Por Sergio Coddou.

* “Conferencia de autoayuda” fue parte de una charla ante alumnos de Periodismo del Campus Creativo UNAB, en abril de 2018.

El arte no evoluciona, se transforma, reorganiza, lo que quieras
pero no evoluciona. Recuerda bien esto, sobre todo cuando dicen
que entre tu primer y segundo libro se ve poco progreso. Pregunta
desde dónde progresa la literatura, el arte: cuánto ha progresado la
literatura desde Shakespeare, desde Dante, desde Homero.
Estamos siempre volviendo a lo mismo. Niño, ni siquiera mires las
listas de los libros más vendidos, lo que te dice el librero, la moda.
Que 50 millones de cabezas de ganado se alimenten de esos
pastos no hace más sabrosa la bosta que emana de entre sus
caderas. Sigue rumiando como yo sigo rumiando, palabras
indelebles para evacuar de esta sala la presencia de la muerte, la
ausencia de Dios, la vacancia de sentido. Deja que tus pupilas se
deslicen por las luminosas costras de color de Van Gogh sin
importar cuántos millones de dólares valen los lienzos que son el
santo sudario de su oscuro tormento. Que se abandonen tus ojos
achinados por la marihuana y la desazón, con los párpados a media
asta y los labios morados por el dulce abandono del vino, a las
derivas pictóricas de los grandes maestros: Piero Della Francesca,
Goya, Vermeer y Turner, maestros de la luz, Michelangelo y
Leonardo, más perfectos que un Dios y aun así mortales.
Sumérgete en pantanos para ahogarte cual Ofelia de Millais,
aférrate a los nenúfares de Monet, ruge como Pollock, deja que el
cáncer de los frescos de Anselm Kiefer haga metástasis en la mueca
con que dibujas el universo con palabras. Parole, parole, parole.
Words, words, words. Pregúntate con el viejo Ezra Pound dónde
encontrarás un nido más suave que la concha de tu madre sino en
el arte, que te acoge y te expulsa para abrirte los ojos al mundo. El
arte es un paracaídas automático, que se abre aún cuando no
funciona y hace que te estrelles como una bomba sublime contra el
suelo. Fracasa una y otra vez, como Beckett, como Joyce, haz del
fracaso tu éxito, déjate arrastrar por las corrientes del epi einopa
ponton, el mar del color vino tinto, hacia los arrecifes del
extrañamiento. Despotrica sobre las frías baldosas de linóleo al
ritmo sincopado con que Allen Ginsberg vomitó su renacentista
balbuceo que fue zeitgeist y sinfonía alternativa de su época,
tartamudea con el desenfreno adolescente e iconoclasta de
Rimbaud, de Roger Daltrey, con la arrogancia retórica de
Baudelaire, el desparpajo lírico de Dylan, que invoca cancioneros
ancestrales en cada verso, cada acorde. No me preguntes acerca
de mi método sin haber leído antes Good Old Neon de Foster
Wallace, sin haberte arrastrado a punta y codo por los sinuosos
meandros de la inteligencia del suicida de bandana, las confesiones
de Esterhazy, los oscuros réquiems de Bach, de Cave, las sublimes
exploraciones por los callejones del deseo de Leonard Cohen, de
Yeats. Observa los mirlos de Wallace Stevens y Paul McCartney,
compáralos con los empalagosos pajarracos de Jiménez y Cernuda.
