Visa definitiva

Hay algunos puntos de referencia que hacen más fácil contar el tiempo que llevo aquí: la edad de la menor de mis hermanas, los viajes que realizo a mi ciudad cada dos años y, hace poco, unos rollos de fotografía que utilicé el último mes que viví en Trujillo y el primero en Santiago, y que este año decidí revelar.

La noche en la que recojo mis revelados me engancho observándolos hasta la madrugada. El primer rollo me muestra fotos de mi hermana recién nacida: sus manos, sus ojos, mi madre dándole de lactar. Hay espacios vacíos de mi casa también, grafitis de mi ciudad que ya no existen, celulares que la gente ya no usa y unas cuantas de un viaje que realicé al pueblo donde nació el poeta peruano César Vallejo y que es homónimo de la capital chilena, Santiago de Chuco.

El segundo, en cambio, me marca un tiempo y empieza con imágenes de las calles de Estación Central repletas de hinchas de poleras rojas, buses que ni se notan, banderas alzadas en la Alameda, un tipo soplando una vuvuzela mientras se baja el pantalón y confeti volando en los acueductos del metro. Facebook me recuerda también ese día, 18 de junio de 2014. Anoté, como si fuese un pecado: “Hoy no importa si eres peruano, colombiano o de cualquier lado. Hoy los chilenos, perdonan todo”. Chile acababa de eliminar a España, el vigente campeón, del mundial de fútbol de Brasil 2014, y yo, que le había dicho a mi novia que el invierno de Santiago me entristecía, me reventaba el rollo con fotografías de lo primero feliz que encontraba desde mi llegada.

Este año también hay mundial. Muchas cosas han cambiado y un autorretrato me sorprende:

Plano corto, la mirada está en la cámara, debe ser temprano porque reconozco un pijama color rojo y mi cabello, un tanto ondulado todavía, luce revuelto. Hay una sombra también y cercena mi rostro por la mitad; no se trata de saber si estoy más gordo o más flaco, es suficiente para darme cuenta que yo también he cambiado.

La observo de mil maneras y me entran las ganas de meterla en el último sobre para acompañar la carta que estoy a punto de enviar al Departamento de Extranjería. Las metería a todas, si pudiera. Contrario a eso, apilo presuroso una serie de papeles que no garantizan nada, solo para demostrar que realmente puedo sostenerme aquí y aunque me la nieguen, lo he hecho. Esta es mi prueba.

Poco antes de finalizado el último gobierno de Michelle Bachelet, algunas agrupaciones de inmigrantes, con Rodolfo Noriega a la cabeza, también presentaron una serie de cartas con situaciones sin aparente salida  —de esas que merecerían un contrato falso, quizás, como último recurso— exigiendo, como decreto final y ante la inminente instalación del gobierno de Sebastián Piñera, una regularización extraordinaria para inmigrantes ilegales.

“Va a ser mucho mejor de lo que algunos piensan”, me había dicho Sandoval cuando le pregunté por sus expectativas en materia de inmigración por parte del nuevo gobierno. “Ese tema, a su manera, lo van a dejar resuelto”.

El 27 de marzo, faltando solo cuatro días para que termine mi plazo y mi petición de visa quede archivada para siempre, atravieso la Alameda con el sobre blanco entre las manos y me encuentro con una fila en el correo en la que no demoraré ni tres minutos. Ese día también leí sobre la intención del nuevo gobierno de evaluar el pedido aún vigente de regularización extraordinaria y sonreí, confieso.

Ahora es mi turno, nuevamente, el último quizás, y me aproximo hacia el encargado. Saludo, coloco el sobre en la balanza. “Ni 10 gramos”, masculla.

Pero la verdad es que ahí va mucho más.

 

+ Eduardo Andrade (Trujillo, 1993). Es periodista y vive en Santiago desde el 2014. Ha escrito textos de no ficción para las revistas Puroperiodismo, El Desconcierto, Escritura Crónica y Late. En el año 2017 recibió el fondo otorgado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes para la creación literaria. Sudamerican Dream es su primer libro, al cual esta crónica pertenece.
+ Imagen: Jordan Casteel
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