Este texto fue una conferencia, dictada el sábado de 25 de noviembre de 2017 en el seminario “Transhumanismo: ¿Imperativo ético de evolución? Un diálogo interdisciplinario”, organizado por la revista Altus, de la Universidad Finis Terrae.

“El problema no es la tecnología, es la maldad humana que raya en lo demoníaco”

Voy a comenzar parchándome la herida que todavía no tengo. Estoy lejos de ser un especialista o siquiera un entendido en transhumanismo, y estoy más lejos aún de la biotecnología, la inteligencia artificial o los big data. Sé lo que cualquier lector puede saber si revisa un par de libros, otros tantos ensayos y artículos de prensa, Wikipedia y algunos resultados que arroja la búsqueda de dichos conceptos en Google.

Es decir, soy un espectador más o menos informado sobre el asunto, sé aquello que investigué para escribir dos artículos que publiqué en El Mercurio, el diario donde trabajo. Ni más ni menos. Puesto el parche, vamos a lo que venimos.

Se me invitó para hacer una breve introducción al transhumanismo. ¿Qué es? Si seguimos al filósofo y político francés Luc Ferry, en su libro La revolución transhumanista, se trata de un movimiento, es decir, una teoría y una práctica que milita «a favor de las nuevas tecnologías y del uso intensivo de las células madre, la clonación reproductiva, la hibridación hombre/máquina, la ingeniería genética y las manipulaciones germinales, las que podrían modificar nuestra especie de forma irreversible, todo ello con el fin de mejorar la condición humana».

Según Ferry, debido a la convergencia de la nanotecnología, la biotecnología, la informática, el internet de las cosas, los big data, la inteligencia artificial, la robótica, la hibridación hombre/máquina y hasta las impresoras 3D, se pasa de la medicina basada en el ideal terapéutico —reparar lo que la enfermedad ha dañado—,  a una medicina para aumentar y perfeccionar lo humano.

En otras palabras, el transhumanismo es una ideología. Y no uso esta última palabra en el sentido que lo hacen aquellos que se arrogan el dominio del conocimiento y tachan como «ideología» a las ideas de quienes disienten de su verdad o dogma. Simplemente digo lo mismo que el Diccionario de la lengua española: «Conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político».

Entonces, el transhumanismo es una ideología tal como lo son el cristianismo, el socialismo, el liberalismo, el marxismo, el neoliberalismo, etcétera. No es una verdad. Es una convicción que, como tal, alimenta un compromiso: el de hacer realidad aquello que —se cree— es bueno para nuestra comunidad; en este caso, mejorar la condición humana recurriendo a las nuevas tecnologías. Es más, los transhumanistas ven esa transformación o automodificación de la condición humana —e incluso la creación de individuos «poshumanos»— como algo deseable, como un ideal libertario. Tal como se hace, por ejemplo, con los alimentos transgénicos.

Cito nuevamente a Luc Ferry: «Fundamentalmente», dice, «el transhumanismo se divide en dos grandes campos: los que “simplemente” quieren mejorar la especie humana sin renunciar por ello a su humanidad, limitándose a reforzarla, y los que […] abogan por la “tecnofabricación” de una “posthumanidad” para la creación de una nueva especie, hibridada en su caso con máquinas dotadas de capacidades físicas y de una inteligencia artificial infinitamente superiores a las nuestras».

El transhumanismo es política, no es ciencia ficción. No lo era en los años sesenta, cuando surgió el concepto. Tampoco en los noventa, cuando se retomó. Y mucho menos lo es en el siglo XXI. Salvo que pensemos que los gigantes corporativos de Internet —Google, Amazon, Facebook y Apple, y sus equivalentes en China: Baidu, Alibaba, Tencent y Xiaomi— están invirtiendo miles de millones de dólares en laboratorios y en los mejores científicos por el puro placer de botar la plata en quimeras.

Los especialistas invitados a este seminario podrán contarnos sobre los avances de la biotecnología y la inteligencia artificial. En esta breve introducción me limitaré a recordar una cronología que hace Luc Ferry en La revolución transhumanista, a la que agregaré dos hitos de este año, pues da una idea de lo real del asunto.

En 2003, se publicó en Estados Unidos un informe titulado «La convergencia de las tecnologías destinadas a aumentar el rendimiento humano: nanotecnologías, biotecnologías, tecnologías de la información y ciencias cognitivas», que recomienda con mucho entusiasmo invertir dinero en dichas áreas.

En 2008, Google creó la Universidad de la Singularidad y en 2013 una filial —Calico— cuyo objetivo es aumentar la duración de la vida humana y luchar contra la vejez y la muerte.