Contempla la fuente, el modelo, como el remedo de una realidad
superior, un fósil profético del arte que fue. Apréndete de memoria
frases de Eliot, April is the cruellest month, breeding lilacs out of
the dead land; de Shakespeare, Alas, poor, Yorick, I knew him,
Horatio, a fellow of infinite jest, of most excellent fancy. Oh William,
desde la tumba maldita en la Iglesia de la Holy Trinity, sostienes
nuestros cráneos todavía vivos, pero muertos, para apuntar que nos
conoces muy bien, que todo lo comido y lo bailado va hacia el
Apex, como polvo estelar que avanza en vertiginosa cámara lenta
hacia los extrarradios del universo. Lo dijo Shakespeare, lo dijo
Nicanor, lo dijo Antonio Cisneros, sus preguntas celestes
enunciadas en tabernas prosaicas donde pululan borrachos alegres
y letrados. Lee las cosas pequeñas, los intersticios, los interregnos:
las salas de espera, las callejuelas vacías, el rumor de las plazoletas
una tarde de un martes cualquiera, las caminatas silenciosas y
automáticas a la vuelta de una fiesta, el retumbe de las chalas en
los pisos de plástico, la refracción de la luz en los vitrales de una
iglesia, el zumbido de los tubos de flúor, las conversaciones de los
cafés cazadas al voleo, una carretilla roja con escarcha de rocío
rodeada por gallinas blancas. Cambia el ritmo con que lees la
realidad, busca el encabalgamiento imaginario entre los hechos y
paisajes, que una imagen se precipite sobre la otra: mezcla sin
asco, pero con respeto, como diría el Mago Valdivia. Abandónate
sin miedo ante la noche, deja que la luz otoñal te encandile cuando
mires al norte bajo el resacoso sol del mediodía. Fija tus pupilas en
el espejo, no te autoengañes con el simulacro de la selfie: tú no
estás ahí, recuerda siempre, yo es un otro. Practica el agápē un tipo
de amor incondicional y reflexivo, en el que el amante tiene en
cuenta sólo el bien del ser amado. Pregúntate si eso es posible en
este mundo donde cada uno boga para sí y Dios contra todos.
Somos fantasmas racionales. Cuestiónate con el difunto Derek
Parfit: ¿Qué hay en mí ahora que me convierte en la misma persona
que un niño pequeño específico que padecía el despertar epifánico
del deseo mientras observaba los pies desnudos y cansados de la
miss Rosita apoyados sobre la mesa? A ese niño de 8 años le estoy
hablando en todo momento, con él intento comunicarme. Cada
verso, cada texto, cada imagen, es una sonda hacia el pasado, que
intenta recuperar algo, el tiempo perdido. Somos grises
funcionarios sin corazón en la oscura labor de la existencia,
ecualizando la distribución de la felicidad, calculando la tara del
amor, la superficie del deseo. Qué es esta realidad: el vertedero
donde dejamos los pedazos que han quedado luego de que se ha
desmoronado toda reflexión sobre el devenir de la historia, una
historia que nos persigue a pesar de que la ignoremos. Razona
junto a Nick Cave, y veamos el flujo de hechos que componen
nuestra existencia como campanadas y las vibraciones que ellas
generan como oleadas que van afectando nuestro presente y
nuestro futuro, y también difuminando y modificando nuestro
pasado. Todo muta, todo vibra, todo fluye. La realidad es un todo
indivisible en perpetuo movimiento. Puedes elegir transformar los
tormentos de una realidad mal escrita, con sintaxis fracturada, en
arte. Mi selfie es mi biblioteca, mis libros, mis discos, mis hijos, la
huella de mis zapatos que delata mi pisada, mi postura, los rastros
de baba que, como ríos púrpura, destiñen y surcan mi almohada, la
frecuencia, forma, el color de mis heces, sí, ya lo dijo Lihn: el estilo
es el vómito. Escucha el sordo estruendo de batallones de solitarios
procrastinadores, el ejército más disperso del universo: células que
no acaban nunca de cuajar por flojera. Imagínate marchando como
una partícula sin rumbo ni destino. Ve las posibilidades que traen
consigo los caminos que se bifurcan, los sociópatas sin Dios ni
moral que no son asesinos en serie simplemente porque en las
cárceles los baños son sucios y no disponen de un bidét, o las
almas caritativas que deciden probar suerte en los tentadores
pasillos de la maldad para probarse a sí mismos que están vivos.
