1.

He vuelto a soñar con ellas como si lo hiciera con una antigua mascota atropellada o un peluche perdido.

En mis sueños, todavía las veo arrastrarse por el borde de la muralla con paso nervioso. Intento –y aquí no hay imágenes inventadas-, golpearlas, ahogarlas, envenenarlas, quemarlas vivas. Los métodos y procedimientos son múltiples. Algunos tienen éxito, otros no tanto. Una máquina de exterminio que me gusta confundir con una forma torcida de amor.

Sé que sólo buscan un poco de comida y otro poco de calor, pero eso no basta para salvarlas de mi castigo.

Es ellas o yo.

 

2.

Cuando despierto de mis sueños, lauchitas, ratones, ratas y guarenes, me recuerdan que alguna vez fui una asesina.  Todo empezó el 2001 cuando me mudé a Brooklyn. El barrio era Williamsburg, el mismo de Henry Miller, quien estoy segura, supo antes de mouses  y rats que de erecciones. En esa época había muchas cosas que desconocía. Y era mejor así. La ingenuidad otorga ligereza y la ligereza esperanza.  

No sabía por ejemplo que las criaturas más salvajes de la ciudad rara vez circulaban por su superficie. Se escondían bajo tierra o arriba en las alturas. Te las encontrabas de repente, casi como un espasmo, en las profundidades del subway o en algún techo abandonado.  Una noche, una criatura aparentemente humana, alta, maciza, vestida enteramente de cuero me siguió por un pasillo de la estación Union Square. Tenía una máscara de latex negra que sólo dejaba ver los huecos de sus ojos y una especie de bozal en lugar de una boca.  Si bien podía adivinar que pertenecía a la especie de los sadomasoquistas, esa certeza tampoco me tranquilizaba. Sentía su respiración ahogada detrás de mi nuca. La punta de sus bototos a punto de rozar mis talones. Estuvimos caminando así un buen trecho. Brian de Palma habría adorado la escena pero yo sólo rogaba no ser descuartizada. Al llegar a una intersección dobló hacia una de la salida a la calle. No se giró, no me miró, no dijo nada. Simplemente desapareció en la superficie.

Otra noche me encontraba meditando conmigo misma en el deck del Empire State, cuando noté que el neón del rascacielo que cubría la punta era asaltado por una manada de polillas. Cientos de mariposas nocturnas revoloteaban enloquecidas, chupando su luz. Dado que me encontraba casi tan alto como ellas, podía verlas como si estuvieran girando alrededor de la lámpara de mi pieza. ¿Cómo habían subido los 443 metros de altura que las separaba de la tierra? ¿Cuánto tiempo habían tardado en su escalada hacia el neón verde? ¿Estaban conscientes de cómo regresar? Crazy polillas.   

Justo cuando creía conocer todas las plagas de la ciudad –mosquitos invisibles que te picaban en grupo hasta hacerte gritar de dolor pero no dejaban marcas; bed bugs o chinches silenciosos que te tatuaban islotes en las piernas-y me aprontaba a matar con la tapa de un libro a una vulgar cucaracha, esta sacó un par de gruesas alas del torso y emprendió vuelo. Me quedé boquiabierta. No tenía la más mínima idea de que el calor y la humedad les activara ese tercer ojo. “Lo peor es cuando vuelan hacia ti. Son lejos lo más grossy (asqueroso) del verano” me comentó mi vecina.

En una metrópolis tan tozudamente de cemento no debería haber espacio para la biodiversidad. Mosquitos, chinches, hormigas de asfalto, arañas, baratas y polillas; su existencia entre tantos humanos, es de por sí una subversión al orden natural. Se puede ser gaviota en Nueva York, sí,  porque rápidamente te acostumbrarás a alimentarte de papas fritas con kétchup en lugar de peces en las playas de Coney Island. Se puede ser ardilla y robarte de la mano un cuesco de manzana. Se puede ser gato y bostezar frente a un ratón. Metamorfosis y adaptación es un mecanismo de defensa personal que todos, humanos o no, aprendemos.

De esta ciudad no sales igual a como entraste, era una frase que ya había escuchado o creído escuchar una noche de borrachera con Stuart, mi amigo americano. Mientras no me salieran alas, yo no podía escapar.  

 

3.

Las estadísticas hablan de seis ratones por habitante en Manhattan, lo que suma un total de 48 millones de roedores en la isla. En un solo año, una rata hembra puede dar a luz 285 ratoncitos.  ¿Cuándo llegaron? ¿Por qué no se van? ¿Cómo han sobrevivido a exterminadores profesionales, venenos de última generación, atentados terroristas y crisis económicas? ¿Se va acabar el mundo y ellos van a seguir vivos?

Los neoyorkinos se toman una copa y empieza el desahogo ratonil.

