Empiezan ciertos pliegos de piel a estirarse o contraerse. La piel obedece a los cambios que hemos realizado en nuestra dieta y cada célula se estira o se contrae, generando algunas impresiones. Nosotros, abyectos observadores de nuestro cuerpo, podemos concebir cada una de estas dilataciones o contracciones mejor que nadie.

Nos acercamos sin duda a la mejor de las fiestas: hemos entendido que la observación constante –y solo esta- nos puede llevar a conclusiones de asertividad completa. Pero lo interesante es lo que sucede cuando se involucra un observador externo. La situación de pronto se vuelve apabullante.

Miramos nuestros cuerpos en el espejo, sin ropa. Pensamos, meditamos, tocamos y aclaramos cuáles fueron las variaciones. Planeamos las que podrían seguir los días que vienen. Dejamos que el cuerpo repose, lo vestimos y salimos a la calle. Entramos a un salón con el ánimo jovial: esperamos que alguien comente nuestras observaciones hechas durante la mañana. Entendemos que si el reciente cambio asimila observaciones negativas (siempre ligadas al engorde) nadie dirá nada. Es solo cuestión de cortesía. Son las dilataciones propias del objeto que no queremos que el ojo externo identifique y si algún comentario nace de estas prolongaciones, entonces actuamos como afectados, tratando de culpar a las prendas que ese día equivocadamente escogimos.

Pasa, por el contrario, que la felicidad es extrema cuando el ojo externo menciona los cambios ligados a las contracciones de la piel, “ya casi no te queda panza”, “qué flaca estás”. Las mejoras del cuerpo en cuestión han llegado a ser observadas por un ojo externo y ese comentario rejuvenece las células de la piel. El júbilo indudablemente se dispara escalinata arriba.

Perjudicialmente, ambas situaciones se presentan como hechos sumamente aislados. Hay que recalcar que ser capaz de observar un cuerpo externo como observamos nuestro propio cuerpo es casi una tarea imposible. Solo lo notaremos cuando un cambio sea evidente. Y bueno, pasamos a la maniaca y desesperada falange del empecinamiento. Vivir en la observación constante y detenida de un cuerpo para llegar a conclusiones asertivas se torna, a ratos, en un infierno. El espejo, nuestro cuerpo, sus deformidades, el asco, la piel, la luz blanca y así.

 

+ Victoria Donoso (1992), es Licenciada en Letras de la Universidad Diego Portales. Actualmente trabaja en el Departamento de Extensión Cultural de la Biblioteca Nacional de Chile.
+ Imagen Eric Fischl