En el voto que eché a la urna el 2017, escribí “AC” en una esquinita. Era un llamado que había leído en algunos grupos de izquierda en Facebook. La idea era que esas dos letritas, que significaban “Asamblea Constituyente”, se manifestaran de alguna forma en el imaginario del Estado. Ahora pienso en lo terriblemente estúpidos que habíamos sido todos los izquierdistas millenials que habitábamos en las redes sociales durante ese tiempo como para pensar en que esas dos letritas arriba del papel significarían algo. No salió ni en las noticias. Sin embargo, creo que ese fue uno de los primeros síntomas de esta gran y hermosa fiebre. Porque la urgencia de una nueva constitución estaba en el corazón y en la boca de los chilenos y chilenas desde hace mucho tiempo. Casualmente nadie de mis amigos, ni de mis profesores o compañeros, tenía muy claro su contenido, pero no necesitábamos leer esa carta para cuestionarla: la había escrito Jaime Guzmán, el creador de la UDI bajo la dictadura de Pinochet, el creador de las tumbas sin fondo y el pecado vitalicio. Para mí con eso bastaba para echarla por el wáter, pero aquí en Chile no funcionan así las cosas. Vivimos en la tierra de los malos ganadores. Aquí nos restriegan en la cara nuestra derrota y después dicen que los que no queremos avanzar somos nosotros.

El jueves no quise prender la tele, ni mirar las redes sociales. Por salud mental, me tomé unas vacaciones psicológicas que durara veinticuatro horas. El viernes fui al trabajo. Cuando llegué, revisé Instagram y ahí lo vi. Algo se había ganado, decían, pero ¿qué? Una nueva constitución. Era cierto, después de una teletónica discusión entre congresistas, se había llegado al acuerdo de que se comenzarían todos los trámites y artificios para encumbrar este nuevo volantín de la esperanza. (Miren qué fresca y acaramelada imagen patriótica). Al principio me puse contento. A pesar de todas las críticas de las personas afines a mi discurso político que mantengo en las redes, quise mirar el vaso medio lleno. Habíamos ganado algo después de todo. Aunque con el pasar de las horas, el vaso se me fue vaciando, gota a gota, por un par de ranuritas imperceptibles pero no por eso menos reales.

Primero, le cambiaron el nombre de “Asamblea” a “Convención”, un término que les acomoda más a la clase política, porque quizá la palabra “Asamblea” les sonará a universidad tomada o colegio en paro, qué atroz. Después supe que le habían mantenido el quórum, o sea que el gancho lo seguiría tirando Jaime Guzmán con sus dedos esqueléticos desde la ultratumba. (¿Qué más iba a pasar, Gabriel, si negocias guillotinas con el verdugo?) Por último, y lo que más me dio rabia, era que parecía que alguien, o un grupo de álguienes, había concertado este último gran pacto social para ponerle fin, en nombre de todo el pueblo, a la revuelta chilena de octubre. Organizaron a un grupo de chupafusiles artistócratas para que cubrieran a la Plaza Dignidad con un manto blanco, a la manera de una mortaja fúnebre. Escribieron la palabra PAZ arriba de nuestra cruz sin saber qué significaba. Personas A Zapato, dijeron unos. Policías Atacan Zurullos, gritaron otros. Pipiolos Aceptan Zumba, concluyeron los demás.

En este momento me siento un tanto derrotado, pero a la vez victorioso. Este pesimismo militante que llevo hace un tiempo no me permite celebrar nada. Siento que avanzamos con la complacencia de Orfeo hacia la salida del reino de las tinieblas. El frágil espíritu de Eurídice camina detrás de nosotros con sus pies ligeros y fantasmales. Si miramos hacia atrás; si traicionamos la confianza de Perséfone, la madre de la primavera (que representa a los cambios y por lo tanto al pueblo) habremos traicionado al armónico devenir de la existencia. Nuestra Eurídice habrá desaparecido y “de esta vida al fin, habremos perdido toda esperanza”.

Hemos sido testigos de algo muy hermoso y terrible al mismo tiempo. El desprendimiento de un glaciar enorme. La muerte de un cisne. Una flor en la cuneta. Todas estas, imágenes de muerte y vida coexistiendo dentro de un límite finísimo. La Plaza Dignidad guarda al mismo tiempo gritos de dolor y cánticos revolucionarios. El suelo de la Alameda guarda la tibieza de nuestros pasos marchando firmes y la sangre brotada de las cuencas oculares de nuestros compañeros. Nada muere en esta tierra. La muerte es una noción que mantienen los vivos. En sí, la vida no deja de fluir. Todo lo arrastra el peso del tiempo y las generaciones. La lucha no termina con un final melodramático; con aplausos grabados y un telón blanco cubriendo a los actores, mientras los de siempre reciben las flores de la presentación. No. Así no es. Creo que es necesario confiar en que estamos ganando. Que sus performances baratas no nos digan lo que tenemos que pensar. No hablemos de normalidad todavía, porque este país no es normal desde hace mucho tiempo; porque estamos estratosféricamente lejos de la normalidad desde que dejamos morir al primer enfermo por falta de plata; desde que permitimos el suicidio del primer anciano por pensiones de hambre; desde que algunos comenzaron a hacernos pensar en que era necesario echarle un puñado de personas cada cierto tiempo al dios miserable del capitalismo norteamericano. Hace tiempo que no somos país. Con suerte somos la fotografía de la fotografía de un paisaje. No miremos hacia atrás por falta de fe. Eurídice todavía nos acompaña. La lucha se acaba cuando el pueblo así lo diga.

+Alex Saldías es profesor y escritor. Su novela Ecos fue publicada por La Pollera.