1. Uso el reloj en la mano derecha, la única vez que intenté jugar tenis sacaba con la mano derecha pero luego pegaba con la izquierda, chuteo y pateo con el pie izquierdo, escribo con la mano derecha, como con cualquiera de las dos manos, cuando imagino que pego un combo no sé si lo daría más fuerte con el puño izquierdo o el derecho.
  2. Recién a los nueve o diez años, cuando me hicieron un encefalograma, descubrí que de niña (más niña que los nueve o diez años) había sido zurda. Por mal comportamiento, del colegio me habían mandado al psicólogo y al neurólogo. En realidad eran una psicóloga y una neuróloga. La psicóloga me hizo resolver juegos de habilidad, supongo que para saber si era idiota, y la neuróloga me mandó a hacer el encefalograma.
  3. Me mandaron al psicólogo y al neurólogo porque la directora del colegio quedó espantada de que una niña “tan tranquila” y de “buena familia” como yo le hubiese dicho una insolencia a una profesora. Todavía creo que mi mestizaje tirado al claro influía en su juicio.
  4. En ese colegio, la profesora de castellano siempre me retaba porque según ella yo conversaba mucho. Un día íbamos a algún paseo los dos cuarto o quinto básico. Había dos buses, y en uno de ellos estaba a cargo esa profesora. Yo no sabía a cuál de las dos micros subir, así es que le pregunté a la profesora si me iba con ella. Me dijo que no, que conmigo no iba ni a misa. “Yo tampoco con usted”, le respondí.
  5. La profesora de castellano se indignó cuando le dije que yo tampoco iría a misa con ella; citó para esa misma semana a uno de mis apoderados. No recuerdo si fue mi mamá o mi papá, sí recuerdo que mi papá o mi mamá le dijo a la profesora que yo había sido insolente, pero que había respondido a la insolencia de ella; que ella se había puesto al nivel de una niña chica. Una niña de nueve (o diez) años.
  6. Tenía que pasar toda la noche despierta para hacerme el examen cerebral. Mis papás resolvieron que uno me acompañaría en la vigilia, fue mi papá, y que verímamos toda la noche películas de Cantinflas; una maratón antes de los maratones. Fueron, calculo, unos ocho VHS los que vimos, todos arrendados en el videoclub de la esquina. Funcionó, me gustaba Cantinflas, me reí y, lo mejor, no me dormí. Seguramente también ayudó mi ansiedad, esa noche en vela era como una aventura, y además iba a poder faltar al colegio.
  7. Cuando la neuróloga vio el mamotreto de rayas que graficaban mis ondas cerebrales, me preguntó si yo escribía con la mano izquierda. Le dije que no. Luego, con esos martillos de goma, golpeó ciertos puntos de mis rodillas para examinar mis reflejos, o eso creo. No sé si ese examen también le ayudó a descubrir mi olvidada siniestra. Me volvió a preguntar si yo era zurda. Y cuando dijo zurda, no izquierda, recordé.
  8. Debo haber tenido cinco años, porque estaba en kínder. Estábamos aprendiendo a comer, a tomar bien los cubiertos, sin empuñarlos. Mi mamá hacía lo propio en la casa, me decía que así no se tomaban los cubiertos. Cuando en el jardín la profesora me dijo “así no se toma la cuchara”, “es malo ser zurdo”, yo creí que se refería a la manera en que tomaba el cubierto, a que no debía empuñarlo. Solo cuatro o cinco años después, frente a la neuróloga, me di cuenta de que lo que me estaban corrigiendo era la mano con la que tomaba la cuchara. Seguro la del recuerdo no fue la única vez que me lo dijeron, ni la única vez que me obligaron a cambiar de mano. Hasta que lo lograron. No sé qué cosa se veía en los resultados del encefalograma que mostraba que en realidad yo no era derecha. “Eres zurda contrariada”, me dijo la neuróloga. Que, ahora que lo escribo, se me ocurre que es ser lo que ya no se es. Y eso sí que es siniestro.
  9. Viene al caso que nací en una familia de derecha, momia; y yo evolucioné a lo que, según todos los signos, se llama izquierda. En las manadas son los animales zurdos los primeros en ser cazados por sus predadores, porque al huir el grupo, ellos, los zurdos, corren hacia el lado opuesto que sus compañeros. O eso cuenta un zurdo contrariado, Fernando Iwasaki. El diablo es zurdo; Dios, imagino, diestro.
Amanda Contreras (La Serena, 1982) vive desde los cinco años en Santiago. Es profesora de Biología.