Un hombre con pierna de árbol espera a la salida del metro. La pierna tiene bultos, como si todos los tumores que debieron ir  enfermando cuerpo por cuerpo hubiesen decidido enquistarse en un solo hombre. Está afuera del Terminal de buses, recibiendo a los visitantes. Bienvenido a Santiago, bienvenido a Chile, parece decir el cuadro, pero él  no dice nada, no levanta la mano. La pierna está sobre una manta negra donde dan brillo algunas monedas. El trapo señala que hay que echarse la mano al bolsillo en la búsqueda de alguna limosna, o en su defecto, hacer el gesto de golpearse los pantalones más abajo de la cadera como una forma de decir: “no tengo nada para darte ni para dar a nadie”. La pierna se convierte en un número de un freak show: a pleno rayo de sol, la pierna está roja, casi amoratada. Bajo la lluvia se acerca a un tono gris. Escondo la cara en un libro para dejar de ver, corro la vista hacia la derecha, prefiriendo ver unos mapas horribles de la zona central. Paso la vista al suelo para ver las manchas de kétchup de los que comen en la calle.

Afuera de un banco vivía un vagabundo. Un hombre flaco que vagaba por la ciudad y que terminó siendo mórbido por la instalación de un Mc Donalds. Se alimentaba doblemente de la basura: los restos de hamburguesas, papas fritas, empanadas, restos de helados sin hormigas.

Recuerdo a otro, que dormía afuera de una pizzería, y que me contó una tarde que parado en Santa María se detuvo un auto inmenso, como un tanque, y que un hombre sacó la cabeza para decirle: “¿Tienes hambre?” Él se subió al auto y llegó a La Dehesa. El tipo le señaló la cocina y le dio instrucciones a la Nana para que le sirviera el plato que él quisiera comer. Dijo que pidió un bife a la pobre, y que la mujer estaba enojada por tener que preparar fritura. Cuando terminó de comer, el hombre le señaló el baño, y le pasó ropa limpia, zapatos nuevos. Se dio una ducha como no lo hacía hace unos diez años. Con la máquina de afeitar se quitó la barba. Salió vestido como un evangélico recién salido de la cárcel. La mujer le dijo que ya era hora de irse. Lo llevó hasta la puerta, su jefe había tomado su auto y había partido de nuevo. Ella desapareció detrás del portón.

Al llegar a la esquina se dio cuenta de que no tenía plata para la micro y se devolvió a tocar el timbre. Nadie respondió al llamado ni a los gritos que dio para ser escuchado. Caminó muchas cuadras intentando hacer dedo, pero nadie lo llevó. Los zapatos le quedaban apretados, le rompieron los talones. No pudo hacer nada más que acarrear el saco en la espalda, caminar con los dedos al aire, vestido de terno. Perdió todo el día en llegar al centro. “Nunca más me subo a un auto”, me dijo con molestia.

Los vagabundos del barrio van a parar a la Posta Central. Enfermedades aumentadas por la calidad de las bacterias. Una enfermera me dijo una vez que no podían bañarlos, porque si les quitaban la grasa del cuerpo acababan muriendo. Todo eso que llamamos mugre es protección, en el fondo.

Cuando fui a ver a la poeta Cecilia Casanova a una casa de reposo, unos hombres vestidos con harapos desgranaban arvejas. Esta imagen me pareció un augurio de muerte. Sin mediar un solo pájaro negro, ni un canto repetitivo se acabarían las vainas y con ello la vida. Sus dedos negros llegaron al final, mientras pedía que me envolvieran un ramo de flores. Me robaba en el momento tarjetas de felicitaciones y defunción. Cecilia murió a la semana.

Algunos ciegos balbucean con voces agudas y espesas, como la leche cortada. Estuve viviendo cerca de la oficina donde se tramitan las pensiones de invalidez. Los veía pasar solos, golpeando las aceras, conociendo mejor que yo el camino al metro. Y entraban, bajando los escalones con cuidado, hasta que un brazo desconocido los llevaba al ascensor. En las estaciones de menos afluencia se escucha la voz lastimera de una mujer, como un poema triste. Habla como si estuviera recitando, eligiendo las palabras que conmuevan a los que ignoran su cara, su ropa, el pequeño balde de playa donde recibe las monedas.

Hay algunos poetas que parecen vagabundos. Si no supiera que escriben les echaría plata en el vaso donde solo están tomando café, parados en un semáforo para cruzar la calle. A un famoso pintor acaban de confundirlo con un vagabundo en una discoteque. Los guardias lo llamaron a una esquina y le dijeron que se estaba robando unas chaquetas. El salió indignado y gritando del lugar. Sus amigos siguieron bailando.

Algunos poetas usan abrigo en verano, van a la playa con bototos. Tienen la piel más blanca que las mujeres del siglo XIX. Algunos no tienen pelos en las piernas, como las extremidades de una jovencita. Los delatan los dientes, cargados a la nicotina, con líneas verticales de un café medio.

Me preguntaron una vez si quería inscribirme en un sindicato. Le pregunté al hombre cuáles eran las principales ideas de la propuesta. “No quiero ver nunca más a un poeta presentar un libro sin dientes”, me dijo el encargado. “Haremos un convenio con un dentista escritor que saca muelas en la Posta Central”.

“A los poetas no se les puede limpiar los dientes, porque los pierden”, me podría decir la misma enfermera que le tocaba atender vagabundos. Si ella estuviera de vacaciones, uno de ellos escupiría las piezas en una bandeja metálica. El mismo grupo de vagabundos de las arvejas, esta vez desgranarían uvas. Se supone que Horacio Quiroga tenía el cuerpo por dentro como una parra cargada, que murió de cáncer en un sanatorio, afuera alguien tal vez, desplumó una gallina. Pero ese es otro tema.

 

+ Natalia Berbelagua (Santiago, 1985). Ha publicado los libros de relatos Valporno (2012), La Bella Muerte (2013), Domingo (2015) y el poemario La marca blanca en el piso de un cuerpo baleado (2016). Valporno fue traducido al italiano por Edicola Ediciones. Ha publicado en diversas antologías, entre ellas We rock de Ediciones B y El arte de la sonrisa, de Suburbano ediciones, Miami. Actualmente imparte talleres literarios experimentales como narrativa autobiográfica y genealogía.