Es viernes, una noche de verano oscura ante la mirada de la virgen. Su figura sacra es completamente blanca, un poco más que la falopa que el Vladimir dibuja con su pase escolar. Su rostro fotografiado con expresión de canero se queda con restos de polvo y lo viste con disfraces chistosos: de repente una peluca, un bigote o un lunar cerca del labio. Somos cuatro en una banca metálica que pintaron de color verde. Puente Alto está lleno de estatuas de la virgen y bancas verdes, regalos del alcalde facho. Un ejército de Marías de yeso se dispersa por toda la inmensa comuna. En cada esquina desechada por la planificación urbana una virgen sapeando, recordándote que dios existe y que ella es su madre, que fumar pito es malo, que jalar es peor, que existe un lugar más miserable que el que ya habitamos y está disponible para arder el resto de la eternidad. Para demostrarlo quemó todas las plantas, todo el pasto, todas las flores. Verdes eran en el invierno porque las regaba la lluvia, ahora amarillentas porque no las riega nadie.

El Vladimir se esmera en que todas las líneas queden iguales, el socialismo de la coca. Al levantar la vista hacia la virgen, siento que sus labios se tuercen en una mueca de angustia que me recuerda a mi madre. Me escapo de su maternal caracho acariciando los largos dedos de Ariel, que también la mira pero imperturbable. Quizá no vemos a la misma virgen.

El día que conocí a Ariel era el cumpleaños número veintidós del Iván. Yo había estado en quince de ellos, descontando ese año en el que no tuvo celular ni facebook e intentó lanzarse al Río Maipo para morir joven como Hans Pozo. Iván era mi mejor amigo, y también fue mi primer amor. Después de cantar el cumpleaños feliz con extrañas entonaciones y bromas que ya no le hacen gracia a nadie, partimos la torta en ocho. El tenedor a la boca y, tras masticar un par de veces, sentí mi lengua atrapada en una extraña encrucijada, como un pez abisal envuelto en redes de nylon. Al alzar la cabeza vi el asco en las caras de los pocos invitados. Se trataba de un verdadero nido de pelo negruzco al centro del pastel, repartido hasta los diferentes platos. Tanto era el pelo que las almendras y el manjar dejaron de ser el ingrediente principal. A pesar de la náusea colectiva, jugueteamos con la torta usando los tenedores como arpones, como esperando encontrar crías en aquel nido viscoso.

En el Unimarc no querían cambiarla porque el producto fue elaborado por una empresa externa. Con Ariel fuimos a recorrer los pasillos mientras el resto del sindicato cumpleañero discutía con la encargada del local. Sin decir nada, empezamos a guardarnos cajas de té, frascos de nutella y algunas botellas de cerveza. Salimos de la mano y sonriéndole al guardia. Nos sentamos en la cuneta a la espera del resto de los invitados, me dice su nombre y le digo el mío, matamos la espera repasando historiales delictivos.

La falopa está lista y nos turnamos sin hablar. Ariel sonríe cuando jalo. Sigue con atención nuestras caras para ver el momento exacto en el que la línea hace efecto. Sé que es su droga favorita. Sé que la compró el Iván en la Rosita Renard, una pobla que queda a un costado del Estadio Nacional, cerca de su pega. Se que se peló treinta lucas del puesto que atiende en la feria y quiere despertar con la billetera vacía. Yo lo entiendo porque no hay nada más gratificante que repartir botines con los amigos, bajarse de la micro con la mochila llena y darle de probar al que quiera. Abrir frascos con hambre, un hambre que nace desde el encierro aletargado, del estar siempre atrapado en la misma población y saberse de memoria el paisaje y el pasaje.

Caminamos por la Nocedal hasta la casa del Vladi. En las paredes del living su cara adorna los cuadros, un tanto estrangulada por la corbata escolar en cada una de las graduaciones. Lo echaron cagando del colegio en séptimo cuando prendió un porro en el patio, así que no aparezco en sus fotos ni él en las mías. Ariel se aburre. Se inquieta. Cruza las piernas y las separa y las vuelve a cruzar. Agita mis manos junto a las suyas. Le veo la maldad en los ojos al levantarse y descolgar los cuadros de fotos.

-Bonito, fea, bonita, bonita, fea, feo, feo… Feo culiao-. decimos al llegar a la cara del Vladimir. Nos reímos a carcajadas. La mueca ingenua de su rostro persiste a pesar de la risa cruel.

