Fotos de Pablo Muñoz Espina

Patinamos por el simple hecho de patinar. No hay nada detrás,
solo el rugir de nuestras ruedas, tras la ola perfecta de concreto
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Algunos dirán que fueron ellos. Otros dirán que no es cierto. El asunto es que, de existir una verdad sobre cómo se origina el movimiento skater en Curicó, ésta se encontraría inserta en los breves párrafos que siguen, sacados en limpio de la memoria histórica personal. Y no puede ser de otra manera, puesto que para hablar sobre lo que tengo que hablar, debo posicionarlos en mi ciudad natal y rebobinar el casete con el lápiz hasta una parte de lo que fue mi vida a mediados de los noventa.

Recuerdo a mi hermano como la primera persona que vi haciendo un truco sobre una tabla de skate. Si bien la pirueta no resultó ser la gran cosa, me sirvió para entender que este vehículo compuesto por una tabla, dos ejes y cuatro ruedas, tenía un uso más amplio que el de acarrear niños de un lado a otro. Este descubrimiento temprano impulsó una cruzada personal para que mis padres me regalaran uno. Luego de una larga batalla, a costa de hacer la pata y de ayudar en labores domésticas menores, logré convencerlos.

Sorteado el primer obstáculo vislumbré la segunda disyuntiva: ¿dónde encontrar un skate decente en los noventa en una ciudad que es conocida a nivel nacional por sus tortas de manjar y nuez? El mercado era minúsculo y mis patrocinadores jamás me habrían acompañado a Santiago para completar la misión. Mucho menos dejarme ir solo o con amigos. Finalmente, encontraría el que fue mi primer skate en una extinta tienda deportiva, ubicada en la calle Yungay, justo frente al cine. Era de marca Santa Cruz y tenía una estética ochentera que nunca olvidaré: tabla ancha, ruedas grandes y lija en tonos neón. Tecnología profesional obsoleta (los noventa fueron la cúspide del desarrollo de todos los deportes extremos de tabla) que en mis manos irradiaba como el objeto más preciado que un niño de mi edad pudiera tener. Pero la realidad siempre tiene crueles formas de colocarte en tu lugar. Un amigo de ese entonces, en un acto de estupidez única, la quebró en una maniobra torpe e inexplicable. Estallé en llanto. No importó quién viera la imagen, lloré como si se me fuera la vida en ello. Este hecho puntual marcó mi transición de niño a hombre. O, al menos, así me gusta contarlo.

Luego de eso pasó todo muy rápido. Aparecieron otros skaters que pronto se convertirían en mis primeros amigos de adolescencia, se elevó la complejidad de los trucos y las tablas las encargábamos a Santiago vía encomienda. Pero fue justo ahí que surgió un nuevo problema: ¿cómo ser skater en una ciudad que tiene por emblemas el rodeo, al huaso y la vendimia? Más de una vez noté a personas que se ofendían al vernos pasar y supe de algunos chicos a los que se les prohibió acercarse a nosotros. De mala manera, comprendimos lo que era el conservadurismo y que para encajar en un pueblo como el que nos tocó tenías que dedicarte al fútbol, al rugby o no hacer nada más que lo asignado por los dictados de la sociedad. Luego de un tiempo, esto dejó de importar y nos adueñamos, en un gesto desafiante, de una de las esquinas de la Plaza de Armas.

En ese entonces las calles se repartían entre punkies, metaleros, hippies, góticos y raperos, con quienes tuvimos una coexistencia pacífica, de no ser por los últimos mencionados, quienes vieron amenazado su territorio y salieron a disputarlo con las manos. Para nuestra suerte, no les fue muy bien y emergimos victoriosos, ganando el derecho a ser agregados a la lista de los primeros movimientos contraculturales que surgieron en la ciudad del agua negra. La batalla fue comentaba durante semanas y significó un artículo en el diario La Prensa, en donde se nos atacaba con duras palabras. Lo gracioso es que el escritor, ante la ausencia de un mejor rótulo, nos denominó como “patinetos”.

Este ataque gratuito del mundo adulto invitó a preguntarse lo único importante: ¿qué hacemos con los patinetos? Fue así como aparecieron los primeros operadores políticos de la municipalidad a prometer skateparks que a la fecha no se concretan. Algunos de los nuestros, confiando en las instituciones, asistieron a reuniones gubernamentales y conformaron personalidades jurídicas que finalmente quedaron en nada. El resto, vale decir, todos los que teníamos un interés en el skate en su estado puro, iniciamos un éxodo al Óvalo ubicado en la Alameda y nos olvidamos de la plaza por un tiempo. Tal vez esa fue la etapa más bella y significativa: organizamos campeonatos, viajamos a patinar a otras ciudades, conocimos los pitos y las cervezas, intercambiamos música y se agregaron las primeras mujeres, restando a la idea idiota de que el skate podía ser algo exclusivo de hombres.

Algunos dirán que fueron ellos. Otros dirán que no es cierto. El asunto es que ya no queda mucho de esa época. A la plaza le cambiaron el piso y resulta imposible andar en skate.  Al Óvalo, en un atentado estético sin precedentes, le encajaron una horrible estatua con motivos vitivinícolas. Y los jóvenes que aquí menciono hoy están insertos en el mundo del trabajo, son amorosos padres o abandonaron Curicó de forma definitiva para instalarse en otros puntos del mapa, dejando el camino abierto y más libre de prejuicios a las mejores generaciones que vendrían.

+Diego Muñoz Cortes (Curicó, 1982) Licenciado en educación, profesor y bibliotecario. Es editor de contenidos educativos del Instituto de Innovación Gastronómica. Es integrante de La Cajita, agrupación dedicada a la creación de experiencias sensoriales para la primera infancia. También es colaborador de Ojo en Tinta, In situ y Medio Rural. Mantiene el espacio web Abstemios & Ascetas, dedicado a atender la relación que surge entre la cocina y la literatura.