No hace tanto tiempo el tiempo era de otra manera. Entonces, los adolescentes analógicos podíamos salir contando en casa que íbamos a tal o cual lugar, con tales o cuales amigos. Y una vez cerrada la puerta, la libertad. Sin cámaras controlando cada rincón de las calles, ni entrometidas aplicaciones de geolocalización personal registrando todos nuestros movimientos, la ciudad se abría en un anónimo perfecto en el que el destino podía estar en cualquier parte y las compañías ser muy diferentes a las informadas. Era posible no saber nada de los otros y que los demás no tuvieran idea de lo que hacíamos. Había secretos y mentiras fáciles de guardar. Los pasos no dejaban huellas encriptadas.

Practicábamos el talento inútil de recordar muchos números de teléfono y para llegar a lugares desconocidos de la ciudad, antes de salir de casa estudiábamos planos de metro o el recorrido de líneas de autobús en las páginas con mapas que antecedían a las monumentales guías telefónicas. Era más fácil perderse, pero siempre se llegaba a destino. Muy rara vez la idea era juntarse en una casa, la calle daba opción a mil planes anónimos, y era la calle, lo permitieran o no las circunstancias, donde queríamos estar.

La música solía escucharse en cassettes que pasaban de mano en mano para hacer copias. Los discos eran caros, resultaba imposible acceder a todo lo que escuchábamos y había que pensar muy bien por cuáles decidirse, casi todo se grababa con infinita paciencia directamente de la radio. Horas y horas de escucha y cambios de emisora porque resultaba impredecible saber cuándo iban a sonar las canciones que te gustaban y una vez al aire, tenías que estar atento para detener y continuar la grabación evitando las cuñas con las que los locutores las pisaban a propósito.

Las cintas eran un desastre, con las canciones truncadas por cortes y saltos, bastardeadas por alguna palabra entrecortada del locutor que no conseguíamos eludir por más diestros que estuviéramos en el manejo de los botones rec-pause-play. La piratería nunca fue más libre ni más ingenua, y probablemente nunca se disfrutó tanto. Quien tenía un Walkman era Gardel. Hoy, quienes conocieron ese aparato, tienen canas, hijos en la universidad o hasta nietos en camino, ex mujeres o ex maridos, cuentas que pagar y la memoria rozando su cuota límite de almacenaje. Darle la vuelta a una cinta de cassette para escuchar el lado b sería una acción tan inverosímil para un millennial crecido en la era digital como para cualquiera de nosotros pedirle hoy a una operadora que nos comunique con un número de teléfono.  

No hace tanto tiempo, cuando alguien estaba lejos aún se escribían cartas. Exponerse con frecuencia al costo de las llamadas de larga distancia podía significar el sacrificio de parte de la herencia. Tomaba tiempo escribir y todavía era necesario dejar pasar más tiempo esperando la respuesta. Si llegaba. Porque en las cartas, las noticias o el amor siempre llegaban viejos, pero al recibirlas, el desasosiego de la espera incrementaba la emoción mientras la falta de respuesta manifestaba un desinterés tan hiriente, que lastimaba como un bofetón de desprecio.

Las cartas y sus tiempos eran importantes, lo recordé ahora escuchando Private Hell, esa vieja canción de The Jam que de forma implacable relata la vida doméstica de una mujer madura de clase media. Entre sus muchas miserias, las cartas que el hijo no contesta también son parte del infierno privado en el que consume sus días aletargada por el Valium. Anticuada desventura, ya no hay paciencia para las cartas, ni madres que toleren la incertidumbre de la espera, ni letras de canciones de tres minutos que resistan al poder hipnótico de la mensajería instantánea.

Sí, es verdad, de entonces tenemos pocas fotografías. Muchos momentos sin registro que la memoria no guarda con la fidelidad objetiva de una imagen. Las cámaras vivían en los armarios, eran para los viajes y para ocasiones especiales o festejos. Con carretes de película de 24 o 36 fotos había que enfrentarse al dilema de elegir y descartar, decidir qué merecía una fotografía y entregarse al incierto desenlace de los resultados que llegaban días, semanas o meses después, según cuándo se te ocurría llevar a revelar los carretes. La última etapa del proceso era recoger las fotos, mirarlas con detenimiento, disfrutar con las que estaban bien y renegar de los ojos rojos o cerrados, de las imágenes fuera de foco o del infortunio de una película velada que se llevaba para siempre el testimonio físico de algún momento feliz y significaba dinero tirado a la basura.

Sí, antes, el registro de la memoria personal era menos democrático, mucho más caro y más difícil de retocar. No son tantas las fotografías, pero dicen que esas imágenes reveladas aplicando químicos sobre un papel, durarán mucho más tiempo que los millones de pixeles públicos que ahora almacenamos en la nube.

Puede ser que entonces el tiempo atendiera a otras jerarquías que no se doblegaban a la soberana voluntad individual con la que hoy pretendemos organizarlo. Los noticieros y las series tenían horario, las películas se veían en el cine o a lo más alquilando cintas en los videoclubs, y cuando llegaba el verano, todo el mundo desaparecía y no sabías nada de nadie hasta el regreso de las vacaciones.