Porque la bondad infinita es también una forma de estar muerto,
pues no hay conflicto, ni albedrío, ni fricción con la realidad. El
amor infinito está fuera del alcance del amor humano, imperfecto,
sucio y borroso, pero por eso, es tan hermoso e inasible. Escribe
para dejar fijas las palabras que pasan por tu mente antes de que
se desvanezcan como humo en el olvido etílico. Hilvana palabras
que iluminen lo insondable, dando forma a universos más vastos. El
lenguaje es el único poder que tenemos contra la barbarie, por eso
cuando las palabras se prostituyen y se degradan, se transforman
en germen de la necedad y la miseria. Titulares tendenciosos y
lugares comunes con vocación de agudeza, fórmulas pomposas y
huecas nos invaden como un veneno que mata lentamente,
amoldando nuestras mentes para recorrer plácidamente el delta
donde desembocan las aguas percoladas de la estupidez. La
ignorancia es la manera más vulgar y estúpida con que uno puede
renunciar al libre albedrío. El alma nos controla bajo la forma del
deseo, la semblanza del miedo. Jenófanes de Colofón dijo que
todo nace de la tierra y a ella retorna. Polvo al polvo. Nada sucede
en vano, dijo Abdera de Leucipo. Demócrito afirmó que sólo
existen los átomos y el vacío. Parménides sentenció que el cambio
y la variedad son una ilusión. Zeñón de Elea, que todo movimiento
es vano. Todos ellos soslayaron fenómenos que les parecen
indignos de atención, y aún así sus palabras se alzan como
monumentos capaces de trascender siglos de sabiduría azotados
por devastadoras tormentas de necedad e ignorancia. Leer es un
modo de balbucear una forma plausible para tu propia caída,
mientras te adormeces hipnotizado por la pegajosa e incolora
pomada del tiempo. Ensaya una manera de hacer nuevos libros
que emule el método con que los alquimistas mezclaban sus
pócimas, probando vaciar el contenido de una vasija sobre la otra,
hasta dar una y otra vez con el imperfecto remedo de la mixtura
perfecta. Piensa en las palabras urdidas con ingenio como un
antídoto para desintoxicarnos de la banalidad y el individualismo,
que despojan de toda sustancia a la existencia. Somos autómatas
inmunes al placer verdadero, proletarios del conocimiento.
Incapaces de apreciar el fulgor menguante, el alarido en sordina
que deviene en el dudoso esplendor de la muerte. Escribir es la
única instancia donde podemos poner un cerco a la realidad,
someterla a nuestra voluntad. Ensayar proyecciones planas y
taxativas de un mundo curvo e inasible, darle espesor al pasado e
insuflarle un hálito de porvenir al futuro, operar como sismógrafo
que captura el temblor de la existencia. Dónde, sino en el arte, son
pintados y cantados los adolescentes introspectivos, amantes
devorados por la angustia, platónicos despojados de toda
esperanza, solitarios subyugados por la pornografía, opacos
funcionarios narcotizados por el tedio. Lee y escribe, ahógate en las
arenas movedizas del arte. Pero comprende que la literatura y el
arte no son un atajo para alcanzar la riqueza, tampoco un trampolín
para elevarse a la santidad, ni un bypass para encaramarte en los
podios de la celebridad, todo lo contrario, el arte, y la escritura
sobre todas las artes, es la más oscura de la ocupaciones. La
contemplación del arte y la lectura son un antídoto contra las
quimeras vacuas o la esperanza artificial que prodigan religiones y
sistema políticos. Leer nos deja a la interperie, en un descampado,
a solas con nuestras angustias, miedos y deseos. Esto es solo para
los valientes. Si buscas la dicha instantánea, el hedonismo facilista,
la fama, el dinero, no leas, no escribas. Leer hace mal, escribir aún
peor, sobre todo si lo haces bien, mírame a mí, pendejo, quema
esta carta, cambia de carrera.

Sergio Coddou Mc Manus (Santiago de Chile, 1973) es autor de los libros de poesía lyrics (Ediciones Rottweiler, 2005) y Machina (Ediciones Tácitas, 2007). El año 2016 publicó La realidad y la luz (Ediciones Rumiantes), donde combina poesía y prosa. Estuvo a cargo de la traducción, prólogo y notas del libro Apuntes autobiográficos y algunos poemas, de Robert Lowell (Ediciones UDP, 2013). Este año espera publicar traducciones de Hugh Selwyn Mauberley de Ezra Pound y una antología de poemas de Delmore Schwartz.