√≠mite de almacenaje. Darle la vuelta a una cinta de cassette para escuchar el lado b ser√≠a una acci√≥n tan inveros√≠mil para un millennial crecido en la era digital como para cualquiera de nosotros pedirle hoy a una operadora que nos comunique con un n√ļmero de tel√©fono. ¬†

No hace tanto tiempo, cuando alguien estaba lejos a√ļn se escrib√≠an cartas. Exponerse con frecuencia al costo de las llamadas de larga distancia pod√≠a significar el sacrificio de parte de la herencia. Tomaba tiempo escribir y todav√≠a era necesario dejar pasar m√°s tiempo esperando la respuesta. Si llegaba. Porque en las cartas, las noticias o el amor siempre llegaban viejos, pero al recibirlas, el desasosiego de la espera incrementaba la emoci√≥n mientras la falta de respuesta manifestaba un desinter√©s tan hiriente, que lastimaba como un bofet√≥n de desprecio.

Las cartas y sus tiempos eran importantes, lo recordé ahora escuchando Private Hell, esa vieja canción de The Jam que de forma implacable relata la vida doméstica de una mujer madura de clase media. Entre sus muchas miserias, las cartas que el hijo no contesta también son parte del infierno privado en el que consume sus días aletargada por el Valium. Anticuada desventura, ya no hay paciencia para las cartas, ni madres que toleren la incertidumbre de la espera, ni letras de canciones de tres minutos que resistan al poder hipnótico de la mensajería instantánea.

S√≠, es verdad, de entonces tenemos pocas fotograf√≠as. Muchos momentos sin registro que la memoria no guarda con la fidelidad objetiva de una imagen. Las c√°maras viv√≠an en los armarios, eran para los viajes y para ocasiones especiales o festejos. Con carretes de pel√≠cula de 24 o 36 fotos hab√≠a que enfrentarse al dilema de elegir y descartar, decidir qu√© merec√≠a una fotograf√≠a y entregarse al incierto desenlace de los resultados que llegaban d√≠as, semanas o meses despu√©s, seg√ļn cu√°ndo se te ocurr√≠a llevar a revelar los carretes. La √ļltima etapa del proceso era recoger las fotos, mirarlas con detenimiento, disfrutar con las que estaban bien y renegar de los ojos rojos o cerrados, de las im√°genes fuera de foco o del infortunio de una pel√≠cula velada que se llevaba para siempre el testimonio f√≠sico de alg√ļn momento feliz y significaba dinero tirado a la basura.

S√≠, antes, el registro de la memoria personal era menos democr√°tico, mucho m√°s caro y m√°s dif√≠cil de retocar. No son tantas las fotograf√≠as, pero dicen que esas im√°genes reveladas aplicando qu√≠micos sobre un papel, durar√°n mucho m√°s tiempo que los millones de pixeles p√ļblicos que ahora almacenamos en la nube.

Puede ser que entonces el tiempo atendiera a otras jerarquías que no se doblegaban a la soberana voluntad individual con la que hoy pretendemos organizarlo. Los noticieros y las series tenían horario, las películas se veían en el cine o a lo más alquilando cintas en los videoclubs, y cuando llegaba el verano, todo el mundo desaparecía y no sabías nada de nadie hasta el regreso de las vacaciones.

El tiempo parec√≠a transcurrir m√°s lentamente o tal vez hoy, son nuestros sentidos enga√Īosos los que nos hacen percibir que se acelera, que el d√≠a pasa m√°s r√°pido y no hay horas suficientes para atender las mil y una rutinas en las que andamos enredados ni para procesar el flujo inacabable de informaci√≥n que nos desborda.

Hay quienes dicen que esa sensaci√≥n generalizada de aceleraci√≥n tiene que ver con la resonancia Schumann, un fen√≥meno natural que lleva el nombre del cient√≠fico alem√°n que lo predijo en 1952. Schumann anticip√≥ te√≥ricamente que ‚Äėel espacio comprendido entre la superficie de la Tierra y las capas bajas de la ionosfera act√ļa como caja de resonancia que al ser excitada por rel√°mpagos, produce una onda electromagn√©tica de muy baja frecuencia que se mantiene m√°s o menos constante en torno a 7,83 hercios‚Äô. Un fen√≥meno que incide en la infraestructura el√©ctrica, en la actividad atmosf√©rica y clim√°tica y que produce una vibraci√≥n que algunos rom√°nticos han decidido llamar con singular cursiler√≠a el ‚Äėlatido de la Tierra‚Äô.

Pero desde 1992 se han registrado abruptas oscilaciones y un marcado incremento en la frecuencia de la onda, aumento que los científicos atribuyen a variaciones en la radiación solar que impacta la atmósfera.

