María Pía Escobar

Como me gustan las caras y me gustan las piñas -la forma de la piña, más allá de su ácido fondo que duerme paladares-, esta pintura del ruso Vladimir Kush me atrapó; lo que significa, básicamente, que dejé mis responsabilidades cotidianas de lado para observarla detenidamente por alrededor de un minuto y medio, casi dos.

Primero, me fijé en las hojas que se encuentran en la zona más cercana al cuerpo de la piña; desde donde emergen, digamos.

Inmediatamente asocié estas hojas a las clásicas chasquillas de señoras que se ondean el pelo con un esmero que enternece. “Chasquilla olas”, como les digo con admiración; verdaderas olas donde moscas podrían surfear, en caso de tener tabla y querer hacerlo.

Luego, mis ojos subieron y vieron cisnes: cisnes estilo origami.

Estos cisnes se encuentras en la mitad de la “zona hojas” y miran casi de lado-casi de frente.

Para terminar el tema hojas: la parte de arriba, la más cercana al cielo, o techo, o marco superior de la pintura, simplemente parecen lo que son: hojas de piña o, también, si se es más siútico: hojas de aloe vera.

Ya luego mi atención se dirigió totalmente al cuerpo de la piña y a las decenas de caras que la componen. A pesar de que las caras con gesto de asombro me hicieron admirar al creador de tamaña piña, la segunda cara de arriba, de izquierda a derecha, -aplastada, porque desde ella salen las hojas- fue la que me sumergió en verdaderos pensamientos de dicha. Ya en este punto, mi gratitud hacia el creador de la piña era absoluta.

Debo admitir, eso sí, porque me fascina admitir, que el fondo de la piña, su escena grisácea, al igual que la mesa café donde se sostiene, no llamaron en lo absoluto mi atención y me hicieron sospechar: algo turbio venía.

Por el momento, un resumen: la piña, portadora de caras, chasquillas y cisnes me sumergió en una admiración honesta y total hacia Vladimir Kush, que se acabó luego de una breve investigación de sus obras, pinturas que me condujeron a una perturbación mental.

Relato a continuación:

Me encontraba yo en, como ya dije, una total admiración hacia Vladimir Kush. Me dije a mí misma: “Si un hombre es capaz de crear esa piña, tiemblo de placer al imaginar sus otras obras”.

Imaginé choclos rockeros, nubes con forma de lobos, frutillas asesinas y pomelos con sombrero. Todo lo anterior en tono trágico, obviamente, como la piña. No en tono chistoso: esto es fundamental para entender la  perturbación mental a la derivó que todo.

Entonces busqué el resto de su obra y descubrí los cuadros más horripilantes que he visto en mi vida (esto no quiere decir, obviamente, que lo sean. Debo cuidarme de ataques de posibles amantes de surrealistas metafóricos rusos, como se autodenomina “V.K”).

Pero voy a lo importante:

Detallo, a continuación, los cuadros que más me perturbaron en orden ascendente de desaprobación e impacto y, además, copio el link para su rápida comprobación.

Cuadro 1

Una pareja de enamorados, humanos, está sentada sobre una manzana (el palito de esta manzana tiene, arriba, fuego -que sospecho, fue encendido por la gran pasión de la pareja de enamorados). La pareja observa una especie de aparición divina o sol, que es otra manzana.

 

Cuadro 2

Una pareja, esta vez un dúo de plátanos, disfruta de un día de campo. Uno de ellos se encuentra acostado en una hamaca. En realidad, la hamaca es el propio plátano, pues el soporte es su cáscara y su cuerpo es la parte comestible. El plátano que lo hamaca, a su vez, tiene pies hechos de cáscara y una mini cara cuadrada. De fondo, un lago, y otra pareja de plátanos disfrutando del paisaje ¿o serán dos botes?

 

Cuadro 3

Una tijera se cuelga de unos aros de gimnasia. En realidad, si uno es perspicaz, nota de inmediato que los aros son parte de la tijera: donde uno mete los dedos. La tijera se encuentra en un escenario dramático, pues bajo ella hay hermanas tijeras afiladas que, obviamente, en caso de que la tijera gimnasta caiga, la dañarán irremediablemente. Además, a los lados de la tijera, hay cortinas rojas. Es decir, la tijera es protagonista de una obra de teatro. Sospecho que se trata de su propia vida.

 

Cuadro 4

El rostro de tres elefantes fue arrasado; en su lugar, tubas (o trompetas, no sé). Es decir; hay tres elefantes que no tienen cara de elefante, tienen cara de tuba. Tuba que, a su vez, tiene un leve parentesco a una nuez o cerebro. El elefante mayor se nota incómodo en el mundo, más sus otros dos compañeros elefantes expelen amor y felicidad, pues juntan sus cabeza-tubas con delicadeza amatoria. Quiero ser tajante: podrían ser pequeños elefantes hermanos, pero no. Existe el amor de pareja en los elefantes-tuba, como en humanos. ¿Quién observa esto con naturalidad? un elegante ciervo con cara de ciervo pero con cuernos musicales. Sus cuernos no son cuernos, son el instrumento que tocan los querubines. Hay platillos por ahí, trompetas, mucho dorado. Hay cosas horripilantes por doquier.

 

Perturbación mental:

A medida que mi odio iba creciendo por la horripilancia de las obras, iba creciendo mi amor hacia el creador. Los elefantes cara de tuba me descompusieron; mas la tijera gimnasta reactivó mi solidaridad. No tengo explicación para esto: me decepciona y, al mismo tiempo, me fascina. Fui arrastrada, sin quererlo, al metafórico mundo del amado y odiado Vladimir.

Conclusión:

En realidad, a los casi treinta años, no entiendo nada.

 

+ María Pía Escobar (Asunción, 1989), Licenciada en Literatura, escribió el libro infantil “Animales Americanos”, finalista del Premio Municipal de Literatura y publicado por el sello editorial Hueders. Próximamente publicará el libro “Exagerados”, en la editorial Saposcat.