Por Francisca Feuerhake
Imagen: Andy Warhol con la gente de la Factory, 1968.

Andy Warhol dijo que envidiaba a Barnett Newman porque había ido a muchos más eventos culturales que él. Con o sin ironía, la frase despierta diversas animosidades frente a este par de bon vivants, cuyos detractores más benevolentes dicen que se hicieron ricos solo gracias a su imagen y amistad con celebridades de la época como John Lennon, Brigitte Bardot y Liza Minnelli. Incluso en los 60 se pensaba que Warhol se colgaba del magnetismo y belleza de su musa Edie Sedgwick, que realmente no hacía nada.

En una entrevista en una galería de Londres cuyo nombre desconozco, le preguntaron a Andy lo siguiente: ¿Cuanto de tu éxito artístico crees que es un resultado de tu imagen personal, de ti mismo como obra de arte? Andy contestó: “Bueno, eso es lo que dice todo el mundo. No lo sé. Yo trabajo, trabajo todo el tiempo”. Así Warhol se sacaba de encima el prejuicio más doloroso para un artista: el de flojo apitutado. Es conocida la idea de que los artistas necesitan tiempo de ocio para crear, para entrar en un estado mental de tal lucidez acerca de sí mismos y del mundo alrededor, que les permita desplegar el genio artístico de la manera que les nazca. Por el contrario, también se esparce el discurso de la creación artística como un mero trabajo riguroso que tarde o temprano debe ceñirse a horarios fijos, de lo contrario el artista puede resbalar por el tobogán del whisky y el jale, frecuentando exposiciones de la competencia y dando la lata acerca de proyectos que aún no están ni cerca de ser ejecutados.

Este personaje generalmente no tiene vergüenza a la hora de prometer novedades y hablar de sus originales investigaciones y técnica, y no se arruga a la hora de criticar a quienes efectivamente tienen algo hecho. Se toma la vida cultural como un trabajo a tiempo completo. Vive de noche, se arrastra de galerías hasta teatros y es fácil encontrarlo en el Baco compartiendo una botella de vino con quién sabe qué belleza femenina o pintor empobrecido. Suele merodear al artista oficioso, ese que trabaja, y le chupa su sangre a punta de comentarios siniestros como “me habían dicho que tu trabajo era pésimo, pero ahora veo que es divino” y el pobre interlocutor queda destruido por meses, mientras nuestro encantador socialitè se debate, satisfecho después de un día de hacer nada, entre qué chaquetita de terciopelo vestir para la avant premiere de esta noche.

De más está decir que el hombre cultural puede también ser mujer, siempre elegantemente descuidada, protagonista de cuanta foto en algún diario pueda conseguir. La experiencia de hablar con ellos, es sublime. El hombre cultural es encantador: si bien no necesita tener cara de musa de Modigliani, como es el caso de la mujer cultural, que sí necesita ser bella para tener alguna relevancia en ese mundo, hay un elemento facial que lo hace especialmente adorable y que él mismo explota para constituirse como objeto de deseo: una nariz protuberante, una dentadura graciosamente irregular o un ojo bizco bajo un par de cejas pobladas. Hay algo en su miradita incineradora que logra atrapar y paralizar a su víctima, quien generalmente se encuentra desnuda y vulnerable a cualquier comentario. El hombre cultural lo adopta, al pobre artista, y él, niño huérfano, se deje acariciar por la garra sucia y fascinante. Este hambre por la debilidad ajena hace que el hombre cultural establezca alianzas con las minorías discriminadas, pero luego las desprecia en privado. Es que pensar por sí mismo es de las cosas que mas difícil se le dan. He ahí la raíz de su mediocridad.

Al momento de llegar a su casa y tirar la chaquetita en cualquier parte y pegarle una patada al perro que no tiene culpa de nada, el hombre cultural abre sus redes sociales y dispara comentarios corneteros como metralleta. No duerme pensando en su próximo proyecto, que seguramente fracasará, porque lo va a invadir la abulia, el sinsentido y luego la soberbia. Afortunadamente, no es tan terrible, porque a la noche siguiente se estrena una obra en Matucana 100, oportunidad perfecta para estrenar los zapatitos de gamuza que se compró ayer.

-Francisca Feuerhake es licenciada en letras de la Universidad Católica. Inventó los videos de la vieja cuica y está por publicar su primera novela con Hueders.