Abrimos unas botellas de Báltica y ocupamos los cuadros para dibujar más líneas. A las tres de la mañana mi nariz sangra y siento pánico. Ariel me mira con ternura mientras me pone trozos de papel confort en la fosa derecha. Sus ojos son grandes y azules, lleva una melena negra como la noche misma y habla susurrando como el viento que se cuela entre las reparaciones con scotch y cartón en la ventana del living. El Tin-Tin empieza a ladrar porque andan unos gatos en el techo. El Iván pone a Prince Royce y gira la perilla hasta que en la pantalla dice VOL. MAX. Enchufan un micrófono y cantamos. Tres canciones después, Ariel se levanta de su silla arrastrándome de la mano. Quiere enseñarme a bailar bachata. Y el un, dos, tres ¡cadera! Y que me sale como la callampa, y terminamos revolcándonos por la fría cerámica mostrando las muelas y las caries de alegría.

Gritos y patadas a la reja interrumpen nuestras intensas sesiones de bachata. El Vladi sale todo duro y su mamá baja por la escalera haciendo crujir entera la casa. Un silencio sobre nuestros cuerpos como un cuchillo sobre carne cruda.

-¡Ya empezó esta maraca culiá a huear! Ayer nadie le dijo nada por el escándalo que tenía la hueona- dice la santa madre con una rabia que le sale desde las vísceras, casi tropezando en el penúltimo peldaño.

Con Ariel vamos pal patio de atrás y todo se vuelve un murmullo. Que no estuviera na’ hueando porque andaba con el GPS en los tobillos y a la primera se la van a llevar los pacos. Que cuál es la más maraca y que el marido de vo’ te dejó tirá. Que el escándalo de todos los días. Te voy a agarrar del pelo, conchetumare, y no te voy a soltar.

Ariel me tapa los oídos con sus manos pequeñas y me siento flotando con la boca hacia la luna. Todo se oscurece. El agua inunda los pasajes y los patios. Un río tibio de tanto apaciguar al inmenso sol rojo durante el día. El Tin-Tin nada a lo perrito en el vaporoso cause y le cuesta respirar de tanto esfuerzo. Las toallas colgadas en los cordeles del patio ondean hasta caerse. Un tigre blanco, Piolín y Alexis Sánchez se ahogan lentamente sin ofrecer resistencia. Ariel se agarra a mi cuello como una rémora, saca unas papelinas del bolsillo en un vaivén tembloroso y levanta el brazo para mantenerlas a salvo de la humedad. Pasa su lengua por todo mi rostro como esparciendo anestésicos antes de devorarme. –¡Ay, como el agua, como el agua, como el agua!- canta Camarón de la Isla en la radio pa’ todas las casas pareadas del barrio –Yo te eché mi brazo al hombro y un brillo de luz de luna iluminaba tus ojos-.

-Cuando los niños del jardín tienen pataleta les hablo bajito y les acaricio el pelo- dice Ariel en mi oído con una voz que no toca las cosas -Se calman al tiro, yo tampoco me resistiría a un cariñito- y ladea la cabeza buscándome la mirada, con una sonrisa que le hunde las mejillas entintadas en cochinilla.

Me cuenta que este año llegaron muchos niños nuevos al jardín de la JUNJI en el que trabaja. Hay haitianos, colombianos, peruanos, ecuatorianos y chilenos. En los almuerzos estableció la dictatorial regla de probar todas las comidas por si están envenenadas. Me cuenta que el paladar se le ha ido refinando con el tiempo. Que ha probado arepas y ceviches y porotos negros y pollo frito agridulce. Baja la mirada con el rostro atribulado cuando recuerda que está de vacaciones y que las clases vuelven en Marzo. Trato de animarle, le comento que en su nuevo trabajo verá a muchos niños.

-Eso sí -me responde ágil-. Lo más pulento es que la zapatilla con luces está de moda de nuevo. Me acuerdo caleta de mi niñez y el boom de la zapatilla con luces- Es como si nunca hubiese abandonado la infancia.