Resulta que las ondas emitidas por el cerebro humano en estado de vigilia, tienen una frecuencia similar a la de Schumann antes de que se produjera la aceleraci√≥n, hecho coincidente que para muchos significa la existencia de alg√ļn tipo de sincron√≠a m√≠stica del ser con el planeta.

Enseguida, la pseudociencia y los te√≥logos de la nueva espiritualidad conectaron el aumento de frecuencia de la onda con la percepci√≥n contempor√°nea de sentir que el tiempo pasa m√°s r√°pido. Su teor√≠a postula alegremente que el latido del planeta se acelera, y nosotros, tratando de sintonizar con ese nuevo ritmo, nos aceleramos con √©l. Proceso que exige un esfuerzo tit√°nico de nuestra biolog√≠a cuyas consecuencias van del stress a la depresi√≥n, de los comportamientos ansiosos y obsesivos a la ataraxia pero que tendr√° en compensaci√≥n ‚Äėel bello despertar de un hombre nuevo y de una nueva era dorada‚Äô. Es curioso ver c√≥mo el aparato de prodigios de la espiritualidad evolutiva y de la religi√≥n parecen beber de las mismas asombrosas fuentes. Tanto nos apa√Īa dios cuanto el electromagnetismo.

Dejemos al profesor Schumann en paz. No pretend√≠a aqu√≠ explicar fen√≥menos de la f√≠sica cuyos mecanismos y leyes desconozco ni exponer teor√≠as fantasiosas con las que tantos r√°pidamente empatizan si de alg√ļn modo calman y contienen la ansiedad que nos desboca. Mucho menos hacer una apolog√≠a nost√°lgica del pasado. Recordando cosas que ya no se hacen, part√≠ pensando que no hace tanto tiempo el tiempo era de otra manera. Pero el tiempo s√≥lo lo miden los relojes, para nosotros su ritmo es una apreciaci√≥n subjetiva que el propio paso del tiempo modifica. Un truco inocuo e indulgente para lidiar mejor con los a√Īos que se acumulan al vivir.

Hace unos d√≠as, vi unos cuadernos que registraban con croquis y dibujos el viaje que algunos a√Īos atr√°s hizo el marido de una amiga. Rincones de Roma, Marrakech, Granada, Medina, Petra, Amsterdam, Santorini, Par√≠s, Marsella o Londres, sus transe√ļntes apenas esbozados con pocos trazos, apuntes precisos y expresivos sin color a excepci√≥n de algunas acuarelas.

Ojeando las libretas, pensé en el tiempo que el viajero tomó para elegir cada escena, en qué llamó su atención para encuadrar en el papel un lugar y no otro, en las personas de aquel momento fugaz inscribiéndose a golpe rápido de lápiz o bolígrafo en el tiempo del cuaderno y en cómo será vivir el recuerdo de un viaje mirando apuntes de dibujo en lugar de cientos de fotografías.

Tal vez esa enga√Īosa percepci√≥n del tiempo acelerado que se escapa es la simple consecuencia de manejar de forma torpe los botones rec-pause-play de nuestra vida. De que hay algo que hoy no logramos distinguir que separa la sutilidad de lo ef√≠mero de la ansiedad de lo inmediato. Ning√ļn tiempo pasado fue mejor, s√≥lo diferente, cada cual tendr√° que hacerse cargo y convivir con sus nostalgias. Al final, da igual el tiempo que dediquemos a la especulaci√≥n, ante la futura colisi√≥n con Andr√≥meda, toda nostalgia es est√©ril.

 

+ Silvia Veloso (C√°diz, Espa√Īa 1966). Es autora de los libros¬†Sistema en caos y M√°quina: la educaci√≥n sentimental de la inteligencia artificial‚Äô (2003, finalista del Premio Macedonio Palomino, M√©xico, 2007) y¬†El minuto americano¬†(2009). Algunos de sus textos aparecen en la compilaci√≥n¬†Guti√©rrez¬†de A. Braithwaite (2005) y¬†Pzrnk: Alejandra,¬†nenhuma palavra¬†bastar√° para nos curar, ensayo y traducci√≥n al portugu√©s de poemas de Alejandra Pizarnik,¬†¬†Instituto Interdisciplinar de Leitura¬†‚ÄďC√°tedra UNESCO PUC, Rio de Janeiro (2014). En 2017, el proyecto ‚ÄėRelato de los muros‚Äô¬†fue exhibido en forma de instalaci√≥n en la XX Bienal de Arquitectura (Valpara√≠so, Chile). Socia de¬†Barbarie, pensar con otros.