Desperté a las 12, me vestí y salí a la calle para encontrarme con Nico. Antes de salir y cerrar la puerta me quedé observando la escena del departamento; Juliane sentada en el sillón con su laptop, René vomitando en el baño por la resaca. Con Nico caminamos algunas calles para imprimir su plaquette. Desayunamos pernil y cerveza. Luego nos sentamos en un parque. Conversamos sobre la Coca Cola y la perla de un collar. Regreso a casa 5 o 6 horas después y todo sigue igual. Juliane sentada y René vomitando. Como si la eternidad se hubiera apoderado del departamento, cercados por un vómito y arcadas incansables y constantes. Siempre hay una breve revelación en el instante del vómito aunque sea un “no debí”. El último vómito me decía “consigue un trabajo”. Un secreto susurrado como por el sonido del mar, por oleadas de vino que emergen desde un centro que quema.

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Dentro del tiempo uno puede ir metiendo cosas como en un jarrón mágico sin fondo,  el tiempo se expande como una goma sin dar indicios de rasgadura, tiempo y espacio son infinitamente divisibles, tanto que es imposible dar un paso porque antes habría que haber superado la mitad de ese paso (siempre la mitad de la mitad). La experiencia del tiempo elástico me fue arrebatada en la universidad, esa vampírica que se alimenta de la vitalidad de inocentes jóvenes, pero aquí, he bebido de la sangre de las viñas para resucitar.

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El día anterior todo estaba fragmentado. Fue en la presentación de un libro de Berenguer. Me pidieron que ayudara a llevar unas cajas de libros al estacionamiento. En algún momento mis extremidades cleptómanas ya llevan dos libros en la bolsa. Un segundo. Dos minutos. Escaleras. Una puerta. Ahora estoy en el baño de la Chile jalando por primera vez.

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Entonces todo se convierte en anécdota. Vamos de after en after. El after de los afters. Las distancias se acortan aunque en realidad deberían hacerse a cada paso inconmensurables. Pero no. Por medio del espacio infinitamente divisible viajan anécdotas e historias sucedidas en Comala. Lugar donde el tiempo dejó de pasar hace ya un buen rato. Escucho atento una historia y recuerdo: dicen que es color azul / y que es pura calidad / nadie sabe nada de él / porque nunca lo han mirado. Tomamos un pisco fuera de La Chascona.

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En cada después, en cada after surgen las obsesiones y las inseguridades. El vino también presente desde la previa. El último lugar tiene música para bailar, pero recuerdo que no lo disfruto por ser un permanente recuerdo de que estoy atrapado en un cuerpo con conciencia del paso del tiempo y del cual intento olvidarme. Preferiría conversar. Preferiría que el único recordatorio de mi corporalidad fuera el calor en el pecho que va subiendo.

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En la última parada del infierno el tiempo es lo que menos me preocupa. Me pongo como loco con un barman que aventó al suelo a unas chicas. Le grito. Héctor me dice que es el barman, que me calme. Pablo llega después y pregunta qué pasó. No atino a dar una respuesta. La comunicación efectiva por medio del lenguaje toma su verdadera condición de imposibilidad. Nadie entiende esos sonidos que se deslizan jadeantes por medio del espacio. Miro a Héctor. Le digo que explique lo que acaba de pasar. Pienso en por qué no me dió la razón. Pablo me mira. Pregunta si me pasó algo. Cree que alguien me hizo algo pero ¿acaso él no vió todo cuando entramos? Un after intolerable. Que alguien diga lo que sucedió. Que el barman agredió a unas chicas. Que me dijo que no me metiera en lo que no me importa ¿sucedió? Nada. Quiero olvidarme de todo. Las mareas eternas me cercan. Quiero salir pero no me dejarán entrar de nuevo. ¿De dónde me vino la locura? (del baño en la Chile). Vuelta a donde todo comienza. Me pongo a llorar. Camino a la salida. Intento ir a casa pero ante la imposibilidad de dar un paso que se divide infinitamente opto por regresar, olvidarlo e intentar bailar.

 

+ Rodrigo Perea (Ciudad de México, 1997) Estudia Licenciatura de Lengua y literaturas hispánicas en la UNAM. Actualmente realiza una investigación sobre poesía chilena reciente en Santiago y prepara su primer libro. Hace coleccionismo de ocasión en rodrigoperea.tumblr.com
+ Imagen: Lisa Brice