Eran amigos, habían pasado vacaciones juntos, estaban de acuerdo en sus críticas al academicismo y al neokantismo que dominaban la filosofía alemana; incluso llegaron a verse a sí mismos como una “comunidad de lucha” que resistiría esas tendencias. En las primeras décadas del siglo XX, Karl Jaspers y Martin Heidegger eran espíritus afines. Y entonces, en 1933, Adolf Hitler y el Partido Nacionalsocialista Obrero de Alemania llegaron al poder. Heidegger ya había publicado Ser y tiempo (1927), la obra que lo encumbró alto en el alto cielo de la filosofía alemana. Jaspers, filósofo y psiquiatra, tenía un nombre con obras como Psicopatología general (1913) y Psicología de las concepciones del mundo (1919), pero reconocía la primacía de su amigo, seis años menor. Y, sin embargo, con la marea nazi algo cambió. Heidegger comenzó a mostrar acuerdo con las nuevas ideas, se entusiasmó, Alemania necesitaba una renovación y esa renovación la traía Hitler.

En un muy bello ensayo, “Martin Heidegger – Hanna Arendt – Karl Jaspers”, incluido en su libro Pensadores temerarios, el historiador de las ideas Mark Lilla dice: “En marzo de 1933, poco antes de que los nazis llegaran al poder, Heidegger visitó a Jaspers en Heidelberg y mantuvieron el encuentro en un terreno amistoso, escuchando grabaciones de canto gregoriano y hablando de filosofía. Cuando, de forma inevitable, la discusión se orientaba a la política, Heidegger se limitaba a decir: «Hay que comprometerse»”. Mientras para Jaspers Los protocolos de los sabios de Sión —la “prueba” del complot judío mundial— eran un “disparate pernicioso”, para Heidegger existía “de hecho una peligrosa alianza internacional de judíos”.

Ese mismo año, 1933, Heidegger fue nombrado rector de la Universidad de Friburgo, período conocido en su biografía como el año del rectorado. En su discurso de asunción puso su filosofía al servicio de la retórica nazi y, en otra oportunidad, se dirigió a los estudiantes alemanes para incitarlos a “sacrificarse para salvar lo esencial y hacer brotar la fuerza más íntima de nuestro pueblo en su Estado”. “La revolución del nacionalsocialismo lleva a un trastorno completo de nuestra existencia como alemanes”, escribió. “Ni los dogmas ni las ideas son las reglas de nuestro ser. El Führer mismo y sólo él es la realidad alemana actual y futura, y su ley. Aprendan profundamente que siempre cada cosa exige decisión y cada acto responsabilidad. ¡Heil Hitler!”.

Todavía en 1933, recién asumido como rector, Heidegger visitó la Universidad de Heidelberg. Jaspers era profesor allí y estaba en primera fila cuando su amigo defendió el proyecto de los nazis para la universidad. Según Lilla, Jaspers tenía el ceño fruncido y las manos en los bolsillos. Luego, en su casa, le dijo a Heidegger que no podía estar de acuerdo con los nazis en la cuestión judía. Ahí fue cuando el rector le contestó que existía “una peligrosa alianza internacional de judíos”. La conversación la recuerda Jaspers en su Autobiografía filosófica: “¿Cómo creer que un hombre tan poco preparado como Hitler podrá gobernar Alemania?”, le dijo a Heidegger. Y este le respondió: “La cultura no importa. Mira sus maravillosas manos”. Después de eso, los filósofos se escribieron una que otra vez, pero no volvieron a verse. En una entrevista que dio a Der Spiegel en 1966, publicada póstumamente, en 1976, el periodista le pregunta a Heidegger por la frase en la que le dice a los estudiantes que sólo el Führer es “la realidad alemana actual y futura, y su ley”. El filósofo se excusa así: “Cuando acepté el rectorado, tenía claro que no podía pasar sin compromisos. Las citadas frases hoy ya no las escribiría. Cosas de ese tipo ya no las volví a decir a partir de 1934”.

