Hay cosas que puedes ver una sola vez y que se quedan en tu memoria para siempre. Normalmente no entiendes por qué hasta que llega un momento en la vida en que ese recuerdo se activa nuevamente y ajá, ahí está: es como si tu yo te lo hubiese estado guardando todo ese tiempo para ese momento específico (¡Gracias yo-del-pasado!). Me pasó con una intro de Seinfeld sobre la dificultad de hacer amigos pasados los 30: los amigos que tienes son los que hay -para bien o para mal- e incorporar gente nueva parece una tarea destinada al fracaso porque ya tienes tu vida armada, tus gustos definidos, tus mañas. Cuando la vi por primera vez yo debo haber tenido unos veinte años y en ese momento Seinfeld se veía como un señor con mal gusto para vestirse, que hablaba sobre cosas del día a día, complicadas a propósito para que fuesen humorísticas. Me reí del chiste, pero sin entenderlo del todo: a los veinte la idea de tener dificultad para conocer gente nueva o de siquiera tener que hacer el esfuerzo de buscar nuevos amigos es todavía extraterrestre. Pero, triste ironía, aquí estamos: pasados los 30 Seinfeld se ve cada vez más joven, menos neurótico, con un humor cercano a un realismo cruel más que a la simple exageración (sigue teniendo pésimo gusto, eso sí).

De chica siempre tuve la expectativa de que sería lo contrario: que a medida que pasara el tiempo sería cada vez más fácil hacer nuevos amigos, conocer gente nueva.

Sorpresa: la realidad es contraintuitiva.

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Para empezar a pensar sobre nuestra vida social es importante aclarar un par de conceptos antes, así que disculpen la lata. “Redes sociales” (distinto a “redes sociales digitales” o “RRSS”) se refiere al conjunto de relaciones sociales directas que tiene una persona, como familiares, amigos y conocidos. La palabra “directas” implica que hay una relación social entre el sujeto y el miembro de la red que se caracteriza por interacciones repetidas entre ellos y una representación mental de la relación como tal (o sea, que ambos ven y reportan su asociación como una relación). El concepto de “redes sociales” se distingue del de “grupos sociales” porque no es una exigencia el tener relaciones sociales para ser parte de un grupo. La pertenencia a un grupo se puede dar sin interacciones repetidas y los grupos en general se orientan a la performance y a metas compartidas, mientras que esas no son características necesarias para definir a las redes sociales amistosas o familiares.

El tamaño de las redes sociales de las personas son un indicador de los recursos sociales con las que ellas cuentan y los mismos acaban repercutiendo en otros ámbitos vitales, como por ejemplo en la salud, el bienestar y los logros de vida. Distintas relaciones pueden cumplir diferentes funciones, así que la cantidad de relaciones en subredes específicas, como las familiares o laborales, también son importantes. Por este motivo, mantener un círculo social saludable, sin importar la edad (o a pesar de ella), es relevante.  

Hay dos teorías que se hacen cargo de los cambios en las redes sociales a lo largo del ciclo de vida: la teoría de la selectividad socioemocional y la teoría del convoy social. Ambas predicen cambios similares, pero los atribuyen a causas diferentes. La primera describe cómo las metas sociales y las relaciones sociales cambian debido a la modificación de la perspectiva sobre cuánto tiempo restante de vida tenemos. La teoría del convoy social sostiene que la gente mantiene una red de relaciones que los acompaña a lo largo de la vida como un convoy, es decir, como compañeros viajeros en la ruta de la vida. En este caso, las relaciones diferirían en niveles de cercanía y dependencia según las circunstancias sociales. Ambas concluyen que mientras más periférica y menos cercana la relación, más disminuyen a lo largo del tiempo en la adultez, mientras que las relaciones cercanas con familiares y amigos persisten.

Un meta análisis que incluyó 277 estudios con 177.635 participantes que iban de la adolescencia a la vejez, intentó responder a la pregunta sobre cómo varía el tamaño y composición de las redes sociales a lo largo de la adultez. Los resultados fueron consistentes y demostraron que:

a) la red social global -incluyendo las cercanas y periféricas- aumenta hasta la adultez joven y luego comienza a disminuir progresivamente hasta la vejez,

b) tanto las redes personales como las de amistades disminuyen a lo largo de la adultez,

c) la red familiar se mantiene estable desde la adolescencia a la vejez y

d) otras redes como las de los compañeros de trabajo y los vecinos son importantes solo en rangos específicos de edad.

O sea, el círculo se achica.