Cuando la ciencia es incapaz de darnos respuestas lógicas, surge el mito. Sobre los ratones neoyorkinos circulan toda clase de leyendas. Hay quienes señalan que son seres excepcionales dotados no sólo de una inteligencia superior sino también de una inmunidad a prueba de todo. Saben digerir venenos que matarían a un gigante, capear incendios, virus y enfermedades. Dotados de una prodigiosa rapidez mental, encuentran en cada perforación, una nueva posibilidad de desplazamiento. Se cree que los trajeron los holandeses en sus embarcaciones cuando fundaron New Amsterdam en el siglo XVII. Que se reprodujeron ante la amenaza de los levantamientos de rascacielos de comienzo de siglo. Que saben dónde se encuentran las catacumbas clandestinas construidas por los primeros indios de Montauk. El hecho es que hoy día la ciencia es capaz de clonar ovejas pero no de reducir la sobrepoblación de estos mamíferos tan universalmente rechazados.

Nadie entiende por qué se han atrincherado entre Manhattan, Brooklyn y Queens y no en Santiago, Pekín o Dubai. Nueva York es la ciudad más infectada del mundo. El globo es extenso y sin embargo, ellos se niegan a abandonar las cloacas y túneles del subsuelo neoyorkino. Los expertos le echan la culpa a la comida: la exageración de restaurantes en cada cuadra hace que diariamente toneladas de lechugas congeladas, bagels, quesos cheddar, mermelada de maní, terminen en manos de avispados ratones. Nueva York es el basurero más grande del planeta, en otras palabras, el paraíso de las criaturas no domesticadas. El día en que aparezca un ratón en  África va a significar que el hambre se acabó en el mundo. La literatura mamífera –Camus, Baudelaire, Bukowski- explica la idea del ratón como metáfora de la decadencia de nuestra civilización. El ratón como consecuencia de nuestra asquerosidad.

¿Y si la primera erección de Henry Miller sucedió apuntando un little mice?

Los científicos saben que los ratones se parecen a los humanos. Estudiándolos a ellos, nos estudian a nosotros. Los famosos ratoncitos de laboratorio. Pues bien, yo creo que los científicos no nos dicen la verdad. O no toda. He llegado a pensar que los ratones han creado un sistema de telepatía que les permite traspasarse información. Si no, ¿cómo se explica que cada vez que sorprendí a uno en mi casa, aparecía otro al aguaite, pronto a salir?

 

4.

Vuelvo al 2001. Antes de divisar mi primer ratón, me cruzo con gatos. Muchos gatos. Todas las personas que conozco tienen cats en sus casas. Los delis, almacenes y farmacias también. Pronto descubro que los gatos están ahí no para ser acariciados, mimados, ni mucho menos contemplados; su misión es espantar a los ratones. Son bienes de utilidad pública. Como una alarma o un repelente. Adopto uno para mí. Decido no castrarlo porque la castración es algo triste y violento. Consecuencia: mi gato macho adolescente, Kirún, recogido de una bodega de Bushwick, se la pasa en los techos de Brooklyn con su pandilla de gatos. Los ratones le importan un bledo.

Quedo desprotegida en casa. Un domingo de abundante nieve, con especial de 24 horas de Sinatra en la NPR, National Public Radio, aparece el primer bicho en el living.

Es tiernucho. Chiquitito, con una cola firme y larga, nariz juvenil, de piel gris brillante. Un amigo chileno que ha venido a socorrerme, propone beber un vino mientras esperamos que regrese. Lo hace cuando cae la tarde y nosotros dormitamos. Ya familiarizado con el asunto, mi amigo se ríe de mis gritos. Para demostrarme que todavía no he visto lo peor, lo agarra de la cola y le ata un hilo de lana roja. Me cuenta que es algo que él suele hacer para identificar si el ratón que merodea por su departamento es el mismo del día anterior. Una manera de adoptarlo, de hacerlo conocido, de perdonarlo y por qué no, de quererlo. ¿Y si lo matas?, le pregunto. ¿Para qué? Nunca vas a poder eliminarlos a todos, me dice. Nadie ha podido.

Compro mis primeras trampas. Durante los años sucesivos, esa rutina de exterminio se convertirá en un hábito; poner las láminas de goma cerca del calefactor (por donde suelen salir), escuchar su chillido en la mitad de la noche, esperar que termine su lucha por despegar patas y dorso, reconocer el último suspiro, agarrar la trampa y botar el ratón muerto a la basura.

Ojalá fuera siempre tan simple. Mis siguientes cazas terminan en eventos traumáticos, algunos de verdadera tortura sicológica y enfrentamiento armado. Están arreglando el metro Bedford en la esquina de mi casa y eso significa plaga de ratas huyendo de las máquinas. Corren por el patio de mi edificio, cual ardillas o liebres en LSD. Para abrirme paso entre ellos, uso un palo.

Lo peor ocurre indoors, en casa. Me encuentro con ellos adentro del refrigerador y en el water. Descubro un nido de comida (robada a mis espaldas), detrás de la cocina. Hay huesos de pollo, pedazos de queso, galletas a medio comer, un banquete en miniatura y perfectamente ordenado que barro enternecida y asqueada. Una mañana noto que hay una laucha adentro del horno picoteando restos de pizza y sucede lo impensable: le prendo el gas.  Escapa.