Aprovechamos sigilosos la ausencia de la hermana del Vladimir y en una rápida operación llegamos hasta su vacía cama. Nos enredamos en un beso amargo intentando intercambiar nuestras lenguas para siempre. Dejamos caer saliva que se desliza por los cuellos, por las pieles, por los sexos. Sus pezones son suaves como las almohadillas que tienen los gatos en las patas. De ti deseo yo todo tu calor, pa ti mi cuerpo si lo quieres tú. Una. Dos veces. Nos dormimos casi culeando una tercera. Dormimos en un abrazo tieso sin soltarnos, como si la cama fuese un ataúd en medio de un falso velorio, que montamos pa’ recolectar plata pa’ cuando se nos acabe la falopa y la sonrisa.   

Recuerdo que el velorio es una estafa y abro los ojos antes de que nos lleven al cementerio. Vamos en un barco fabricado con itauba y sucupira, el fresco aroma verde se nos impregna en las carnes. El pasto seco que rodea a todas las vírgenes de la comuna alfombra el suelo de la barcaza. Las aguas del Amazonas están en calma e intentamos disimular el sonido de nuestras respiraciones: Yacuruna duerme en el fondo del cauce. Aunque cerramos los ojos con fuerza, sabemos que hay miradas luminosas apuntando a nuestras cabezas. Niños yanomamis confundidos entre los juncos húmedos, cuchichean entre ellos en un idioma que no entiendo. Llevamos bolsas desde Amazonas hasta el Pacífico. Entre los empalmes de la madera intento descifrar las pinturas en sus cuerpos. Me pregunto si es el Amazonas o acaso el Nilo. No importa, por fin salimos de Puente Alto.  

Bajamos las escaleras de madera por la mañana, afirmando nuestras manos contra el muro. Toco los últimos peldaños con miedo al naufragio. No hay peor castigo que morir medio dormido, hallarse dentro de un cadáver con el sueño inmóvil e inconcluso. Hay gente nueva y sus caras me son familiares de algunas fiestas. La mesa está llena de latas y papeles de cuaderno arrugados escritos en lápiz grafito con restos blanquecinos. En algunos se leen las vocales, en otros, palabras cortas: ojo, ajo, paja, cojo, lija, teja. En la tele dan ese programa que muestra los departamentos nuevos en el centro. Me parecen todos iguales, y armo una paleta de colores en la cabeza: blanco, beige, café, gris, beige, café, beige, blanco.

-¿Y a cuánto está la UF?- me pregunta la Ariel. -¿Y to’a esa plata por una pieza y una cocina?- dice gritándole al plasma, a los que aún duermen y a la virgen de la plaza.

Nos metemos al baño apuradas porque la Ariel entra a trabajar a las nueve. Se desviste mirando el espejo. Inventa nuevas muecas y se estira la piel de la cara. Su risa se escucha con estruendo por toda la casa. La ducha tiene poca presión y el agua empieza a salir fría. Dice que no le importa y se mete bajo el chorro pegando chillidos y dando saltitos. Su danza me atrae como un señuelo y me meto en la ducha a abrazarla.

-¡Ay qué fría, ay qué fría!- dice en un suspiro besando tiernamente mis tetas.

Después de secarse el pelo tarareando una canción de Juan Gabriel, la Ariel se jala dos líneas de una falopa que tenía guardada en el bolsillo de su cortaviento. Lo hace tan fuerte que pienso que se va a desgarrar las carnes que le cubren el pecho. Miro atenta por si acaso se le asoma el corazón o los pulmones. Me ofrece pero le digo que no quiero, que prefiero tomar desayuno. Erguida como un flamenco, pasa el pulgar por la tapa del water limpiando todos los restos, y se dispersa lo recolectado en las encías como una niña lamiéndose los dedos pegajosos en medio de su cumpleaños.

Por la tarde me envía una selfie con el uniforme celeste de Bubble Gummers y la nariz roja como después de un ataque de estornudos. Me cuenta que vendió un par de zapatillas con luces apenas llegó, que el mall está lleno de familias paseando y comprando y gritándose. Me pregunta si puede ir a mi casa cuando salga del trabajo. No tiene ganas de ir a la suya hasta que su papá regrese a las minas en Calama. Lleno el sartén con aceite y prendo la cocina. Le digo que la esperaré con papas fritas, que se rescate unas cervezas del super y una torta ojalá sin pelos.

 

+ Nicolás Cerva (Santiago, 1994). Vive en La Pintana. Estudia Arquitectura en la Universidad de Chile, es coordinador del cineclub Cine y Territorio.
 + Ilustración: Javiera Cisterna.
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