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Se habla mucho de lo importante que es tener un buen círculo social, pero pocas veces se le da relevancia a la importancia de la calidad de ese vínculo.  En un estudio de 7000 hombres y mujeres en el condado de Alameda, en California, se encontró que la gente que estaba desconectada de otras personas tenía tres veces más probabilidades de morir durante la extensión (de nueve años) del estudio que la gente con vínculos sociales fuertes. Esta diferencia era independiente de la edad, sexo y estado de salud. Otro estudio encontró que quienes están socialmente aislados y sufrían de enfermedad arterial coronaria tenían una tasa de mortalidad 2.4 veces más alta que los que se encontraban socialmente conectados. La baja cantidad o calidad de vínculos sociales está asociada a un montón de condiciones físicas y mentales, como enfermedades cardiovasculares, ataques al corazón, desórdenes autoinmunes, presión alta, cáncer, estrés, depresión, ansiedad y sanación lenta de heridas. O sea, estar conectado socialmente genera un loop de feedback positivo de bienestar social, emocional y físico. Aunque también, no hay que ser simplistas: puede ser un ejemplo de la lógica del huevo o la gallina, es decir, tal vez la gente sana física y mentalmente es más abierta a conectar con otros, tal vez las enfermedades y trastornos psicológicos dañan nuestra capacidad para hacer amigos.

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En su libro The Tipping Point, Malcolm Gladwell popularizó el “Dunbar’s Number”, una cifra definida por Robin Dunbar relativa al tamaño del neocórtex y el límite de relaciones que puede mantener un sujeto. El volumen del neocórtex restringiría la habilidad cognitiva de reconocer a otra persona como un individuo único, rescatar información e interacciones previas con la persona y comprender los vínculos que ella mantiene con otras dentro de una red social.

La cifra más conocida es 150: la cantidad de gente que llamamos amigos casuales, con la que podemos mantener relaciones interpersonales estables,  gente a la que podrías invitar a una fiesta grande (es un rango, más bien, que considera 100 por lo bajo y 200 para los hipersociables). La cifra crece y disminuye según una fórmula de tres:

  • 50 es la cantidad de personas a las que llamamos amigos cercanos (la gente a la que podrías invitar a una comida grupal, por ejemplo). Los ves seguido, pero no tanto como para considerarlos amigos íntimos.
  • Luego viene el círculo de 15; los amigos con los que puedes contar cuando lo necesitas, a los que les puedes decir la mayoría de las cosas.
  • El círculo más pequeño es de 5: este es tu grupo de apoyo íntimo, tus mejores amigos (con frecuencia familiares y pareja).

Al grupo de 5 les dedicamos el 40% de nuestro tiempo disponible para socializar y a unas 10 personas más les dedicamos el 20%. Es decir, 2/3 de nuestro tiempo social lo pasamos con tan solo 15 personas. Por otra parte, los grupos se pueden extender hasta 500, que serían los conocidos, y hasta 1500, el límite máximo absoluto de personas a las que les puedes poner un nombre y cara. Si bien los tamaños de los grupos son bastante estables, su composición tiende a ser fluida. Los cinco de hoy puede que no sean los cinco de la próxima semana: nos movemos a través de las diferentes capas sociales y a veces nos salimos de todas ellas por completo.

Cuando Dunbar hizo su estudio encontró evidencia antropológica e histórica consistente con su propuesta: el tamaño promedio de las sociedades modernas de cazadores-recolectores era de 148.4 individuos; los ejércitos profesionales tienden a ser de 150 personas -desde el Imperio Romano al siglo XVI en España y al s.XX en la Unión Soviética-; y las tropas tienden a subdividirse en secciones más pequeñas de entre 10 y 15, mientras que los conjuntos de tropas forman batallones que van de 550 a 800.

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Ahora, ¿cómo nos afecta el uso de las plataformas sociales digitales como Facebook, Twitter e Instagram? ¿Sigue siendo el número Dunbar válido? ¿Son acaso vínculos distintos los digitales de los offline? Tantas preguntas, tan poco tiempo.

El profesor de la Universidad de California, Morten Hansen ha dicho que las RRSS han facilitado las colaboraciones haciéndolas más efectivas, porque nuestros amigos de la vida real tienden a conocer a la misma gente que nosotros, pero en el mundo online podemos expandir nuestras redes estratégicamente. Sin embargo, cuando se ha intentado determinar si las redes virtuales han aumentado nuestros lazos fuertes -y no solo los débiles, como los señalados recién- el número Dunbar se sigue manteniendo constante. Por ejemplo, Bruno Gonçalves y sus colegas en la Universidad de Indiana quisieron determinar si Twitter había alterado la cantidad de relaciones que los usuarios podían mantener a lo largo de seis meses y encontraron que a pesar de que Twitter facilita la conexión, las personas tienden a manejar entre una y doscientas relaciones estables. Nicolle Ellison, de la Universidad de Michigan encuestó a una muestra de estudiantes respecto de su uso de FB y encontró que a pesar de que la mediana de los amigos que tenían eran 300, solamente consideraban a un promedio de 75 como sus amigos.