¿Era necesario comprometerse? ¿Era necesario ser rector? Es difícil, y tal vez injusto juzgar las decisiones ajenas desde las circunstancias propias, mucho más cómodas. Pero en el mismo momento en que Heidegger admiraba las manos de Hitler, y no podía pasar sin compromiso, Sebastian Haffner, un joven alemán, sin más informaciones ni experiencias que la de cualquiera de sus compatriotas, decidió renunciar a una promisoria carrera como abogado e irse de Alemania. ¿Por qué? Porque se dio cuenta de que para seguir adelante en su país, para conformarse, cualquier ciudadano estaba obligado a hacer pequeñas concesiones, nada muy crucial, un saludo con el brazo extendido por aquí, un Heil Hitler por allá. Y él no estaba dispuesto. La historia la cuenta Simon Leys, el xinólogo belga y delicado ensayista, quien dice que el caso de Haffner nos lleva  a una pregunta “aterradora”: si los millones de alemanes sabían lo mismo que este hombre, “¿Por qué no hubo más que un solo Haffner?”.

Heidegger, uno de esos millones de alemanes, pensador romántico como era, dijo que los seres humanos vivíamos entregados a una vida de habladurías y lugares comunes que nos alejaban de nuestro más íntimo y auténtico ser. En vez de elegirnos a nosotros mismos, disueltos en la masa impersonal, sobre todo en el mundo moderno, citadino, decimos lo que se dice, pensamos como se piensa. Es decir, nos conformamos, nos comprometemos. Pero algunos pueden ser arrebatados de esta vida inauténtica y abrir sus oídos a la voz del ser. O algo así. Si se le aplica esta dudosa filosofía de la autenticidad al propio Heidegger, tal vez habría que concluir que el filósofo se entregó al lugar común, al compromiso, que se conformó, y que lo hizo a lo grande; que eligió el cliché. Y entonces cómo no pensar, y valga la redundancia, que el pensamiento no garantiza nada. Salvo que demos una definición ad hoc de este y digamos que siempre es crítico y que, entonces, cuando no lo es, no es pensamiento. Pero, de nuevo, ¿quién o qué nos garantiza que nos demos cuenta en el momento debido?, ¿que pensemos como Jaspers o como Haffner, y no como Heidegger? Parece que estamos condenados a andar a tientas. Y quizás esa condena es toda nuestra garantía.

En 1945, ya derrotados los nazis, Heidegger le pidió a Jaspers que intercediera a favor suyo ante las autoridades de ocupación, quienes querían quitarle su biblioteca y evaluar su continuidad como académico. Jaspers informó a la comisión de desnazificación que había que permitir a Heidegger seguir escribiendo y publicando, pues tal vez fuera el filósofo alemán contemporáneo más destacado. Sin embargo, agregó, su forma de pensar carecía de libertad, era dictatorial e inútil para la comunicación, y por eso recomendaba alejarlo de la enseñanza por un tiempo. Así se resolvió y Heidegger no pudo hacer clases hasta 1950. Según Lilla, quien relata el episodio, Heidegger se consideraba una víctima del nazismo. Y al leer la entrevista con Der Spiegel —donde dice que “solo un dios podrá salvarnos”— efectívamente queda esa sensación, pues da entender que los nacionalsocialistas no estuvieron a la altura de la transformación que necesitaban Alemania y el mundo. “De ahí su asombroso comentario a Ernst Jünger”, escribe Lilla, “él, Heidegger, solo podría disculparse por su pasado nazi si Hitler pudiera volver a disculparse con él”. Otro cliché, o quizás la arrogancia del que quiere tener razón, frente a lo cual podemos preguntar: en ese imaginario encuentro, ¿Heidegger habría podido resistirse a las manos de Hitler? ¿Y nosotros?

 

+ Juan Rodríguez M. (Santiago de Chile, 1983) estudió filosofía y trabaja como periodista en el suplemento Artes y Letras del diario El Mercurio.
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