Los poemas que nos calan son una casa iluminada: un lujo. El costo por habitarlos es histérico como los más tranquilos, en los que se detecta un caos domesticado o algo así, una conversación que uno abandona para dejar que triunfe una especie de verdad  ―sumamente discutible― sobre las cosas. Fuera de los costos de toda índole, hay uno sutil que tiene que ver con la mirada en tanto verbo. Pongo un ejemplo: la observación constante de lo mismo obliga a un ejercicio especulativo un tanto vacío que porta significados ciertos. En este patio hay un espejo y una pareja de chincoles que vuelan hacia él de manera obsesiva. Al principio sorprende y la imaginación opera de la manera más básica posible: vuelan hacia sí, la materia es dúctil: van a traspasar su imagen en el espejo. La bajada de realidad es que simplemente se miran y picotean el reflejo con una curiosidad que parece el despertar de una conciencia, en palabras del Vivallo. Se alternan en este ir y venir sobre su reflejo y, como son pareja, uno tiende a pensar que es su manera de incurrir en una especie de infidelidad permitida o vigilada. Eso pensé, al menos, hasta que pillé a uno tratando de alimentar a su doble con una miga de pan que dejé cerca de manera estratégica. Mirar las cosas que espejean devuelve a un aspecto de nosotros sobre el cual la pulsión básica (en el mejor de los casos) es el cuidado, la ternura. Si todavía existe cierta aura en los objetos es por un proceso de recepción y organización de la conciencia. Ahora, lo que es infinitamente más interesante es la recepción de una mirada. Como pago arriendo en ciertos poemas me sé varios de memoria, y me gané algún derecho ―en mi mente― a habitarlos. Los de Cummings, sin ir más lejos. Entonces una amiga me pregunta, oye cómo era ese poema de Cummings sobre oír, sobre ver. Le digo, ah, ahora los oídos de mis oídos oyen, ahora los ojos de mis ojos ven. El poema quedó, por supuesto, resonando, y cuando esa noche vi The 13th floor para inocularme de alguna manera  -mediante la exposición voluntaria al horror y las realidades alternativas― el sueño y la pesadilla, se activó su parte risible y trascendente.  En la película unos científicos desarrollan un artefacto de realidad virtual hiperrealista en la que su conciencia es transferida a una conciencia eléctrica: otro mundo, igual al nuestro, que ―como nosotros― ignora la realidad que lo gobierna (de existir eso que sin duda es totalmente cierto como las organizaciones místicas-inalámbricas del universo que propone Dick en su tetralogía sobre las invasiones celestes). El caso es que estos científicos inventan una realidad paralela habitable. Esto es maravilloso, como hacer un pacto con las drogas y el famoso desarreglo de los sentidos (idéntico a habitar un poema o mirar pájaros, en su versión sobria). La idea de la película es buena ―como lo son todas las ideas malas que dan una vuelta inusitada―, y resulta que estos científicos eran a su vez parte del mismo programa. Es decir: su realidad era una realidad virtual con tal independencia que lograron crear su propia metarrealidad virtual.

Hasta ahí bien. La parte risible viene cuando te das cuenta de que en el traspaso mental desde una realidad a otra ―cuando el personaje recibe a su huésped, digamos―, el cambio que opera es tan mínimo como una modificación en la forma de mirar o de gesticular. De pronto Brian está conversando con Miriam y Miriam detecta que Brian ya no es Brian “¿Joshua?”, pregunta. Ahora los ojos de sus ojos ven. Literalmente: ahora los ojos verdaderos ven a través de los otros ojos, artificiales. He ahí la joya. Me duele que un poema que amo se haya vuelto risible, pero en el fondo lo prefiero en su versión humorística. Es la misma bajada a realidad que con los pájaros. No hay en esto nada más trascendente que la observación de un absurdo, un aire fresco, una risa tonta. Por eso nada en un poema es tan relevante fuera del momento previo a su escritura, un estado de organización mental en que nuestra conciencia se vuelve una especie de crisol de asociaciones conceptuales, rítmicas, imágenes, sensaciones y en algunos casos incluso precogniciones. El fantasma anterior a la realización del poema. Un estado previo al raciocinio organizado que luego es el texto, estado parecido quizás a la concepción del duende de la que habla Lorca, donde la visión de un algo que conecta con una naturaleza cualquiera te sitúa en un momento de suspensión temporal (similar a la idea de la muerte). De alguna manera, creo, el poema realizado (en tanto forma, en tanto lenguaje) traiciona eso que hace que la contemplación de la naturaleza (o de un evento o de una idea) active en nosotros la comprensión de algo intraducible. Después de ese momento desprovisto de manipulaciones, en su versión más intuitiva y vital, el poema (su energía) ―creo yo― se acaba. Su realización más interesante está en el terreno de lo psíquico, de lo privado. La mirada propia está sobrevalorada cuando se fija en cuestiones que atentan contra las cosas que podrían sencillamente no decirse.

Ahora tenemos un perro en la casa, tiene al menos ―he detectado― cuatro miradas. Todas me dan risa y ternura. Porque hay vacío, amor. Tampoco pesca cuando lo llamamos. Porque no hay poder, hay amor, entrega, confianza. Me recuerda la parte risible de los poemas, su naturaleza de juego, la parte que le roban a la infancia o al lugar exacto en que uno decidió dedicar su vida a algo inútil. Lo dramático en captar la mirada de los animales es que en ellos no hay humor. Su afecto es serio, drástico. Si hay una mirada relevante es la de ellos, pues nos habla en el lenguaje de las cosas, si esto existe. Si es que existe una voluntad de comunicación en la realidad, voluntad que esta mirada expresa y que nosotros intentamos articular o descifrar mediante un lenguaje limitado. Si existe que el viento es un pensamiento impenetrable entre los pinos, como dice Munier, si hay en efecto una oleada de sentido en las cosas que se fuga hacia dentro y hacia afuera por los ojos. La observación constante de algo vivo y con una conciencia diferente vuelve endebles las paredes del poema y los ojos de las personas que amamos, tan llenos de información y de deseos sofisticados. Dan risa nuestras palabras ante eso. Menos quizás las de Montale cuando habla del olor de los limones, única riqueza de los pobres.

Te ofrezco dos salidas: la mirada del perro o el olor de los limones (suponiendo que quieres que esta primavera, tan irregular, que se aferra como koala a lo inestable o como el diablo mismo a la materia, no se acabe nunca. Suponiendo que esta forma de mirar es una inteligencia verdadera). Cosas simples y duraderas. Traspaso inalámbrico de la mirada. Casa del poema y refugio de la mente.

 

+ Francisco Ide Wolleter (1989), ha publicado Observatorio (2011), Yakuza (2014), Poemas para Michael Jordan (2014), Antología del amor de Claudia Schwartz (2016) y Iceberg (2017). Tradujo el libro Billy the kid y otros poemas de Jack Spicer (2018).