Pierdes un cuerpo y duele en la entrañas, el pecho, el cuello, las manos. Puedes estirar la espalda, estirarte lo más que puedas para al menos pararte, soltar y tensar los músculos y los huesos ya sin libertad, sin la posibilidad del polvo enamorado, del encuentro que daba un sentido al calendario. Palabras de boleros, de tangos, de canciones de amor, todas las canciones llevan a las lágrimas. En la mañana el cerebro disparado o lo que fuere, en la cabeza nada más que palabras para una comunicación inexistente, palabras desde la maldita entraña herida, del grito y del abrazo, el cuerpo perdido para siempre, marcado en el cuerpo que queda y pierde y resulta estar ahí y ahora.

Se acaba toda comunicación y ese cierre total tiene el efecto contrario: sigues escribiendo ya liberada de la respuesta, la comunicación es pura expresión del deseo. Decir libera el peso del silencio, de la falta definitiva. Ni siquiera la fantasía de ser oído o visto, sino la desfachatez de mantener lo posible, aunque no lo sea. Imposibilidad de aceptar. Soñar que leía todo y sonreía con ternura. Despertar buscando la piel. La ira, la tristeza. No soportar ni el nombre, que se repite como sombra. Imagina que telepáticamente toca palmo a palmo su cuerpo y besa su boca y su piel.

El terror de la imaginación. No hay nada: un hombre perdido en una película. Todos los pensamientos debidos, las heridas comprendidas, los deseos amarrados, lamentar no dejar de pedir, de sentir, de necesitar. Nada. Como si la tierra hubiera sido devastada y no quedara resto humano. Las flores y los cantos brillan allá y no hay fuerzas con el cuerpo partido. Rogar por un encuentro. No sucederá, retumba. Cada vez más lejos. El recuerdo falso de una playa fría o cierto de una calle soleada. Ningún rastro, ninguna historia que contar. No hubo ni habrá. Un hueco que estalla sigue estallando.

En el cuello, abajo a la izquierda, de la clavícula por delante a la base de la cabeza, meses así. El cuello suena si le doy una vuelta. Hace frío, aguanto. Si hiciera mucho más frío y las cañerías estuvieran congeladas y yo hubiera perdido a mi amor. Y estuviera mal medicada, pobre, con pocos amigos. No es el caso. Hace calor y no creo que sobreviva. Quiero irme, desertar, hundirme lejos. Las flores no dejan de aparecer y los cantos cada día, de ser tan alegre me asombro. Apenas asoma un rastro. Algo blanco, ido. Nada.  

+ Marcela Fuentealba (Santiago, 1973), periodista y editora de Saposcat.
+ Imagen: Antonia Daiber