Ondamedia es un sitio web donde se pueden ver películas y documentales. Algo así como la versión chilena de Netflix. No tan chacreado ni popular; más como una pequeña joyita, que aparece en el desierto de la cinematografía nacional.  

En esa página, vi Robar a Rodin (2017) de Cristóbal Valenzuela; documental que expone las circunstancias del robo de la escultura El torso de Adele, del artista francés Rodin. Todo esto ocurrió en el Museo Nacional de Bellas Artes durante el 2005. Lo particular: un estudiante de artes fue el ladrón que quiso expropiar la obra; un impulso animalesco poseyó a Emilio Fabres (el estudiante) cuando vio que no existía ningún tipo de seguridad en la sala del Museo. Ahí estaba la escultura, esperando que alguien la salvara de tanta burocracia.

Ayer tenía una flor del paraíso en mi escritorio; ahora, hay dos. Como acto contrario, se han duplicado los elementos de un mismo objeto. El exceso brota en comparación a la ausencia; la ausencia es una gesta. Una tela delgada y transparente. Ambos, exceso y ausencia, pueden llevar a una persona directo a la locura. El uno como cuerpo, medida inicial. El dos, sería el exceso de lo uno. Con el cero, ocurre la desaparición. En este juego se suman o restan los cuerpos. Y así, vuelven a empezar.

En Santiago solo existen tres mezquitas. Y en cada mezquita, hay un espacio vacío como recordatorio de espiritualidad; sin imagen, sin retrato, sin fotografía o busto de emperador. Una de esas tres mezquitas, aparece con sus lunas menguantes cada vez que me acerco a su territorio; territorio que compone, básicamente, el cuadrante de mi reino y hogar.

Qué pasa entonces, cuando ya no está lo que antes estaba ahí. Hace un par de horas, estaba la escultura de Rodin y luego, desaparece. Todo indica que, como mamíferos, nos acostumbramos a la presencia de los cuerpos; con la desaparición, esos cuerpos se transforman en un objeto abstracto e inexistente. Me imagino observando un cuerpo tirado en el pavimento después de un accidente automovilístico: ese cuerpo, inerte, es materia. Cuando retiran el cuerpo herido, el ojo pensará que dejó una marca, una estela o una huella a su alrededor. Un dibujo invisible delineado. Una figura imborrable estará ahí por un par de segundos. Si en vez de uno, fueran dos o tres cuerpos, todo tendría el semblante de la peor tragedia griega contemporánea.

Dicen por ahí, que en el campo amoroso, las más vivas heridas provienen más de lo que se ve que de lo que se sabe. Ver un cuerpo mutilado, a un animal en pleno acto de tortura, o a tu pareja con otra persona, sería mil veces más doloroso que saber que eso puede ocurrir.

Las imágenes, tienen un efecto atávico en el inconsciente; como una noche de luna nueva, la escultura de Rodin desapareció por 24 hrs. El documental termina, y yo prefiero pensar que el cuerpo de Adele, aburrido del Museo y sus convencionalidades, quiso ir a pasear al Parque Forestal. Robar a Rodin, sería entonces, algo así como la crónica de una ausencia que solo quiere salir del encierro y aparecer, al menos por un par de horas, en el espacio público.  Y así, volver a empezar, una y otra vez, en el juego numérico de ser uno, dos o incluso, el cuerpo cero.

+ Katherine Hoch (Santiago, 1991). Estudió Letras y Ciencias del Lenguaje. Ha participado del taller Poetizar y pensar de Nadia Prado (2017) y del taller Ensayo literario de Matias Rivas (2018). Actualmente es editora del colectivo Pantógrafas, que indaga sobre la figura femenina en el cine.