El tiempo parecía transcurrir más lentamente o tal vez hoy, son nuestros sentidos engañosos los que nos hacen percibir que se acelera, que el día pasa más rápido y no hay horas suficientes para atender las mil y una rutinas en las que andamos enredados ni para procesar el flujo inacabable de información que nos desborda.

Hay quienes dicen que esa sensación generalizada de aceleración tiene que ver con la resonancia Schumann, un fenómeno natural que lleva el nombre del científico alemán que lo predijo en 1952. Schumann anticipó teóricamente que ‘el espacio comprendido entre la superficie de la Tierra y las capas bajas de la ionosfera actúa como caja de resonancia que al ser excitada por relámpagos, produce una onda electromagnética de muy baja frecuencia que se mantiene más o menos constante en torno a 7,83 hercios’. Un fenómeno que incide en la infraestructura eléctrica, en la actividad atmosférica y climática y que produce una vibración que algunos románticos han decidido llamar con singular cursilería el ‘latido de la Tierra’.

Pero desde 1992 se han registrado abruptas oscilaciones y un marcado incremento en la frecuencia de la onda, aumento que los científicos atribuyen a variaciones en la radiación solar que impacta la atmósfera.

Resulta que las ondas emitidas por el cerebro humano en estado de vigilia, tienen una frecuencia similar a la de Schumann antes de que se produjera la aceleración, hecho coincidente que para muchos significa la existencia de algún tipo de sincronía mística del ser con el planeta.

Enseguida, la pseudociencia y los teólogos de la nueva espiritualidad conectaron el aumento de frecuencia de la onda con la percepción contemporánea de sentir que el tiempo pasa más rápido. Su teoría postula alegremente que el latido del planeta se acelera, y nosotros, tratando de sintonizar con ese nuevo ritmo, nos aceleramos con él. Proceso que exige un esfuerzo titánico de nuestra biología cuyas consecuencias van del stress a la depresión, de los comportamientos ansiosos y obsesivos a la ataraxia pero que tendrá en compensación ‘el bello despertar de un hombre nuevo y de una nueva era dorada’. Es curioso ver cómo el aparato de prodigios de la espiritualidad evolutiva y de la religión parecen beber de las mismas asombrosas fuentes. Tanto nos apaña dios cuanto el electromagnetismo.

Dejemos al profesor Schumann en paz. No pretendía aquí explicar fenómenos de la física cuyos mecanismos y leyes desconozco ni exponer teorías fantasiosas con las que tantos rápidamente empatizan si de algún modo calman y contienen la ansiedad que nos desboca. Mucho menos hacer una apología nostálgica del pasado. Recordando cosas que ya no se hacen, partí pensando que no hace tanto tiempo el tiempo era de otra manera. Pero el tiempo sólo lo miden los relojes, para nosotros su ritmo es una apreciación subjetiva que el propio paso del tiempo modifica. Un truco inocuo e indulgente para lidiar mejor con los años que se acumulan al vivir.

Hace unos días, vi unos cuadernos que registraban con croquis y dibujos el viaje que algunos años atrás hizo el marido de una amiga. Rincones de Roma, Marrakech, Granada, Medina, Petra, Amsterdam, Santorini, París, Marsella o Londres, sus transeúntes apenas esbozados con pocos trazos, apuntes precisos y expresivos sin color a excepción de algunas acuarelas.

Ojeando las libretas, pensé en el tiempo que el viajero tomó para elegir cada escena, en qué llamó su atención para encuadrar en el papel un lugar y no otro, en las personas de aquel momento fugaz inscribiéndose a golpe rápido de lápiz o bolígrafo en el tiempo del cuaderno y en cómo será vivir el recuerdo de un viaje mirando apuntes de dibujo en lugar de cientos de fotografías.

Tal vez esa engañosa percepción del tiempo acelerado que se escapa es la simple consecuencia de manejar de forma torpe los botones rec-pause-play de nuestra vida. De que hay algo que hoy no logramos distinguir que separa la sutilidad de lo efímero de la ansiedad de lo inmediato. Ningún tiempo pasado fue mejor, sólo diferente, cada cual tendrá que hacerse cargo y convivir con sus nostalgias. Al final, da igual el tiempo que dediquemos a la especulación, ante la futura colisión con Andrómeda, toda nostalgia es estéril.

 

+ Silvia Veloso (Cádiz, España 1966). Es autora de los libros Sistema en caos y Máquina: la educación sentimental de la inteligencia artificial’ (2003, finalista del Premio Macedonio Palomino, México, 2007) y El minuto americano (2009). Algunos de sus textos aparecen en la compilación Gutiérrez de A. Braithwaite (2005) y Pzrnk: Alejandra, nenhuma palavra bastará para nos curar, ensayo y traducción al portugués de poemas de Alejandra Pizarnik,  Instituto Interdisciplinar de Leitura Cátedra UNESCO PUC, Rio de Janeiro (2014). En 2017, el proyecto ‘Relato de los muros’ fue exhibido en forma de instalación en la XX Bienal de Arquitectura (Valparaíso, Chile). Socia de Barbarie, pensar con otros.
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