Hace casi dos semanas granizó en Santiago. Había hecho mucho calor y de un día para otro hubo una lluvia torrencial que incluía esta caída de hielo altamente escandalosa. Cuando dejó de llover aproveché el aire puro para salir a comprar cigarros y en el negocio escuché a dos adolescentes conversando. El clima está más raro que anciano escuchando Skrillex, dijo uno. Se rieron y yo me reí, aunque el clima invernal se me hace tan nostálgico que jamás se me ocurriría pensar que es gracioso.

A mí el granizo siempre me recuerda a Temuco. A jugar a la guerra en invierno con los primos hombres. A que los primos hombres sean Estados Unidos y yo con mis hermanas seamos Hiroshima y Nagasaki. Me recuerda a salir con un frío de mierda y atrasada en la mañana. Yo creo que por eso la noche después del hielo (que casi fue nieve) soñé con Temuco. Soné que iba a mi antiguo colegio de monjas y agarraba a todo el mundo a metralletazos. Las monjas corrían despavoridas y la inspectora se escondía con los alumnos en el casino. Con las monjas tuve piedad, me parecen chistosas (creo que pueden hasta volar) y además una de ellas -que apenas hablaba español- me regaló un cancionero de Ace of Base, cuando iba en 5º básico, creo. Con mis compañeras de curso me ensañé, lo mismo con un par de profesores que recuerdo perfectamente y que bien merecido se lo tenían.

Desperté antes que llegara CNN, el FBI, los pacos o lo que sea se supone que llega en esos casos de matanzas escolares. Desperté sin ninguna culpa y con ganas de ver a mi abuela, que vivió toda su vida en Temuco pero ahora vive en Santiago en la casa de mi mamá.

A mi abuela que es diabética (además de adicta al azúcar) la cuida una señora de Venezuela que se llama Dulce María. Dulce. Y me parece hermoso su nombre pero es como ser una abuela celíaca y que te cuide la señora Celia.

Para mí, mi abuela siempre va a ser Temuco, pero lo bueno de Temuco, junto con la Feria Pinto, la laguna del Estadio, el terminal de buses para ir a Puerto Saavedra, las copas de agua gigantes y las araucarias. Las araucarias y los boldos. En Temuco aprendí que los árboles más lindos, como todos los del Cerro Ñielol, están obligados a convivir con la gente más insoportable de Chile. También aprendí que todas las monjas tienen algo de Almodóvar, aunque sea un poco.

La melliza de mi abuela murió un par de días después del granizo. Por decisión familiar casi unánime, nadie le ha dicho ni le dirá nada a mi abuela. Tampoco tiene cómo enterarse, porque la otra melliza aún vivía en Temuco y mi abuela no va a salir nunca más de Santiago. Si hubieran vivido en la misma ciudad sería casi imposible lograr que no lo supiera. En Temuco aprendí igual que el dicho Pueblo Chico Infierno Grande es una gran verdad.

Tampoco quisiera decir que Santiago es un paraíso, creo que nadie puede decirlo. Aquí en la capital he aprendido con lágrimas, sudor y sangre las cosas que se aprenden en la adultez, como a distinguir el amor de la adicción a los fármacos y a no saltar rejas en estado de ebriedad, menos si uno está cerca de Clínica Las Lilas. Cerca de la Posta Central salen más baratos los errores. Creo que en el episodio de salto de reja lloré más cuando vi la cuenta hospitalaria que cuando me vi la cicatriz enorme que me iba a quedar. Ahora, como el tiempo hace lo suyo, me gusta mucho esa cicatriz, que es como una herida de guerra, pero no de una guerra contra Estados Unidos o primos hombres, sino una guerra de Yo contra Santiago.

Una vez, sin querer pero queriendo, a lo Chavo del Ocho, mi abuelo de Temuco me mostró cómo enseñarle a mi cuerpo que el tiempo no se detiene, aunque uno sea dramático. Dijo: Come ají, del más picante. Come harto de una pura vez. Ahora espera siete minutos. Parece que nunca se va a acabar pero todo el dolor al final se pasa.

 

+ Josefina González (Santiago, 1983). Se ha dedicado a distintas áreas de la producción creativa: música, pintura, ilustración y actuación tanto en cine como en teatro. El año 2017 lanzó su disco No Todo Se Trata Del Amor Pero Casi Todo (Infinito Audio). Ha publicado los fanzines de humor “Mundo Absurdo” #1 y #2, además del libro Cómo cuidar de un pato (Overol, 2018).
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