Según Dunbar las RRSS están cambiando la naturaleza de la interacción humana. Por ejemplo, FB permite seguirle la huella a la gente que de otro modo desaparecería de nuestro radio social. Ahora bien, no habría que olvidar que una de las cosas que mantiene a las amistades cara a cara es la experiencia compartida. Dunbar sostiene que hay un equivalente digital -compartir, darle like y saber que tus amigos vieron el mismo video en YouTube-, pero que no genera la misma sensación que el compartir algo en vivo y en directo porque carece de la sincronía de la experiencia compartida. Podemos mantenernos al tanto de las vidas y los intereses de mucho más que de 150 personas, pero si no invertimos el tiempo cara a cara nos falta esa conexión más profunda. Además, esa inversión de tiempo en interacciones más superficiales no es gratuita: es tiempo que dejamos de invertir en otras interacciones más profundas o incluso en hacer otras cosas.  

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Jeffrey Hall ha investigado, basándose en la teoría de Dunbar, la cantidad de tiempo que toma hacer un nuevo amigo. Hall partió por recopilar estudios sobre el tema y descubrió que la cantidad de tiempo que pasa desde que uno conoce a alguien hasta que se forma una amistad propiamente tal es un indicador poco revelador sobre cuánto tiempo realmente toma desarrollar una amistad con alguien. Por ejemplo, es posible conocer a alguien hace años, pero no lograr generar una amistad con esa persona, y conocer a alguien hace solo 6 semanas y volverse mejores amigos. Las cifras son interesantes, de todos modos.  

La proximidad y las oportunidades de contacto son el escenario que permite que una amistad florezca, pero el contar con ellas no garantiza que las personas efectivamente se hagan amigos. Hay estudios longitudinales sobre el desarrollo de la amistad que concluyen que esta sucede entre la tercera y la novena semana luego de haberse conocido. Unos 3 a 4 meses pueden ser necesarios para que se desarrolle una amistad. Cuatro meses después de conocer amigos potenciales, pocas nuevas amistades se desarrollan, ya sea porque los sujetos prefirieron no tener una relación más cercana o porque no tienen suficiente tiempo para dedicarle parte de él a nuevos amigos. La diferencia más obvia entre las relaciones que desarrollan intimidad y las que no, se encuentra en la cantidad de interacciones sostenidas. Las personas tienden a decir, sin embargo, que lo que más les cuesta es encontrar el tiempo necesario para desarrollar nuevas amistades. Entonces, ¿cuánto tiempo es necesario para hacer nuevos amigos?

Según Hall necesitas invertir unas 50 horas de interacción para empezar a sentir que alguien es un amigo. Cuando somos chicos, estamos expuestos de manera más o menos obligatoria durante largos periodos de tiempo a las mismas personas: vamos al colegio todos los días o jugamos con los vecinos. 50 horas no son nada y se dan naturalmente. Pero de grandes, cambia la cosa: tratar de lograr esas 50 horas con otro adulto que tiene otra pega full time, otro núcleo familiar, hijos, pasatiempos, hace que todo se ralentice. Este es el desglose:

  • 30 horas para pasar de considerar un conocido a una amistad casual.
  • 50 horas para pasar de una amistad casual a amistad propiamente tal.
  • 140 horas aproximadamente para que comience a emerger una amistad cercana.
  • 300 horas para pasar a ser mejores amigos. Estas 300 horas implican hacer cosas disfrutables en conjunto, no solo trabajar, por ejemplo.

Tres.
Cientas.
Horas.
O sea 37.5 días full time (8 horas continuas con una persona). ¡Buena suerte con eso! Y luego, al menos si tuviéramos la seguridad de que ese tiempo invertido durará para siempre. ¡JA!

