El silencio ya sin tensiones, llena la plaza. Los que han huido pueden tranquilos volver. El peligro jamás ha existido. La mujer mira por última vez hacia el cielo  y con una sonrisa le dice adiós

Elena Aldunate

I

No hay patios, no hay vecinos,  solo agua y gas en el fondo en una línea abierta.  Una terraza en ruinas donde está parada, mirando la línea horizontal que lo divide todo, espantando a las letras que aparecen tras dos minutos de enfocar alguna cosa. Se acuerda de ese vecino de cinco casas a la izquierda, el que tenía los ojos azules por las cataratas. Y ahora, si lo quisiera, podría aparecer frente a ella una muralla fanática de mar. No tardaría en ver otra vez la palabra sobre el objeto.

II

Es la última mujer en el campo de lo destructivo que se ve desde la terraza, el territorio ya no importa, lo único que permanece es la basura, el horizonte y las palabras. Hace tiempo que no escucha gritos ni nada sonoro, las palabras aparecen de manera visual. Cierra los ojos y se habla hacia adentro. Abre los ojos y mira la línea otra vez, desviando la vista cuando entra en el radio de la circunferencia solar.  La palabras se devoran entre sí, sacan chispas en el cielo hasta que una se traga a la otra, es lo que ocurre después de los 1200 segundos.

III

Lo preocupante es la aceleración. Cuando despertó por primera vez y vio que estaba viva, las palabras aparecían 2400 segundos después de mirar el horizonte. Había tiempo para proyectar: ver caras, el momento antes de la muerte de los otros, celebraciones de cumpleaños, besos felices. Con el pasar de los cierres de sol esa medida de tiempo se acortó a la mitad.

IV

Y de la mitad se fue restringiendo día tras día, hasta alcanzar a esos 90 agobiantes segundos.

V

La única vez que salió de  órbita fue por aquella invitación. Pasaron a buscarla a la terraza donde no perdió la vida y la llevaron fuera de la línea de la sanidad mental. Un viaje donde se equivocó de recorrido, y lo único que vio a la distancia fue el planeta-cementerio, los millones de gatos chinos despidiéndola con la mano. A su regreso pensó en encontrar un Adán, el sobreviviente con quien caminar por la ceniza y los escombros, pero solo le pareció una idea en medio de los montones de palabras que podían atormentarla.

VI

La mayoría de lo que antes eran casas y se convirtieron en ruinas, están con el pegamento de la piel humana. Hay esa misma grasa corrosiva en las raíces de los árboles, donde estuvo el colegio, en los fierros torcidos de la terraza. Este es el absurdo más imponente de la catástrofe, desaparece el rastro de vida pero el contexto persiste. La obligan a mirar panorámicamente el universo o lo que queda de él, sin poder revisar su historia, no sin que vengan esas palabras gigantes y horrorosas a apropiarse de la imagen. 60 segundos.

VII

Viene el único pájaro del mundo que no es una paloma. Vuela con la cola y sin alas y además está mudo. No quiere recordar cuando metía las manos a las jaulas para tratar de ponerles vestidos de lana, porque entonces a los vestigios de pájaro, la jaula y la lana debe espantarlos a manotazos. Si antes eran las moscas hoy son los significados. Ella y el fragmento milimétrico del todo que percibe.

VIII

Mientras se despega de los brazos esos pedacitos de piel humana, aparecen un par de palomas sin ojos, es la sensación de que ellas saben algo, la desolación que le daba al mirar a los niños balanceándose en la plaza. Mira a las palomas y les inventa una melodía oscura. Sale eso parecido al sol y las alumbra desde el fondo del agua con una luz de fuego. Les resplandece el plumaje y los pedazos de piel que lo cubren, las palomas caen a la ceniza, pero vuelven a elevarse.

IX

Todo está quemado. Si la putrefacción existiese se crearían colonias de microorganismos ejecutando una batalla en medio del cielo contra las palabras, dejarían de mutar los animales en conceptos y abstracciones. Recuerda que su historia es la misma del matemático que estuvo en coma dos semanas y que al ver la gente entrar a la pieza prevalecía una idea antes que una noción afectiva. ¿Dónde habrá muerto el matemático?, ¿Será que solo ella puede ver las palabras?, ¿Qué habrá sido del astrónomo del premio nacional?, ¿Vería fórmulas en el espacio? Cierra los ojos para no ver las palabras, para imaginar la silueta del hombre sombra pintando las murallas de los mausoleos, dejándose llevar por el juego precario de que nada remite a nada.

X

Si esta destrucción hubiese sido en 1963 ella no habría existido, y le hubiese tocado a su madre que también se habría convertido en pedazos de piel humana. La abuela se  habría salvado porque nunca le importaron ni la ciencia, ni los secretos del funcionamiento del cerebro ni la locación fisiológica del alma. Siempre estuvo obsesionada con viajar a un espacio de telas y costuras, con vivir en su propio mundo.

Ser la Valentina Tereshkova de metros incontables de género.

XI

Si su abuela hubiera podido coser el mar le habría quedado perfecto, y el hilván entre ola y ola remendada de una manera obsesiva, conteniendo la fuerza de orilla que estiraría la espuma. Si su abuela hubiese tomado un rumbo más esotérico hubiese cerrado el cielo con sus agujas, ahogando a las palabras, el ejemplo monumental de la improvisación sobre la técnica.

XII

No sabe coser. Y tampoco tendría cómo. Salvo que encontrara un sistema para hacer un hilo con los pedacitos de piel humana. Al despertar se queda con los ojos cerrados por más tiempo con el fin de retener las imágenes y prepararse para el angustioso momento de recordar lo obvio. No puede hilvanarse otra existencia.

XIII

En un día común, después del sueño, puede administrar las imágenes a voluntad. Cuando mira el horizonte puede rasgarlo con las manos y echárselo a la boca. A veces suenan recuerdos de bocinas en su garganta, o se dejan caer containers desde la tráquea al estó

XIV

En un día común puede encontrar restos de metal bajo los pedacitos milimétricos de piel humana. Pero ese metal no sirve para nada, porque cualquier estructura está destinada a ser polvo metálico.

XV

En un día común cuelga las cartas que caen desde la inversión del cielo. Puede ponerlas al viento en un hilo de plata para secarle al sol el agua pútrida de la muerte.

XVI

No sabe quién escribe las cartas, ni menos por qué, solo la tinta aparece a cierta hora del día. Unas letras, unos símbolos que le resultan incomprensibles. Si no fuese una alucinación: -como esa vez que sintió que su corazón hizo un sonido parecido a un beso- ¿Qué sentido tiene ser la última mujer?

 

+ Natalia Berbelagua (Santiago, 1985). Ha publicado los libros de relatos Valporno (2012), La Bella Muerte (2013), Domingo (2015) y el poemario La marca blanca en el piso de un cuerpo baleado (2016). Valporno fue traducido al italiano por Edicola Ediciones. Ha publicado en diversas antologías, entre ellas We rock de Ediciones B y El arte de la sonrisa, de Suburbano ediciones, Miami. Actualmente imparte talleres literarios experimentales como narrativa autobiográfica y genealogía.
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