Recuerdo la primera vez que mi abuelo me llevó a las carreras de caballos. Tenía cuatro años y mi abuelo por entonces tenía caballos, criaderos y una yegua que se llamaba Icarina. Yo jugaba tarde, mal y nunca. Me llevaba al Ensayo en el Club Hípico. Una carrera de dos mil cuatrocientos metros donde corren los mejores caballos. Ahí vi ganar a Liberti y a Provita en los años 50. Recuerdo un episodio en esos primeros años cuando caminaba con mi abuelo por las afueras del Club Hípico, donde me pareció verlo todo, enfocado de pronto, de manera diferente. Había algo chispeante y pomposo mezclado con algo sórdido que envolvía el mundo de las carreras. Un mundo, diría yo, masculino, fétido a veces y viciado, que llamó profundamente mi atención.

Luego mi hermana se casó con el Presidente de la Sociedad Hípica y me asocié con él. A partir de entonces comencé a comprar caballos. En el año 80 me instalé con un negocio de chalecos. Llegaba a la casa a comer, a dormir y a levantarme nuevamente porque así eran las cosas. Estaba quebrado absolutamente, lleno de deudas. Sobrevivía con los talonarios de cheque de los bancos. Eran tiempos de dictadura. Ahí dejé de jugar, o antes también había dejado de jugar cuando trabajaba en mis cosas. Quedé con un stock de dos mil chalecos. Me cambié al negocio de las carteras de cuero. Me fue bastante bien hasta que me entraron a robar la producción de verano: cuatrocientas cincuenta carteras que imagino arrimadas en el baño de un hombre que no pudo venderlas.

Las carreras de caballo son un negocio como cualquier otro y es un negocio con muchos miembros adentro de los cuales unos pocos saben, otros no saben nada. La mayoría apuesta por apostar, por deporte. Apuestan por el caballo más jugado pero el tema tendría que empezar, para entenderlo bien, por los hipódromos. En este momento, hay cuatro hipódromos en Chile. Está el Sporting de Viña del Mar, el Hipódromo de Santiago y el Club Hípico que es una maravilla. Tiene pista de arena y pista de pasto. Las pistas de pasto son muy escasas en el mundo.  El otro hipódromo es el de Concepción y había uno en Antofagasta que murió hace seis o siete años. No había apuestas y eso que hay mucha plata en Antofagasta. Incluso había uno precioso en Peñuelas entre La Serena y Coquimbo. Ahí, al lado del camino, estaba el hipódromo. Lo eliminaron porque esa tierra adquirió mucho valor comercial y turístico.

Empecé a jugar los días domingo en la mañana en el Hipódromo, que para mí es la cancha principal. Está en Independencia, en la Plaza Chacabuco. Pero antes, déjenme volver a los hipódromos. Hay hipódromos donde se corre contra el sentido del reloj y otros donde se corre a favor del reloj. Hay mano derecha y mano izquierda. Por eso mismo, hay que empezar por conocer lo principal que son las pistas. De nada sirve llevar a correr a un caballo a una pista de pasto si le gusta correr en arena y viceversa. Yo prefiero las de pasto. No juego en las de arena del Club Hípico pero sí en las del Hipódromo porque la pista la mantienen siempre muy parejita y uno puede seguir a los caballos y una línea de carrera. No juego por deporte. Me gusta convencerme de que un caballo va a ganar y para convencerme debo tener a un caballo muy estudiado.

Ahora voy al Teletrak que está en las Torres de Tajamar. Me gusta el Teletrak. Quizás por el olor a flaño que envuelve todo con un aire de otra época. No voy a los hipódromos ni saco tarjeta. Voy al Teletrak por la caminata que me obliga a cruzar las calles con la expectativa de que el caballo que he estudiado ganará. Nos encontramos siempre y nos conocemos todos. No van mujeres, de vez en cuando alguien acompaña. Antes había personas que iban con las señoras pero terminaban yéndose con otros. Conozco dos casos: había uno que iba con una mujer rubia muy llamativa, anduvo con tres más de ahí y al final se fue con un millonario muy amigo mío. Nunca más volvieron a jugar a las carreras.

A veces, escuchas algo que afecta tu juego. Recuerdo la vez que un amigo me llamó para pedirme que le jugara un caballo. Me hizo cambiar todo mi sistema y perdí. Hay otro jugador que tiene muchos contactos y los secretarios de los jinetes lo datean en todas las carreras. Llega con esa información al Teletrak desordenándonos el sistema a todos.

Me gusta jugar las handicap. También juego las apuestas triples. Juego hasta la séxtupla: seis carreras seguidas donde hay que acertarle a los seis caballos. Voy a las últimas dos carreras triples que son las últimas carreras del día. Hay varios tipos de carreras. De los jugadores, diré, que la mayoría son profesores y humanistas. Hay pocos científicos. El otro día estaba con un profesor de matemáticas que va de la primera carrera hasta la última. Juega por tiempo. Le achunta harto, tiene casi mi mismo sistema. Tengo otro amigo que lo conocí también ahí. No se cómo acierta. Yo le gano porque acierto más que él, pero él es más inteligente que yo para jugar. El juega solamente dobles: dos carreras nomás. Dos caballos aquí y dos caballos allá. Cuatro mil pesos la apuesta y gana cincuenta mil pesos y se va. Yo gano cincuenta mil y lo juego todo en otra carrera.  

Del cuidado diré que depende de los preparadores. Es un oficio que se hereda. Los buenos consideran todo tipo de particularidades. Uno me comentó que tiene caballos de compañía. Que a muchos caballos les gusta dormir acompañados porque son inquietos o están turbados. Entonces les meten un caballito para que conversen y estén tranquilos. Son técnicas de los preparadores. Los malos en cambio se confabulan con los jinetes y no los alimentan quedándose con la plata destinada para ello.

La mayor satisfacción que tuve en mi vida fue con las carreras. Entonces trabajaba en un aserradero en Pitrufquén. Estaba seco. Había ido a Temuco a jugar y gané la primera carrera. Volví a jugar y perdí. Esa noche volví a Pitrufquén y la pasé sentado frente al televisor mirando la decoración barata de la que yo formaba parte también. Hipnotizado, miraba el papel mural descascarado, los hongos en el techo, las manchas en el sillón sobre el cual estaba sentado y que parecieran estar a punto de articular una palabra. A la mañana siguiente volví a Temuco con mi libro del Hipódromo. Estudié la carrera detalladamente y jugué la trifecta de seis lucas y en eso escucho a alguien decir que había pozo en la superfecpta. Me devolví de mi asiento a jugarla. Son cuatro caballos y en la trifecta son tres. Ganó mi caballo, el segundo lo tenía y el tercero también. Me había sacado la trifecta y también la superfecta. Me pagaron trescientos ochenta mil pesos la trifecta más cuatrocientos cincuenta mil pesos la superfecta pero al cobrar me dijeron que eran cuatro millones y medio. El pozo era mayor. Ese día gané cuatro millones y medio de pesos con mi sistema de apuestas. Salí del Teletrak con los cuatro millones repartidos en el cuerpo e hice parar un taxi para que me llevara al hotel San Nicolás. Entré al hotel y me quedé a dormir en Temuco.

 

+ Verónica Echeverría (Santiago, 1992), estudió literatura y actualmente trabaja como profesora de español.