En abril de 2015, unos genetistas chinos hicieron un experimento con ochenta y tres embriones humanos para «reparar» y hasta «perfeccionar» el genoma de sus células.

En enero de 2017, el parlamento europeo publicó un documento que sugiere un conjunto de regulaciones que rijan el uso y la creación de robots e inteligencias artificiales, incluyendo la creación del estatuto de «personas electrónicas», para otorgar derechos y responsabilidades a las inteligencias artificiales más capaces.

Y —para terminar esta cronología— hace cuatro meses, en julio, la revista “Nature” comunicó la primera edición genética.

El lema político del transhumanismo podría ser el título de un libro publicado el 2000 en Inglaterra: From Chance to Choice, algo así como «de la suerte»… o mejor: «de la casualidad a la elección». (El subtítulo del libro es “Genética y justicia”). Si es justo corregir las desigualdades heredadas, es decir, que no dependen de nuestros méritos —como la pobreza—, y que limitan la libertad, ¿acaso no será un asunto de justicia corregir aquellas desigualdades —que favorecen a unos y limitan a otros— derivadas de la lotería genética?

Si todavía no me creen que el trasnshumanismo es política —y ojalá no me crean— googleen el concepto y probablemente descubrirán que filósofos y politólogos que no son sospechosos de superficialidad o credulidad se están ocupando del tema. Me refiero a gente como el alemán Jürgen Habermas y los estadounidenses Francis Fukuyama y Martha Nussbaum.

Nussbaum escribió lo siguiente a propósito del libro From Chance to Choice: «La vida humana siempre ha sostenido una lucha contra los límites de la naturaleza, y cada uno de los seres humanos es el resultado de dicha lucha». Agrega: «Si todos los niños pueden ser creados conforme a cualesquiera que sean las normas dominantes en la sociedad, ¿no se empobrecerá por ello la vida humana?». Habermas ha dicho, a propósito de las posibilidades que abre la biotecnología: «Se desvanece la frontera entre la naturaleza que “somos” y la dotación que nos “damos” […]». Más alarmado, Fukuyama publicó ya en 2004 un artículo sobre el transhumanismo titulado “La idea más peligrosa del mundo”, y entre otras cosas advierte que: «Su  primera víctima puede ser la igualdad». Otros autores hablan incluso del fin del libre albedrío (dejemos de lado el asunto de si alguna vez existió).

En respuesta al artículo de Fukuyama, el filósofo sueco Nick Bostron escribió: «Los transhumanistas abogan por un mayor financiamiento de la investigación para extender radicalmente la vida saludable y favorecer el desarrollo de medios médicos y tecnológicos para mejorar la memoria, la concentración y otras capacidades humanas. Los transhumanistas proponen que todos deberían tener la opción de utilizar dichos medios para mejorar varias dimensiones de su bienestar cognitivo, emocional y físico. Esto no solo es una extensión natural de los objetivos tradicionales de la medicina y la tecnología, sino que también es una gran oportunidad humanitaria para mejorar genuinamente la condición humana».

Luego, Bostron remata con esto: «El único peligro real que plantea el transhumanismo es que tanto las personas de izquierda como de derecha puedan encontrarlo mucho más atractivo que el bioconservadurismo reaccionario ofrecido por Fukuyama». (Recordemos que Fukuyama es un intelectual de derecha.)

Entonces, ¿el transhumanismo es humanista o es antihumanista?

Cuando entrevisté a Luc Ferry para uno de los artículos que escribí, le mencioné la polémica entre Fukuyama y Bostron. Le pregunté si el transhumanismo era una filosofía antihumanista o si había aspectos humanistas en ella.

Su respuesta fue la siguiente: «Fukuyama se pone en el punto de vista de las religiones tradicionales, según las cuales toda manipulación de la vida es sacrílega, ya que es Dios y sólo Él quien detenta el monopolio. En términos más generales —sigue Ferry—, Fukuyama es de aquellos partidarios, creyentes o no, de una sacralización de la naturaleza humana (del genoma humano), pues piensa que emprender la modificación de la naturaleza humana arruinará la moral universal. Ya que esta moral, para los tradicionalistas, no podría echar raíces más que en las características naturales comunes a la humanidad».

