Estudié en un colegio en las afueras de una ciudad oscura y monótona en la que el tiempo transcurría estancado. Nunca entenderé por qué le guardo cariño o cómo la idea del hogar o la patria, solo pueden ser concebidas en ese montón de tierra. Pero quiero hablar del colegio, o mejor dicho: quiero hablar de una experiencia que viví ahí. Intentaré no desviarme del tema.

Podría haber sido un centro educacional común y corriente, pero era el sueño frustrado de un sevillano que quiso fundar una universidad en Chile. De él, podemos decir que era un ex hermano marista casado con una monja que abandonó sus votos. Doctor en teología y filosofía, predicaba siempre desde un púlpito moral e intelectual. Cuando alguien osaba preguntar algo, respondía de manera severa: “si los estúpidos volaran, todo este pueblo estaría en sombra”. En ese entonces, cada vez que decía esas palabras, me sentía evangelizado, más cercano a lo bueno y lo justo. Si tuviera que describirlo hoy en una imagen, usaría esta: era un católico fanático, con todo lo que eso significa.

Como todo tipo en exceso inteligente, podía ser muy carismático, por lo que arrastró a varias personas que creyeron en él y su proyecto de un colegio sin rejas, sin campanas y sin uniforme. Pero pesó más la idiosincrasia regional y al año de funcionamiento ya nos encontrábamos cercados, con horarios fijos y uniformados. Lo que pretendía ser un modelo revolucionario de educación, terminó siendo un centro educacional típico que ponía especial atención en rezar los lunes y en la celebración del mes de María. Creo que esa es la única explicación para mis seguidos sueños con la virgen. Prefiero reservarme sus contenidos.

En relación a mí, puedo decir que era un alumno tranquilo, de esos que no sobresalen ni positiva o negativamente. Mi acto más rebelde fue defender a unos compañeros de un acto que sentí injusto, lo que me valió un diploma que se entregó a final de año con la leyenda “abogado de los pobres”. Recuerdo que a mis papás nos les causó gracia alguna. Nunca supe si les molestaba lo de abogado o lo de pobres. Tiempo después, levanté una arenga para defender a unos amigos y el profesor de turno –quien claramente se sintió amenazado con los argumentos de un niño de 12 años- me expulsó airoso de la sala. Fueron esos gestos espontáneos de abogacía los que me hicieron terminar en la oficina del sevillano. Escenario que a la fecha había logrado eludir con cierta maestría.

La experiencia no resultó terrible, más bien fue corta y sin oportunidad de sacar a lucir la capacidad argumentativa avalada por el pergamino entregado. El sevillano, sin dejar de lado su lectura, me dijo: “Lo espero el viernes luego de clases para castigo. Por ahora, retírese.”

Llegado el día, todos los alumnos “problema” del colegio nos encontrábamos reunidos en una sala. Por mi parte, angustiado, ya había averiguado en qué consistían las jornadas de castigo. La primera parte era un ejercicio de resistencia, en el que tenías que permanecer tranquilo y en silencio durante dos horas, en pleno invierno, con todas las ventanas de la sala abiertas. El que cometía el error de hablar, quedaba inmediatamente citado para el sábado. Varios se inmolaron, mientras que yo, era dueño de un silencio inconmovible: perfecto y helado como la hoja de un cuchillo.

Si la primera parte ponía a prueba la tenacidad física, la segunda era de tipo mental. En 3 horas tenías que aprender un poema del siglo de oro español, para luego recitarlo de memoria frente a la mirada inquisidora del sevillano y de los tres perros dóberman que lo seguían a todos lados. Algo era claro, de no lograrlo, tenías que volver el sábado en la mañana. Eso me ayudó a entender a los que se sacrificaron, quienes habían hecho escuela en los castigos. No importaba lo que hicieran o cuánto se esforzaran, terminarían de igual manera memorizando al día siguiente.

Fue así como llegó a mis manos un poema titulado “Coplas a la muerte de su padre” de Jorge Manrique, obra capital de la literatura española de la cual no tenía la menor idea y con la que tendría que vivir el fin de semana:

“Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
contemplando

cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiere tiempo pasado
fue mejor.”

