La intimidad ajena cabe en lugares, poemas, en las fisuras de un metraje que sirve para pensar un mundo. Creo que este nuevo libro de Germán Carrasco, Metraje encontrado, vuelve a entusiasmar, nos entusiasma, ofrece una caja de mundos posibles, una versión de la vida filmada en super8, una compañía de ficciones cansinas, una esperanza si se quiere, un gustito por la palabra inventar y desechar, pero también por resucitarnos. “Mejor será/ volver a la contru/ del poema, y a la calle”, escribe al principio, una suerte de hallar el poema en el rastreo de la feria/persa, tantear y otorgar “una historia a estas intimidades abandonadas”.

Germán habla de mundos posibles, pero no desde el vozarrón ni el griterío, sino desde la yuxtaposición, la vista que se encabalga, el cine, desde el cúmulo de imágenes ferianas. A algunos poetas, cuando suben cerros precordilleranos, les da por hablar fuerte; en cambio, como Mistral en Poema de Chile –sus salvias, boldos, musgos, cactus en forma de Cristo–, Germán habla oxigenado, suave, murmura las flores tozudas, los chaguales de montaña. Pausas, eso, como un docu-haiku de Chris Marker, donde aparecen cuotas mínimas, miradas de zoológico, gatos que duermen mientras oyen la melodía de un teclado. Así escribe Carrasco, mínimo el paso, tomando las cosas que agonizan y sosteniéndolas: “Partes de radios, una hebilla sin pasador,/ la mitad de un globo terráqueo, juguetes/ sin su control remoto y mutilados,/ cuadernos usados por alumnos anónimos/ libretitas de cosas pedidas fiado”.

No sé si habrá una respuesta a una pregunta que el libro hace. Los que asistimos, al menos, una o dos veces a la semana a la feria/persa, o los que hemos vendido incluso, nos preguntamos lo mismo, ¿qué piensa el que vende cachureos, que en una manta nos ofrece las huellas del trajín neoliberal? En la feria, claro, está el que vende los productos básicos –frutas, verduras, abarrote, nova, confort, lavalozas, jabón–, pero también está la señora que siempre uno mira de reojo, patuleca y vieja, que llega a las 7 de la mañana a armar su toldo y echar al piso telas que son cubiertas por juguetes antiguos, ropa usada, libros. Ella, entre esas sobras que podrían ser confundidas con basura, y entre los fierros de su toldo, agachada y traspirosa.

Metraje encontrado tiene nueve partes. En cada una afloran las imágenes porosas, cotidianas, los tiempos muertos que solo el poema y los ensayos fílmicos convierten en algo valioso, caro. El momento acá se decide, es una imagen que echa raíces, no tiene tentáculos ni coloniza, da con una forma, arma un sistema nervioso. Por eso la importancia de documentar y ensayar intimidades de un metraje en super8 y de añadir en el libro algunos fotogramas de Cartas visuales de Tiziana Panizza, trilogía en que la directora indaga en su genealogía e historia familiar. Así, Metraje encontrado contrapuntea a la manera de un montajista, es capaz de unir viajes, quizá tan extremos y disímiles como hacia Porvenir y hacia Pisagua. Debe ser que el poeta y el montajista confluyen en el chasqui: “un mensajero/ que cruza barrancos y desiertos/ sin linternas ni parafernalia moderna”. Y confluyen sobre una realidad móvil, sin un programa de síntesis, clara en el oficio, que me recuerda al poema del flamenco en la Insidia del sol sobre las cosas, ese donde los colores rosa y blanco de las plumas morían junto al crepúsculo.

 

Metraje encontrado, Germán Carrasco.

178 páginas.

Editorial Hueders. 

+ Pablo Sheng (Santiago, 1995), escritor, fue becario del taller de poesía de la Fundación Neruda, obtuvo el Premio Roberto Bolaño de novela los años 2016 y 2017, publicó Charapo (Cuneta, 2016) y escribe para Revista Santiago.
+ Imagen: Tiziana Panizza