Las invitaciones muchas veces pueden funcionar como la mejor forma para solucionar problemas. Provisorio, desde donde se mire, pero al menos solución. El día en que la pena te esté acogotando el cuello, escribirles a tus amigos y contarles que quieres cocinar, es el mejor catalizador. La plata no da para ir a un bar y el frío volvería mucho más triste la caminata por la ciudad lúgubre.

Organizar todo en función a eso, a recibir gente. Así los problemas que llevan noches aguijoneando la cabeza, desaparecen.

Despertar e ir a comprar verduras. Aprovechar de sacar al perro para lograr sentir el aire frío calando debajo de la piel y disolviendo de a poco lo que acecha la cabeza. Como la leche cuando se mezcla con agua.

Hace días conversaba con un amigo particularmente deprimido. Yo interpretaba la figura de la persona segura, la caja contenedora de las mil respuestas. En parte porque él lo necesitaba, pero más por terror a demostrar el estado interno. Para qué. Lo que sabemos sin duda es que estamos todos bien tristes en Santiago.

Hablamos de algunos trucos mecánicos que sirven para disipar la pena, mientras él tomaba vino y yo coca-cola. Trabajar, hacer deporte. Sin duda me faltó mencionar cocinar. Y pasear al perro.

Julio es el mes más frío del año en Santiago y dentro de la cocina, con el horno prendido, todo se siente más cálido. Sacar un papel con la receta y tomar con las dos manos la certeza de que hasta que la comida esté lista, la cabeza debe ejecutar sin el menor error todas las órdenes. Picar las verduras, sellar la carne, reducir el vino a la mitad, hornear veinte minutos, dar vuelta la masa.

Así, hasta que llegan los invitados. Todo se ha transformado en risas y la noche pasa rapidísimo.

De todas formas, siempre quedan pequeños momentos de descanso en que te sientas, respiras y el problema vuelve a pegarte un cabezazo.

La vida es irreparablemente triste. A pesar de la cocina.

+ Victoria Donoso (1992), es Licenciada en Letras de la Universidad Diego Portales. Actualmente trabaja en el Departamento de Extensión Cultural de la Biblioteca Nacional de Chile.
+Imagen: Eric Fischl
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