Esos fueron los primeros versos que logré memorizar y los que me ocasionaron más conflicto, ¿qué es “tan callando”? Luego entendí que si me dedicaba a comprender nunca iba a lograr la tarea que me devolvería mis días de libertad. Así que dediqué todo mi esfuerzo a lo imposible: aprenderme las 40 coplas en el tiempo que se había estipulado. Cerca de llegar el plazo acordado, pedí poner a prueba mi memoria y el resultado terminó siendo obvio: “Caballero, le recomiendo irse memorizando esta hermosa elegía y seguir haciéndolo durante la noche. Verá que mañana en la mañana se le dará más fácil.”

Pero al parecer dios no ayuda a quien madruga y, para mala suerte, fui el primero en ser llamado a recitar y nuevamente no pude pasar del maldito “Tan callando”. Cada vez que me escuchaba decirlo, entraba en una especie de bloqueo. Y para echar más leña a la fatalidad vivida, justo cuando me iba retirando de la presencia del sevillano, emulando a los actores que jamás le dan la espalda a su público, pisé a uno de sus perros, resultando mordido en la pantorrilla. Su cara de arrogancia y seguridad se transformó en el falso rostro del amor y la protección. Dentro de todo el dolor que estaba sintiendo solo podía pensar: “Me salvé, me voy para la casa”. En cambio, en un hecho inédito, fue mi papá el que pasó a retirarme luego del llamado que informó a mi familia de lo sucedido. El sevillano, quien ya me había sobornado con una bebida y un completo, se ofreció para acompañarme hasta el auto y se deshizo en explicaciones. Y mi papá, más alarmado por el castigo que por la herida en mi pierna, preguntó: “¿y se aprendió la poesía?” A lo que el sevillano le respondió: “no, algunos ya quedaron citados para el domingo”. Pasando lo inevitable: durante el resto del día fui interrogado en casa, bajo el yugo de un uniformado en retiro que creía que el castigo formaba el carácter de los hombres.

Como era de esperar, mi papá –quien ya se había tomado el castigo como algo personal- me fue a dejar temprano al colegio, mientras que por el camino yo le recitaba las coplas, que él, obviamente, ya se había aprendido y que repetía una y otra vez para demostrar que el ejercicio era realizable. No le quise decir nunca, pero esto nos unió y determinó mis futuras obsesiones. Pero lo dije al principio: no voy a desviar el tema.

Me bajé del auto y vi como mi papá se alejaba mientras asomaba un brazo por la ventana en señal de despedida. Para mí sorpresa y enfado, ninguno de los dos se alcanzó a dar cuenta de que el colegio estaba cerrado y no había pista alguna del sevillano o de mis compañeros de condena. Lo único abierto era el acceso a la iglesia que todos los domingos recibía a la comunidad del sector. No hallé nada mejor que entrar y sentarme tranquilo en la primera fila. Como la tónica del fin de semana habían sido los interrogatorios, era natural que no me salvaría de las preguntas del cura:

-Usted, joven de la primera fila, ¿desea pedir por algo?
-Sí, deseo pedir por mi padre quien acaba de morir.
-¿Cuál era el nombre de su padre?
-Jorge Manrique.
-Una verdadera pena, pero dios obra con una lógica que supera nuestro entendimiento.
¿Le gustaría decir algunas palabras en su memoria?
-Sí.
Me puse de pie decidido, aclaré la voz, cerré los ojos y furioso grité:

“Recuerde el alma dormida,

avive el seso e despierte

contemplando

cómo se passa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando;

Tan callando

¡TAN CALLANDO!”

 

+ Diego Muñoz Cortés (Curicó, 1982). Actualmente es director de Biblioteca Viva Tobalaba, miembro del Comité de Selección y Evaluación de Libros de Fundación La Fuente. También es colaborador de la revista Medio Rural y mantiene el espacio web Abstemios & Ascetas.
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