Conocí a Guillermo Machuca en la oficina de Fernando Undurraga en enero de 1994, cuando fui a entrevistarme como parte de las gestiones para entrar a la carrera de Bellas Artes de la Universidad ARCIS.  Machuca y Undurraga andaban vestidos iguales, pantalones grises Levi’s y polera con cuello azul oscuro, con un animal en el pecho cuya especie no recuerdo. De gafas redondas, Machuca tenía 33 años y era profesor de Historia del Arte. Leía incansablemente a Nietzsche y a Barthes –sus autores favoritos– y por aquella época tenía una estrecha colaboración con Arturo Duclos, artista de quien fui ayudante de taller un año más tarde gracias a la gestión de Machuca.

Machuca y yo nos caímos bien desde el inicio. Mis conocimientos en historia del arte eran mínimos a los 19 años, pero yo le aportaba a Machuca juventud y bandas de música. El placer culpable de Machuca era The Smiths, banda que sigue siendo mi favorita en la vida. En medio de esta incipiente amistad, en el año 1995 Machuca me ofreció para taller una buhardilla que tenía desocupada en su casa de la calle Elena Blanco. Cerca de Bilbao, esta pequeña calle contenía un conjunto de casas viejas de ladrillo donde vivía un grupo variopinto de artistas, hipsters y abajistas (una de sus palabras favoritas), quienes tenían como lugar de encuentro un restaurante de mala muerte llamado Rapa Nui. En esa casa conocí a Stanley Kubrik; vimos Barry Lyndon, película favorita de Guillermo, unas ocho veces, pero también me presentó a Scorsese y Cabo de Miedo, Toro Salvaje y otras tantas que eran parte del repertorio de nuestro amigo.  En esa época, Machuca era de vino y cerveza; el submundo del vodka, hielo, tónica, por separado, llegaría años mas tarde.

En el año 1996 nació mi hija Carolina. Machuca fue la primera persona en conocerla, nervioso, cariñoso a su manera y completamente tieso, me dijo que era igual a mí. Así era nuestra vida; yo era su estudiante por la mañana y compartíamos piso por las tardes, teníamos una relación de maestro a alumno que me marcó profundamente.

A Machuca le gustaba pelar, decía que era un acto de inteligencia y refinamiento intelectual cuando se hacia bien, con altura, con argumentos, con psicoanálisis. En esa época era Mellado y la Universidad Católica, la Avanzada, también sus amigos de universidad, Hugo Cárdenas, Natalia Babarovic, Roberto Merino y Carlos Bogni, a quién decía Duclos le había copiado las viñetas. En esa casa de Elena Blanco, Machuca tenía un cuadro de Pablo Langlois del que colgaban unos lápices y un retrato pop en tonos turquesa que le había hecho Hugo Cárdenas. Había libros por todos lados, sin ningún orden pues nada estaba más lejos de Machuca que la vanidad de la biblioteca. Decía que los libros eran para leerlos, no para decorar. También había un montón de recortes de prensa y de cuadernos de notas repartidos por la casa, porque Machuca siempre escribió a mano, nunca quiso siquiera intentar aprender a usar maquina de escribir, ni mucho menos el computador.

En 1997 nos cambiamos a la Universidad de Chile, él como profesor consiguió la cátedra de Arte Contemporáneo y yo para terminar mi Licenciatura en Arte.

Las Encinas era como la segunda casa de Machuca. Allí se formó, allí se paseó como un post adolescente recién llegado de Punta Arenas con su abrigo largo y negro que le valió el apodo de “el Nietzsche”. En ese lugar carreteaba con Cárdenas, se subían al techo del casino, fumaban en los matorrales, observaban a través de ventanas entreabiertas a sus amantes casuales del taller de grabado. Allí fue alumno de Adolfo Couve, quien le causó gran impacto, y de Pablo Oyarzún, de quien fue un orgulloso ayudante.

En esa época, Machuca fue el primer profesor en armar un curso de Arte Chileno Contemporáneo, del cual tuve el privilegio de ser alumno. Eran cuatro libros los que usaba: Márgenes e Instituciones, Del Espacio de acá, Cuerpo Correccional y Chile Arte Actual. A la Nelly Richard le tenía un respeto profundo y una admiración no confesa. Aunque también se decantaba por la escritura “decimonónica” de su gran amigo Roberto Merino. Vivió entre esos dos registros contrapuestos de escritura y fue ahí donde, con mucho esfuerzo, forjó una “tercera vía”; esa escritura de Machuca de los últimos diez años, con la que empezó a escribir en el The Clinic y que cultivó hasta sus libros más recientes, mezcla de alta y baja cultura, citas concienzudas y chistes de bar, filósofos y poetas así como jugadores o entrenadores de fútbol.

