Cuando Raúl Ruiz volvió a Chile a principios de los años 90s, se dio cuenta de que volvía a un país muy distinto al que dejó. Se trataba de un Chile que volvía a la democracia, lleno de esperanzas e ilusiones. Apestaba a futuro. Ese país era muy distinto de lo que algunos aún llaman “el viejo Chile”, un país sabiamente resignado a su pobreza y su mediocridad, marcando el paso en citronetas, micros o simplemente a pata por las grandes alamedas.

No le gustó lo que vio. Había algo fariseo en este nuevo Chile al que Los Prisioneros le cantaron “Lo estamos pasando muy bien”. Era apenas el inicio de un ciclo, de un estado de ánimo, que en buena parte de la población dura hasta hoy.

Y hoy más que nunca. El pasado 5 de octubre se cumplieron 30 años del plebiscito que puso fin a la dictadura y dio inicio a este periodo de mejoras materiales y morales. Fue cuestión de ver el programa “Chile frente al espejo”, que relata la épica campaña del “No”, para entender los alcances de cómo los chilenos creemos en aquella narrativa que habla sobre un país cada vez más abierto, un Santiago cada vez más moderno y una sociedad cada vez más democrática y liberal.

Las postales de ese Chile que cree ciegamente en su futuro son interminables. Es la imagen de Piñera con el papelito, la imagen de Camila marchando, la imagen de la primera mujer presidenta, de Pablo Simonetti, de barrios gentrificados, de la venta de Cornershop en 250 millones de dólares. ¿Cuántas veces has oído “este país ha cambiado” en el último tiempo? Ya no se trata solo del limitado virtuosismo economicista y material de los 90, no, hoy la autocomplacencia viene también dada por un “cambio de mentalidad”, por “una mirada más abierta” y toda esa larga lista de frases hechas que creen a pie junto en un futuro mejor esperándonos a la vuelta de la esquina.

Les propongo entonces un ejercicio. Un ejercicio majadero pero que produce una dosis de placer. Cierren los ojos un instante e imaginen un futuro peor. Un futuro cercano en el que la economía chilena por fin se estanca. Un estado obligado a medirse en sus gastos y recortar recursos en educación, cultura y salud. Un país en el que los primeros estudiantes beneficiados por la gratuidad no encuentran pega porque las empresas y los puestos de trabajo para gente altamente calificada no aumentaron al ritmo de los miles de nuevos titulados. Un futuro a mediano plazo en el que los mares y los bosques ya han sido demasiado depredados. Un futuro en el que Jackson y Boric son involucrados en sonados escándalos de corrupción. Un país en el que cada vez menos ricos les roban más a pobres empobrecidos. Un país en el que la mayoría de los jóvenes optan por irse cuanto antes a vivir a otros países, motivados por la violenta disminución de los precios de los pasajes aéreos, dejando a nuestra generación con pensiones aún más míseras que las actuales. Un futuro en el que la población es demasiado vieja y en el que los inmigrantes no renovaron la tasa de reemplazo porque simplemente dejaron de interesarse por venir a Chile.

No se trata de pesimismo, nadie medianamente cuerdo puede desear estar peor. El niño, este estado de ánimo optimista, esa combinación de prosperidad y democracia, ya tiene más de 30 años y bien le vendría una dosis de escepticismo. Bien se agradecería una mirada un poco más descreída y “ruiziana” sobre Chile y su destino.

+ Javier Mardones (Valdivia, 1985), Periodista y Máster en Estudios Latinoamericanos, escribió columnas de política internacional para el Desconcierto.cl y trabaja como redactor para diversos medios digitales. Actualmente cursa el taller de escritura de Antonia Torres y escribe su primera novela.
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