Aprendo a tapar cada hoyo con pasta muro, a lavar las tazas que uso, a botar la basura todos los días, a dejar el equipo de música encendido porque las ondas magnéticas los espantan. El plan del ratón es aparecer cuando tú no estás pero muchas veces se equivocan. Sus errores los ponen aún más paranoicos y nerviocillos. Fantaseo con encontrarme con Speedy González el ratón mexicano, relajado debajo de una chupalla, rascándose la guata. Por un momento me dan ganas de consolar a los hiper-alerta ratones norteamericanos. De recetarles ravotril y decirles que está todo bien, que equivocarse es algo propio de los mamíferos, que la vida no se reduce a husmear entre las paredes intentando no ser visto. Vuelvan más tarde, cuando yo no los vea y no me vea obligada a pegarles con una escoba en la cabeza.

 

5.

A veces cuando quiero recordar el lugar que las criaturas ocuparon en mi biografía, releo algunos pasajes de mi novela Memory Motel“Desde mi llegada a River Street había visto ratones de distintos tamaños, formas y personalidades; desde inofensivas lauchitas negras, tímidos y vivarachos ratones adolescentes, a obesas ratas genéticamente modificadas a conejos. Reconocía sus perdigones de caca al primer vistazo y sabía que bastaba encender la luz para que desaparecieran asustados por un agujero de la pared. Cuando creía que se habían metido en un barco rumbo al fin del mundo, volvían a aparecer, vivos, moribundos o muertos; ya sea adheridos a las trampas de pegamento que dejaba en la noche, nadando envenenados en la taza del wáter, escurriéndose astutamente por uno de los fuegos de la cocina o escondidos detrás del calefactor, donde podían quedarse horas hasta volver a salir”.

La costumbre quiso que escribiera sobre ellos, que reemplazara el grito de asco por una simple mueca. Aún conservo copias de las cartas de reclamo que le envié al dueño del inmueble, el especulador inmobiliario, Jason Moore. Yo y mis vecinos lo   amenazamos con querellarlo ante el Departamento de Salud Pública. Nunca respondió. O puede que haya dicho algo supuestamente divertido como “Welcome to Brooklyn”.

Un día, junté dinero y llamé a unos desratizadores profesionales italo-americanos de New Jersey que se referían a las criaturas como los “motherfuckers”. Creí haber encontrado mis superhéroes. Desistí de la lucha. Acepté la convivencia.

Hay algo a lo cual nunca me acostumbré.

Me levanté todavía semidormida de la cama y le pegué dos patadas a la puerta del mueble del lavaplatos”, releo en Memory Motel. “En lugar de arrancarse por el interior de las murallas hasta los túneles del metro, el bicho insistía en encontrar una salida a la cocina. El ruido de su invisible arañeo me alarmaba tanto o más que ver su silueta deslizándose por el borde de las  murallas, como si pudiera emerger de ahí algo que nunca antes había visto.

Prefería verlos que escucharlos.  

 

6.

El último ratón que maté antes de regresar a Chile el 2009, era algo así como el Comandante en Jefe. Gordo, de gran calibre, largo. Un gatito con sobrepeso y mal parido. Subía y bajaba por las cuatro esquinas de la cocina de manera retórica y agresiva. Nada lo amedrentaba. Yo y mi pareja de entonces, optamos por ser tan guerrilleros como él: le tiramos una olla de agua hirviendo encima. El resultado fue el pobre tipo carbonizado pero vivo, corriendo por todos lados hasta finalmente desaparecer por un agujero y no regresar más.

Es una de las últimas imágenes que guardo de una criatura que nunca quise asesinar y que hasta hoy día me produce una turbia fascinación: la del victimario y su víctima.

Aunque nunca haya terminado por entender quién es quién.

 

7.

Hace poco vi una lauchita muerta en el jardín de mi casa en La Reina. La tomé de la cola y se la mostré a mis hijos. Nunca habían visto un ratón en su vida. No hubo asco ni pena, sólo una sensación de infinita familiaridad con ese ratón que parecía el último en la tierra.

Al caer la tarde lo enterramos. Fue un funeral breve, un epílogo feliz para una historia que hasta entonces no había tenido finales de ninguna especie. Me había reconciliado con la criatura o eso creí. Podía dormir en paz.

Creo que fue entonces cuando volví a soñar con ellas.

 

8.

Me pregunto por qué nunca se me aparece el hombre de la máscara de latex. En mis sueños que en realidad ocurren de día y con los ojos abiertos, veo a un grupo de guatemaltecos haciendo un asado en el parque Mc Carren, cerca de mi casa. No quiero creer que es cierto, pero la cola no me engaña: están asando una rata.

 

+ María José Viera-Gallo (Santiago, 1971). Periodista y escritora. Sus primeros cuentos se publicaron en el suplemento “Zona de contacto“ de El Mercurio bajo el seudónimo Anita Santelices. Ha publicado las novelas Verano robado (2006) y Memory Motel (2011), el libro de relatos Cosas que nunca te dije (Tajamar, 2014) y Química y Nicotina (Hueders, 2016) en conjunto con el escritor Maori Pérez.
+ Imagen: Katharina Fritsch