Un año antes, por intermedio de Brugnoli, Machuca había sido invitado a ser el curador del envió chileno a la Bienal Vento Sul de Cascabel, en Brasil y no se le ocurrió nada mejor que invitarme a mí y a un artista que vivía en la casa contigua, llamado Ian Szydlowski. Fue en esta sureña ciudad brasileña donde en una fiesta, mientras Ian y yo bebíamos y bailábamos, Machuca conoció a Hyde, una rubia brasileña-alemana despampanante, que muy pronto se convirtió en su mujer y en la madre de Gabriel, su único hijo. Se casaron en Brasil, se vinieron a Chile y se fueron a vivir a un dúplex de la calle Bilbao con Antonio Varas (su barrio favorito), en el que compartimos más de algún salmón al horno con Rodrigo Zúñiga y otros amigos. Pero esa aventura duró poco menos de un año; Machuca no estaba hecho para las convenciones ni los roles establecidos y ser marido y padre de familia lo superaba, no podía cargar con esa responsabilidad. La imagen del danzarín nietzscheano le era muy apreciada.

Desde que se separó y hasta diciembre del año 2001, cuando me casé, compartimos casa en un emblemático edificio del arquitecto León Prieto Casanova frente al Parque Forestal.  Esos fueron nuestros “años locos”: yo recién licenciado y Machuca con la crisis de los 40 y recién separado. Ese departamento y ese momento del barrio Lastarria fueron memorables; era la época de la gentrificación, los bares, la música tecno, los after y largos etcéteras…  Fue el momento en que Machuca adoptó la polera a rayas tan característica e íbamos al restaurante El Toro, donde conversaba con todos y luego buscaba cualquier pretexto para pelearse, levantarse de la mesa indignado y no pagar la cuenta.

Aunque Machuca nunca lo confesaba, le gustaba mucho bailar y tenía un ritmo robótico al estilo break dance o grupo Devo, con el que se movía lanzando esa sonrisa, entre nerviosa y traviesa, tan típica suya. Como decía, al final de esa época me casé. “A Daniella te la presenté yo huevón”, me decía y, allí estuvo de testigo de matrimonio, con chaqueta gris, frente al oficial del Registro Civil y en el salón del mismo departamento de solteros que compartimos.

Machuca siempre fue mi familia. Cuando nació Tomás, Machuca estuvo allí con un peluche de regalo. Cuando se acercaba la Navidad y el Año Nuevo, fechas que no le eran especialmente agradables –como a muchos–, allí estaba siempre Machuca con nosotros. En varias ocasiones junto a otro entrañable, Sergio Parra, haciendo la Navidad de los amigos, pasando esas horas antes de los regalos con una mechada de mi suegra y unos tragos largos.

Luego fue la Bienal de Sao Paulo, en el 2004, un hito para ambos, y dos años después, en 2006, la fundación de la Escuela de Arte de la Universidad Diego Portales. Allí estuvimos desde el inicio, eligiendo profesores, armando programas de estudio, mallas curriculares, invitando artistas. El más emblemático fue Santiago Sierra, con quien Machuca hizo muy buenas migas y yo me quedé con unas cuantas historias que contar de esos encuentros. En fin, Machuca tenía esa generosidad que los “profesionales de la cultura” no entienden ni van a entender. Machuca tenía tiempo, te dedicaba tiempo y perdía el tiempo; no le interesaba la reunión productiva, no encajaba con las planillas, con el mundo del rendimiento ni del objetivo a corto o mediano plazo. ¿Qué vas a hacer ahora? me preguntaba, y si yo decía “tengo que ir al centro, al banco, a hacer trámites”, su respuesta era siempre la misma:  “Ah, yo también voy para el centro, te acompaño”. Y así era siempre; toda la tarde caminando, toda la tarde hablando, toda la tarde.

Machuca es de esos últimos intelectuales con humor negro, sarcástico y mal entendido; querido, odiado y respetado. Un intelectual autodestructivo, que se inventó a sí mismo pero que nunca dejó de ser un chico tímido de Punta Arenas, que hizo de su vocación de hablante una escuela, de la que hay decenas de exalumnos, ayudantes y admiradores nuevos que en los últimos años lo seguían y que lo acompañaron en sus últimas tardes vagando por Santiago.

El año 2014 nos vinimos a Madrid, seguí en contacto permanente con Guillermo, era el primero en ver cada vez que llegaba a Santiago, y el último en despedir. Se que mucha gente te disfrutó igual que yo, y tu mejor legado será la amistad y el desinterés. La “nueva normalidad” no iría contigo.

Gracias por todo Machuca, no te olvidaremos.

 

+Imagen: Guillermo Machuca en Valparaíso, septiembre de 2019. Adolfo Martínez