Un estudio llevado a cabo por Gerald Mollenhorst en Holanda demostró algo relativamente alarmante para los que consideramos nuestras relaciones estables y sólidas a lo largo del tiempo: perdemos a casi la mitad de nuestros amigos cercanos cada siete años. La intención era investigar si el contexto social en el cual nacen los contactos influencian el grado de similaridad entre parejas, amigos y conocidos. El estudio se realizó encuestando a 1007 personas de entre 18 y 65 años y se les hicieron preguntas como: ¿con quién hablas de asuntos personales importantes? ¿Quién te ayuda a hacer mejoras en tu hogar (DIY projects)? ¿A quién visitas de manera sorpresiva o espontánea? ¿Cómo conociste a esa persona? ¿Bajo qué contexto te sigues juntando con esa persona hoy en día? Luego de siete años los encuestados fueron recontactados, volviendo a entrevistar a 604 de ellos. Las conclusiones fueron las siguientes:

  • Las redes sociales personales no se forman solamente basadas en las preferencias personales, pues las personas se encuentran limitadas por las oportunidades para conocer gente. Por ejemplo, las personas generalmente escogen nuevos amigos de contextos en los que ya han emergido amistades.
  • Los diferentes contextos -tales como el trabajo, el vecindario y los contextos privados- con frecuencia se superponen unos a otros.
  • En un periodo de siete años el tamaño promedio de las redes personales es relativamente estable, pero muchos miembros se reemplazan con otros. Solo el 30% de los amigos con los que se discutían cosas y los que ayudaban en asuntos prácticos se mantienen en la misma posición y solo 48% siguen siendo parte de la red.  

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Sherry Turkle dio una charla TED en el 2012 en la que plantea los riesgos del uso de la tecnología en la vida cotidiana. Turkle afirma que los dispositivos que usamos “tienen tanta fuerza psicológica que no solo cambian lo que hacemos, sino que cambian lo que somos”. Lo que considera problemático es que esta modificación de nuestras conductas afecta la relación con los otros, pero también con nosotros mismos, en especial nuestra capacidad de autorreflexión. Estamos juntos unos con otros, pero en solitario: las personas quieren estar con los otros, pero al mismo tiempo estar en todos los otros lugares, y escogen poner su atención únicamente a lo que les interesa y exponerse solo lo justo y necesario. El “problema” de las conversaciones, dice, es que suceden en tiempo real y que no se puede controlar todo lo que uno va a decir. O sea que la tecnología nos ofrece una alternativa: en vez de tener conversaciones cara a cara, en tiempo real, podemos tener conversaciones en tiempos diferidos y presentarnos como queremos. Dice: “Las relaciones humanas son vivas, complicadas y exigentes. Las limpiamos con tecnología y al hacerlo, algo de lo que puede suceder es que se sacrifica la conversación por la simple conexión (…) estamos desarrollando tecnologías que nos dan la ilusión de compañía sin las exigencias de la amistad. Recurrimos a la tecnología para sentirnos conectados de maneras que podamos tener un cómodo control. Pero no nos sentimos tan cómodos, no tenemos tanto control”. Los smartphones y las plataformas de comunicación, según Turkle, ofrecen tres fantasías gratificantes:

  1. podemos poner la atención donde queremos tenerla;
  2. siempre seremos escuchados;
  3. y nunca estaremos solos.

En esta última promesa es donde reside el gran riesgo, porque apenas las personas empiezan a sentirse solas y ansiosas, se inquietan y buscan su celular para entretenerse, para bajar esa ansiedad, como si estar solo fuese un problema que se soluciona conectándose. Pero “conectarse es más un síntoma que un remedio. (…) Más que un síntoma, la conexión permanente está cambiando la forma que la gente piensa de sí misma. Está conformando un nuevo modo de ser”. Bajo esta lógica, usamos la tecnología para definirnos, compartiendo pensamientos y sentimientos. Si antes era “tengo una sensación, quiero hacer una llamada” ahora es “quiero tener una sensación, tengo que enviar un mensaje”. El problema bajo esta lógica es que si no tenemos conexión, no nos encontramos con nosotros mismos, no nos sentimos. Entonces, nos conectamos más y más, pero nos aislamos.

Acá el salto puede ser contraintuitivo, pero Turkle dice que terminamos aislados si no cultivamos la capacidad de estar solos, con nosotros mismos. Desde la soledad uno se encuentra y luego puede llegar a otros y formar afectos reales, pero si no podemos estar solos vamos a los otros para sentirnos menos ansiosos o sentirnos vivos, y ahí se nos pierde el otro porque lo vemos solamente como una función, no por la persona que hay ahí. Como si estuviéramos usando a los otros para apoyar nuestra autoestima.

Si no sabemos estar solos, estamos más solos.