El problema, según Ferry, es que un argumento como el de Fukuyama —cito— «sólo puede convencer a los “naturalistas”, a aquellos que piensan que la moral se enraíza en la naturaleza biológica de la especie humana. [Sin embargo] Todos los humanistas, desde Pico Della Mirandola hasta Sartre, pasando por Kant, Condorcet y Rousseau piensan lo contrario, a saber, que el hombre es por excelencia el único ser capaz de rebelarse contra la naturaleza, de combatirla y corregirla. Desde el punto de vista de un humanista, la argumentación de Fukuyama no tiene ningún sentido…»

La conversación que tuve con Ferry fue a través de correos electrónicos. Luego de que me respondiera esto, le dije que tal vez el transhumanismo no era —entonces— antihumanista, sino que híper humanista. De hecho —le agregué— «usted dice que es un intento de pasar de la heteronomía a la autonomía. ¿Estamos en presencia de la consolidación del proyecto ilustrado?».

Ferry contestó:

«El transhumanismo ciertamente es un híper humanismo que se inscribe en la tradición de las Luces […] Se trata de trabajar en el perfeccionamiento de la humanidad, de avanzar en el sentido del progreso. Desde luego, también, las posibilidades ofrecidas por las biotecnologías podrían permitir monstruosidades. Pero no olvide que estas monstruosidades los humanos ya las han logrado, independientemente de las nuevas tecnologías. La Primera Guerra Mundial mató a veinte millones de personas; la segunda, a sesenta millones; el maoísmo, a setenta millones en China; sin contar la masacre de los armenios, de los tutsi, los camboyanos, etcétera. Todas catástrofes humanas que no tienen nada que ver con el transhumanismo. El problema no es la tecnología, es la maldad humana que a veces raya en lo demoníaco…»

Hay que tener en cuenta que Luc Ferry no está ni en contra ni a favor del transhumanismo. «Hablar de la “pesadilla transhumanista” —dice en el libro que ya he citado— es tan profundamente estúpido como hablar de la felicidad o de la salvación transhumanistas». Es más, él aboga por rehabilitar la antigua categoría de lo trágico. Pues cree que este nuevo mundo nos va a poner frente a dilemas en los que no tendremos que elegir entre el bien y el mal, si no que —tal como en las antiguas tragedias griegas— entre dos alternativas igualmente legítimas: «¿En nombre de qué prohibir a los padres modificar el genoma de su hijo el día en que sea posible vivir más tiempo? —se pregunta— Es claro que el asunto de la regulación será difícil».

Entonces: el transhumanismo es un movimiento que aboga por el uso de las nuevas tecnologías para mejorar y en algunos casos superar la condición humana. De ahí en adelante, según quien hable, esta filosofía puede ser humanista, antihumanista o híper humanista. Puede ser libertaria e igualitaria, o un peligro para la libertad y la igualdad entre los seres humanos. Hay quienes dicen que hay que impedirla, para otros simplemente hay que regularla, y unos cuantos (especialmente los directivos de las corporaciones tecnológicas) creen que no se puede limitar el progreso.

¿Qué hacer? No tengo respuesta. Pero sí me atrevo a decir que el transhumanismo no es inhumano. Perdonen la obviedad. Pero buenas, malas o neutras, se me ocurre que desde el momento en que las tecnologías las crean y la usan seres humanos —o sea, seres muy parecidos a los que estamos aquí— es al menos cuestionable calificarlas como inhumanas cuando algunos resultados o posibilidades no son de nuestro agrado.

Si la tecnología fuera inhumana —creo— no sería asunto nuestro, no existiría algo llamado transhumanismo y entonces estaríamos —ustedes y yo— haciendo el loco. O este sería —ahora sí— un seminario sobre ciencia ficción. Pero no. La tecnología es humana, el transhumanismo también. Rechazar la tecnología —porque nos abruma, porque le tememos o por lo que sea—, además de ser trivial, pues la realidad sigue ahí aunque cerremos los ojos.

Además de ser trivial, digo, es no pensarla.

Y no pensarla significa: que la piensen otros. Los expertos, por ejemplo. O tal vez los capitalistas que financian las investigaciones de esos expertos. Se me ocurre, además, que si la tecnología nos desafía a redefinir lo humano, como dice la crítica chilena Adriana Valdés en un ensayo, ¿no será necesario también redefinir las humanidades?

Por último, supongamos que el transhumanismo triunfó. Que, nos guste o no, hemos vencido la lotería genética: ¿Qué viene luego? ¿Poner el piloto automático y dejarnos llevar?

Aunque antes de dejarnos llevar, incluso mientras nos dejamos llevar, felices o tristes,  preguntémonos: ¿No hay más? ¿Todo está en los genes? Puede que el transhumanismo sea esa pregunta. Esta pregunta: ¿Qué es el ser humano?

+Juan Rodríguez M. (Santiago de Chile, 1983) estudió filosofía y trabaja como periodista en el suplemento Artes y Letras del diario El Mercurio.