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“Ya no existen los hospitales de amigos”, me decía alguien hace meses atrás y la frase se quedó conmigo. En parte porque estamos más viejos, en parte porque cada uno está enfocado en su propio mundo y metas: su pareja, su familia, sus ambiciones laborales y económicas.

Los años de adolescencia y los veinte se ven con un poco de nostalgia pasados los 30. En esa época parecía que todo lo que había en el mundo eran amigos, compañeros de historias: la familia era algo asegurado, había que salir a descubrir el mundo y había que hacerlo de la mano de un grupo de amigos que estarían para siempre. Teníamos horas interminables para juntarse a hablar de nada, para escuchar música o mirar el techo, para discutir sobre libros o películas, para planear cómo revolucionar el mundo juntos. Teníamos que hacerlo todo de una vez, lo más rápido posible, para que la fomedad atroz de la adultez no nos mordiera el cuello: para no convertirnos en esos señores con ojeras y lengua traposa que miraban con algo de desprecio a sus mujeres, que hablaban del seguro del auto y la hipoteca, que calculaban que ya no les alcazarían los años para hacer lo que siempre habían querido hacer. Frustrados porque habían perdido contra el tiempo y lo que les habían vendido como la promesa de la felicidad. Había que hacerlo con energía y hasta con rabia para no transformarse en esas señoras amargadas que se dedicaban a descuerar a sus otras amigas, que se comparaban físicamente y lamentaban la pérdida de su juventud, que dispensaban comentarios agrios y victimizados sobre cualquier cosa porque el mundo les parecía una amenaza continua. Había que hacerlo rápido porque intuíamos que el tornado de la vida adulta podría destruirnos. Y sí: algunos cayeron. Algunos se convirtieron en zombies.  Algunos dejaron de reírse con ganas. Algunos se metamorfosearon en repetidores de noticias: atacados por una desnutrición mental provocada por una alimentación intelectual y emocional deficiente, sobresaturada de hechos y tragedias.

Pero no me crean todo lo que digo, no se engañen. “Compañeros que estarían para siempre” es una mentira, por ejemplo: “SIEMPRE” es una palabra muy grande, una palabra para la que la realidad misma no puede dar el ancho. Cambian las cosas que buscamos en nuestros amigos, cambian las experiencias que queremos compartir, cambian los valores que nos mueven. Cambiamos nosotros y es casi inevitable que por lo mismo cambien las personas con las que elegimos vincularnos. Y la nostalgia de la que hablé es engañosa también: el pasado se endulza con demasiada facilidad. Las inseguridades de los veinte, la falta de identidad y seguridad, la búsqueda loca de ser aceptado por los otros, el trasvasije de ideas poco originales, la copia de la copia de la copia depurada hasta que pierde su fondo. Cada etapa tiene su desafío y sentido y depende de uno hacer que su propia vida sea valiosa, que aporte, que nutra, que inspire.   

Mirando atrás tengo una sola convicción: los recuerdos que valoras, las anécdotas e historias que te han formado, no tienen nada que ver con los likes que conseguiste por subir una foto posada de manera más o menos evidente, ni los cientos de saludos de cumpleaños que recibiste en tu muro, ni las fotos que te mandaron de la junta a la que no fuiste. Lo que se queda contigo son los momentos en los que estuviste en completa presencia con las personas precisas. Y los momentos que importarán mañana, pasado y en diez años más cumplirán esas mismas características. Así que escoge bien con quién pasas tu tiempo, qué haces, a qué le pones atención, cómo te abres al mundo, a quién dejas entrar.

Este puede ser el comienzo de la historia más emocionante.
Este puede ser el inicio de tu mejor aventura.

 

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Referencias:
Social interaction is critical for mental and physical health https://nyti.ms/2tchCeZ
Sex differences in social focus across the life cycle in humans https://bit.ly/2DeKLAn
The Limits of Friendship – Maria Konnikova https://bit.ly/2hHO4BM
Coevolution of neocortical size, group size and language in humans https://bit.ly/2Gntoem
Social network changes and life events across the life span: a meta-analysis https://bit.ly/2xhR94b
How to maintain friendships https://nyti.ms/2mQHhbx
Social contexts and personal relationships: The effect of meeting opportunities on similarity for relationships of different strengthhttps://bit.ly/2OtNvuG
Connected, but alone? Sherry Turkle – https://bit.ly/1OvKlUd
How many hours does it take to make a friend?. https://bit.ly/2pkWymS

+ Verónica Watt es psicóloga, escritora y editora. Escribe sobre sexualidad y otros temas en su sitio https://veronicawatt.com/
+ Imagen: Alexander Tinei
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